• La Verdad del Sureste |
  • Martes 12 de Diciembre de 2017

Colonialismo económico, político y cultural.


Abel Pérez Zamorano



 

Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Na cional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.

El reparto del mundo bajo el régimen colonial inició inmediatamente después de los llamados grandes descubrimientos geográficos, a finales del siglo XV y principios del XVI. A partir de entonces vinieron tiempos de conquista y despojo de tierras por parte de las potencias de la época. Continentes enteros fueron repartidos, primero entre Portugal y España, después entre Francia e Inglaterra, principalmente. Las abundantes materias primas saqueadas de las colonias fueron fundamentales para el incipiente desarrollo capitalista europeo, sobre todo inglés, holandés y belga; el oro y la plata de América hicieron el esplendor del imperio español. África fue repartida y convertida en coto de caza y captura de su población, que sería llevada en esclavitud durante siglos, sobre todo a América. Así, con sangre, sudor y lágrimas de los pueblos sometidos se construyó la grandeza de las potencias imperiales europeas. Mas no solo caracterizaron al colonialismo la explotación de los pueblos nativos, el saqueo de sus riquezas naturales y el despojo de tierras, sino la imposición de un férreo dominio político con ejércitos coloniales, leyes draconianas y virreyes enviados de las metrópolis, desde donde se controlaban las economías mediante impuestos a conveniencia y prohibición de manufacturas y cultivos y del comercio entre colonias.
    No obstante que oficialmente el colonialismo concluyó, en realidad siguió existiendo en forma de neocolonialismo. Y aunque ya no se lo llame así, sus secuelas permanecen y frenan el desarrollo de las ex colonias, hoy formalmente libres, manteniéndolas como receptoras de capitales excedentes, deudoras crónicas de los grandes bancos, proveedoras de materias primas, mercado para los excesos productivos de las grandes potencias y fuente de mano de obra abundante y barata. Mediante repatriación de utilidades de empresas transnacionales se extraen más riquezas que las saqueadas antaño por España o Portugal en galeones cargados de oro o por piratas ingleses asaltándolos en el Caribe.
    En México, el 83% del capital bancario pertenece a bancos extranjeros: los dos españoles controlan casi la mitad. Somos el cuarto exportador de automóviles, pero no hay empresas mexicanas productoras de carros. En la industria refresquera, Coca-Cola vende el 70% de las bebidas no alcohólicas consumidas aquí; el restante se lo reparten Pepsicola y otras. Somos primer exportador de cerveza, principal producto del rubro agroalimentario, pero dos grandes empresas controlan el mercado en México: Modelo, que pertenece desde 2012 a la transnacional belga Anheuser-Busch InBev, y Cuauhtémoc Moctezuma, donde opera capital de Heineken. Ocupamos el octavo lugar en llegada de turistas internacionales, pero cadenas hoteleras, sobre todo norteamericanas y españolas, predominan en el sector y se benefician grandemente del boom turístico. Los hoteles propiamente mexicanos tienen una presencia cada vez más marginal. En el sector agrícola, prácticamente no existen empresas mexicanas productoras de tractores, cosechadoras o pesticidas.
    Y como el poder económico se traduce en poder político, lo anterior ha derivado en menoscabo de la ya limitada soberanía de las ex colonias. Es de sobra conocido el abuso de agencias gubernamentales norteamericanas sobre países como el nuestro. Cuba conquistó su independencia de España en la guerra de 1895-1898, para caer luego, durante más de medio siglo, bajo el dominio directo de Estados Unidos, que ocupó militarmente la isla entre 1899 y 1902, y la sujetó políticamente al inicio mediante la enmienda Platt. En México, pocos años después de nuestra independencia de España, 1846-1848, ocurrió la invasión norteamericana y la mutilación del territorio; en el siglo veinte sufrimos la expedición punitiva, la ocupación de Veracruz en 1914, y, un año antes, la abierta participación del embajador norteamericano Henry Lane Wilson en los hechos que terminaron con la vida del presidente Madero y llevaron al poder a Victoriano Huerta. En Guatemala, en 1954 Washington promovió la caída del presidente legítimo Jacobo Árbenz. En tiempos modernos, por órdenes de Washington se impuso el modelo neoliberal en la región, iniciando en Chile en 1973, con el asesinato del presidente Salvador Allende; también ocurrió la invasión a Granada en 1983, y a Panamá, para apresar a su presidente. Recientemente, EE. UU. ha orquestado golpes de Estado “blandos” para derrocar “legalmente” a presidentes latinoamericanos: Fernando Lugo en Paraguay en 2008, Manuel Zelaya en Honduras en 2009 y Dilma Rousseff en Brasil. Ha promovido, aunque sin éxito, la caída de los gobiernos bolivarianos en Venezuela, y así, una larga fila de cruces. En conclusión, dejamos de ser colonias españolas para convertirnos en colonias americanas; como dictaba la Doctrina Monroe, formulada en 1823: “América para los americanos”, léase para los norteamericanos, o sea, todo el continente para los Estados Unidos. Si bien hoy la dominación opera fundamentalmente a través del capital financiero y la dependencia tecnológica, ello no excluye el uso de la fuerza cuando los demás controles fallan, con bastante frecuencia.
    Parte importante del engranaje de dominación es el colonialismo cultural, quizá el más perverso y peligroso: el dominio de las mentes de los habitantes de las antiguas colonias, a quienes se enseñó a callar y obedecer, a adorar al blanco español y luego al anglosajón. Durante 300 años se adoctrinó a nuestros pueblos en la idea de que eran incapaces de hacer algo bueno; en contraste con los indígenas, los blancos eran “los de razón”. Se machacó en la mente de nuestras sociedades un profundo racismo, donde destaca como modelo estético la belleza blanca sobre la piel morena o negra. Se nos ha hecho creer que nuestros ancestros, los antiguos mexicanos, eran bandas de salvajes, sanguinarios y feroces caníbales, y que necesitábamos que Cortés viniera a civilizarnos. El cine, formidable instrumento ideológico, es principalmente norteamericano; la cartelera está dominada por Hollywood. En él siempre los héroes son blancos y los malos son latinos, negros, asiáticos o árabes. La corrupción es morena, la honestidad es blanca. El delincuente es siempre de color, el policía que representa la ley, blanco.
    Mientras no nos liberemos de esta subyugación cultural, será punto menos que imposible superar la económica y la política. Necesitamos convencer a nuestro pueblo de que es tan capaz como cualquier otro para realizar grandes acciones, crear empresas mexicanas exitosas y competitivas, triunfar en los deportes y desarrollar ciencia y tecnología propia de vanguardia. Para esto la historia puede ser una poderosa herramienta de persuasión, pues nos muestra cómo en estas tierras florecieron grandes civilizaciones de cuyas creaciones debemos sentirnos orgullosos, e inspirados en ellas reivindicar la grandeza mexicana y nuestra capacidad de ser nuevamente una nación orgullosa y próspera. El complejo de inferioridad y la autodenigración solo sirven a los intereses dominantes y ahondan nuestra condición de país saqueado y dependiente. La conquista de nuestra segunda independencia es, pues, condición indispensable para emprender el verdadero progreso nacional y hacer posible la felicidad social.