• La Verdad del Sureste |
  • Viernes 23 de Junio de 2017

La agricultura mexicana frente al tlcan


Abel Pérez Zamorano



Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics,
 miembro del Sistema Nacional de Investigadores
 y profesor-investigador en la División de Ciencias
Económico-administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.
Económico-administrativas de la Universidad Autónoma ChapingoDonald Trump exige la revisión del TLCAN, aduciendo que es lesivo para su país, convirtiendo así a la víctima en victimario; en el fondo se pretende imponernos condiciones comerciales aún más ominosas, anulando toda ventaja para México. Pero Trump miente. Las tales “exportaciones” a Estados Unidos, por ejemplo en automóviles, aeronáutica, maquilas y otras manufacturas, realmente son reexportaciones enviadas después de haber recibido aquí las partes (importaciones temporales las llaman) para ensamblarlas con mano de obra barata que eleva la competitividad de las empresas norteamericanas. Exportamos petróleo, cierto, para ser convertido allá en gasolina y regresado con un alto valor agregado, perdiendo México en la transacción. En agricultura han crecido las exportaciones de frutas y hortalizas, buena parte producidas aquí por empresas norteamericanas (para aprovechar el agua) y luego exportadas. En realidad, con el tratado nos parecemos mucho a una economía de enclave, como la llamó Paul Baran.
    Destaca el daño causado en granos básicos. Técnicamente, un país tiene seguridad alimentaria cuando produce mínimamente 75% de sus alimentos (FAO): nosotros producimos 57%. Entre 1994 y 2015, las importaciones aumentaron así: en arroz, de 296 mil a 876 mil toneladas anuales; en trigo, de 1.4 a 4.1 millones, y en maíz amarillo, de 594 mil a 11.1 millones. Antes importábamos el 44.2% del arroz que consumimos; en 2015, el 80%; en trigo grano pasamos del 25.8% a 59.8%; en maíz amarillo, de 12% a 76.8%. La producción de arroz en el período referido cayó de 373 mil a 236 mil toneladas; en frijol, de 1.3 millones a 969 mil; en trigo bajó de 4.1 a 3.7 millones; en maíz amarillo, de 4.3 a 3.3 millones. En 2012 las importaciones de granos y oleaginosas subieron en 12.6%. Somos el segundo importador de cereales (el primero en arroz); en frijol, el cuarto; el segundo comprador de maíz a Estados Unidos; importamos 94.5% de la soya que consumimos y 80% de la leche en polvo, 56% del trigo y 30% del frijol. Como saldo del TLCAN aumentó nuestra dependencia.
    En total, importamos el 43% de los alimentos (FAO, 2013) a un costo de más de 18 mil millones de dólares anuales; algo grave, considerando que tenemos casi dos millones de kilómetros cuadrados de territorio, los climas más diversos y 22 millones de hectáreas cultivables. Si ese dinero se invirtiera en elevar la productividad, revertiríamos la tendencia a importar. Importamos más, y tenemos a nuestros campesinos sin poder producir, cada día más pobres, expulsados del campo, un campo que podría darnos de comer a todos; y como secuela se hacen braceros, a los que hoy están deportando. Un gran desperdicio de tierra y trabajo, para llenar los bolsillos de los grandes granjeros norteamericanos. Este es el saldo del modelo neoliberal.
    Acicateada por el afán de ganancia, la economía de los Estados Unidos produce mercancías en exceso, en este caso agrícolas (es el primer productor mundial de maíz y determina los precios internacionales), y ha de encontrarles colocación vía exportaciones, pues su mercado no puede absorberlas todas. México es un gran receptor de esas exportaciones, a costa de sacrificar su propio sector agrícola y a sus pequeños productores. El País, en artículo titulado “La América rural choca con Trump”, reporta: “Las exportaciones agrícolas rondan los 129 mil 700 millones de dólares anuales y se calcula generaron 423,000 millones de actividad económica. Las exportaciones hacia sus dos socios del NAFTA se cuadruplicaron desde que entró en vigor el acuerdo en 1993, y rondan los 39,600 millones. México es el tercer mercado de destino de los productos agrícolas de EE. UU., con 18,300 millones”. (El País, 12 de marzo). Y añade: “El NAFTA es importante para la agricultura estadounidense, ya que permite exportar el excedente de grano, lácteos, carne, frutas y huevos. Es decir, si la relación comercial de EE. UU. con socios se complica, los productores estadounidenses tendrán que dar con la manera de lidiar con un exceso aún mayor, habrá más desechos y los precios caerán más por la oferta”.
    Por otra parte, la creciente dependencia alimentaria en un marco de total apertura comercial aumenta nuestra vulnerabilidad ante las variaciones internacionales de oferta, precios y tipos de cambio, los shocks externos. Interioriza las alteraciones en los mercados globales y transmite directamente el impacto. Así, una apreciación del dólar o un aumento en las tasas de interés en Estados Unidos encarecen nuestras importaciones y aumentan la inflación, como lo dice el propio gobierno norteamericano: “El Departamento de Agricultura advirtió además del efecto que puede tener el desplome del peso en el comercio con México de cerdo, aves de corral y lácteos, productos para los que es el primer importador”. (ibíd.).
    Una economía demasiado abierta (somos el país con más tratados de libre comercio) carece del mínimo de mecanismos de protección para evitar la entrada desmesurada de productos agrícolas y ganaderos baratos del extranjero, el desplazamiento de los nuestros y la quiebra de millones de productores que operan con costos relativamente altos comparados con los extranjeros, que además están generosamente subsidiados. El costo de producir maíz, sorgo, trigo y arroz, en México en los principales estados productores es alrededor de 1.5 veces mayor que el de Estados Unidos. Esto se asocia a la fragmentación en la estructura agraria y productiva: 92% de los 3.2 millones de productores de maíz trabajan en predios menores de cinco hectáreas, con rendimientos apenas superiores a dos toneladas por hectárea, contra más de diez en Estados Unidos. Así, la causa de nuestra crisis agrícola es estructural, y se complica con arreglos institucionales como el TLCAN.
    Contra lo declarado por Trump, considerando el cuadro general, nuestro relativo éxito en frutas y hortalizas es menor, y beneficia muy específicamente a un pequeño grupo de grandes empresarios dedicados a productos de alto valor comercial; la tendencia en granos básicos, en cambio, daña a millones de pequeños productores. Para revertir tal situación debemos exigir en las negociaciones un trato respetuoso que considere nuestras necesidades y limitantes. Y si EE. UU. impone aranceles, también debemos hacerlo, aprovechando su sensibilidad en sectores específicos como los arriba mencionados, y debemos buscar alternativas de comercio en productos agrícolas con regiones y países donde podamos encontrar respeto y reciprocidad, como Latinoamérica, Europa, Rusia, China. En caso extremo, no el más probable, si se nos excluye del TLCAN habremos de apegarnos al esquema general de la OMC.
    Mas no basta renegociar acuerdos comerciales. Deben modificarse los determinantes estructurales del problema, para elevar la productividad; no podemos seguir produciendo maíz con coa, empleada desde los aztecas, o con arados tirados por bueyes, antiquísimas formas de producir, incapaces de competir con la moderna agricultura norteamericana.
    Debe ampliarse y modernizarse la infraestructura, construir caminos sacacosechas; elevar la calidad de la educación rural; mejorar la investigación agropecuaria, en lugar de reducir el presupuesto del Inifap, como se hizo (en 200 millones de pesos); introducir innovación tecnológica, aumentar financiamiento desde la banca de desarrollo, entre otras medidas. Para ello debemos producir en grandes unidades, para alcanzar economías de escala que permitan reducir costos y eleven la competitividad.