• La Verdad del Sureste |
  • Martes 12 de Diciembre de 2017

Cultura política y valores

Maquiavelo y el poder


Miguel Antonio Rueda de Leon



El Príncipe, es la obra más significativa de Nicolás Maquiavelo. Es un manual práctico para gobernar y mantener el poder sin caer en los engaños y las trampas de los hombres sentimentalistas, resentidos y traidores. Fue un notable teórico político de la época renacentista, que con sus ideas abre camino al pensamiento político moderno y a la reestructuración social. Para este propósito básico de nada sirven los tenaces códigos morales y fe religiosa del catolicismo.
    En el pensamiento del autor florentino, la religión como la moral, pueden ser utilizadas para consolidar el poder, pero el funcionamiento de éste es independiente al de aquellas, porque en el ejercicio del poder público sólo impera la razón de poder, fuera de todo fundamento de fe. Aunque sean inmorales, los fines políticos justifican siempre los medios empleados: el problema de Maquiavelo no es legitimar el poder, sino mantenerlo en base a la fuerza y la astucia, únicos elementos capaces de explicar la caída de imperios y gobiernos.
    Esta lógica de realidades políticas quiere evitar mediante la experiencia las situaciones imaginarias a las que llevan la mística, la ingenuidad o el idealismo. Al escribir El Príncipe, trata de mostrar a Lorenzo II de Médici cómo debe desempeñarse si es que quiere unificar Italia y sacarla de la crisis turbulenta que padecía. Además, El Príncipe presenta similitud con el cesarismo dictatorial romano investido de poder absoluto.
    El lenguaje de la fuerza es el único que considera necesario para incrementar y mantener el poder. La ambición natural, el egoísmo y la perfidia de los hombres hace que tras las fronteras internacionales amenace siempre la hostilidad de la guerra. La educación y oficio del príncipe, han de estar dirigidos a conocer el arte de la guerra. Señalaba que “lo que favorece al enemigo nos perjudica a nosotros, y lo que nos favorece a nosotros perjudica al enemigo”.
    Decía también, que, “un príncipe viéndose obligado a adoptar la bestia, tenía el deber de escoger el zorro y el león, porque el león no se puede defender contra las trampas y el zorro no se puede defender contra los lobos. Por lo tanto es necesario ser un zorro para descubrir las trampas y un león para aterrorizar a los lobos”. Descuidar el arte de la guerra equivale a emprender el camino directo hacia el fracaso.
    Para Maquiavelo no es necesario ser honrado, bueno o religioso, ya que tan sólo basta con parecerlo (arte de la manipulación de imagen). Afirma que el gobernante puede llegar a ser cruel, pero esa crueldad puede estar bien aplicada o no en función de su habilidad para llevarla a cabo en forma discreta, contundente y rápida. Las crueldades inútiles, es decir, aquellas que se dilatan en el tiempo sin conseguir atajar disturbios o provocar el necesario respeto y miedo a la autoridad, serán siempre entendidas como mal practicadas.
    Cuando la crueldad se aplica erróneamente, el Estado y sus fuerzas del orden, lejos de conseguir esta sensación de seguridad sobre los ciudadanos, se transforman en instituciones incitadoras a la rebelión. Desde luego, cuando resulta imposible ser ambas cosas a la vez, como ocurre casi siempre, es preferible ser temido que amado. Sostenía que “aquél príncipe que obtenga el poder mediante el crimen y el maltrato, siendo éste vil y déspota, debe entender que una vez subido al poder tiene que cambiar esa actitud hacia el pueblo. Dándole la libertad al pueblo, para ganarse el favor del mismo, ya que al fin y al cabo estos serán los que decidan su futuro”.