• La Verdad del Sureste |
  • Viernes 23 de Junio de 2017

Cultura política y valores

El hombre de Estado


Miguel A. Rueda de León



Hombre de Estado es quien, como Solón y Lorenzo el Magnífico, sirve desinteresadamente a su patria y deja sudor y sangre por ella. Política… ¿Se ha vuelto la política el arte de permanecer por más tiempo en el poder? Desde una mirada platónica, nos daremos cuenta de que la política hoy no puede estar más desnaturalizada y putrefacta; si la observamos, en cambio, con el lente de Maquiavelo, veremos que la política que hoy hacemos no podría ser más perfecta.
    El político es quien busca el magisterio, en cambio el magisterio busca al hombre de Estado; o el cargo público busca al hombre de Estado porque necesita de él, y el politiquero va tras el empleo público porque vive de él. Notad la diferencia!
    La figura del político (la del diputado en particular) puede ser eminentemente popular, mas siempre tendrá que haber en ella un componente de estudio e instrucción. Todos quieren hacer política, muy pocos recuerdan que ella es una ciencia, y de las más complejas. La Política fue uno de los destinos más altos y más nobles al que un hombre podía aspirar en la antigüedad; tanto era así, que solamente la Poesía estaba por encima de ella; ninguna actividad -¡ni siquiera la medicina de Hipócrates!- estaba más arriba que la Poesía y la Política. Así, Anacreonte era más profeta que poeta y Quilón ¡un semidios antes que éforo!
    Cierta vez ya lo hemos dicho: lamentablemente hoy la política no está prohibida para el ruin, ignorante o perverso. Todos por ley pueden acceder a ella. Bolívar, el gran genio de la libertad, abrigaba una concepción elitista de la política, elitismo que no es de los malos: él decía que los excelentes, intelectualmente y moralmente hablando, eran quienes debían gobernar los nuevos Estados independientes. Porque político puede ser cualquiera, solo se requiere ser un demagogo evangelizador de socialismo, o tener un torrente pasional de ambiciones negativas, o tener sed de poder por el poder mismo; pero ser hombre de Estado, conductor, corresponde solo al virtuoso, desprendido y consecuente. Y no me digáis idealista romántico, porque si la política está hoy llena de inmundicias, es porque nosotros nos hemos encargado de ensuciarla; la teoría y práctica políticas siempre conservarán su carácter noble y elevado. Dice Fernando Diez de Medina: “No abomines de la política en sí, sino del mal uso que hacen de ella los hombres”. El que usufructúa el poder y se mantiene en él por largos periodos no emprende difícil tarea, la violencia y la mentira siempre estarán para servirle; pero el que se encumbra en el poder democráticamente y respetando la ley, sabe dirigir los destinos de un pueblo, deja fruto duradero y sabe dejar las insignias de mando cuando ha llegado el momento de hacerlo, ése pasa a la historia. Pero no desfallezcáis: los que suben rápidamente a situaciones altas, de igual manera su caída y desplome serán rápidos y vertiginosos.
    Revaloricemos el sentido y el quehacer del político y de la política (¡oh Plutarco!). Comencemos la obra restauradora en nosotros mismos, porque nada se logrará si cambiamos solamente los códigos; la educación de la conciencia es fundamental para la restauración del espíritu democrático.
    ¿Qué vale más, pues: un hombre que está veinte años en el poder a costa de violencia y bandidismo, o un hombre que gobierna cinco años solamente, pero regido por la entereza y el sentido de servicio? Éste pasará gloriosamente a la posteridad; a aquél lo enterrarán la ignominia y el olvido.