• La Verdad del Sureste |
  • Domingo 19 de Noviembre de 2017

La debilidad de la hegemonía


Brasil Acosta Peña



Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX) con estancia en investigación en la Universidad de Princeton, fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica y articulista en la revista económica Trimestre Económico.

Entre las diferentes teorías de la llamada economía política internacional está la que se conoce como “teoría de la estabilidad hegemónica”, que sostiene que es necesaria la existencia de un Estado hegemónico para que pueda haber un orden económico liberal en el mundo y que los requisitos que se deben llenar para el cumplimiento de la hegemonía son tres: a) la hegemonía la debe ejercer una nación que establezca las reglas, las haga cumplir y, al mismo tiempo, muestre las “ventajas” del sistema; b) debe preponderar en todo el mundo la ideología liberal y c) deben confluir los intereses comunes entre las naciones.
    Dos de los teóricos fundamentales de esta teoría de la estabilidad hegemónica son: Stephen D. Krasner, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Stanford y director de planeación política del Departamento de Estado de Estados Unidos (EE. UU.) y el historiador económico Charles P. Kindleberger, doctor por la Universidad de Columbia en Nueva York y quien lideró la arquitectura del famoso Plan Marshall, que sirvió también al Departamento de Estado de EE. UU. y se desempeñó como director de la oficina de política de seguridad económica.
    Es evidente que se trata de una visión ortodoxa en el sentido de que solo puede existir una nación que gobierne el mundo y dicha nación será quien ponga las reglas; dirija los destinos de todos los demás países y los mantenga a raya si pretenden desviarse de la política establecida por el régimen hegemónico.
    Esta teoría constituye un traje a la medida confeccionado por dos teóricos formados por el sistema capitalista norteamericano y que, además, fueron miembros del Departamento de Estado de EE. UU. Es un traje a la medida porque a toda costa había que ideologizar al mundo en esta dirección para generar el contrapeso suficiente e, incluso, mediante la Guerra Fría, destruir a los países socialistas que ponían en riesgo la estabilidad de los grandes capitales que, hasta hoy, son los que en realidad dominan a la humanidad a favor de unos cuantos y en contra de la inmensa mayoría de la sociedad.
    Finalmente es claro que, ante la disyuntiva de hacer del mundo uno más armónico, ordenado y cooperativo socialmente, verdaderamente amigable con el medio ambiente o convertirse a toda costa en el país hegemónico que determine los destinos del mundo, obligando a todos a ceñirse a su política y a sus órdenes, EE. UU. se ha decidido por la segunda opción y ha hecho todo lo posible para garantizar que se cumpla en la práctica esta “teoría de la estabilidad hegemónica”, convirtiéndola en el dogma que, hoy por hoy, domina en el planeta.
    El problema de la hegemonía estriba en las contradicciones internas que determinan a dicha hegemonía, pues para ponerla en práctica la política de sometimiento debe garantizar el orden interno del país hegemónico y el orden externo; sin embargo, la realidad va mostrando con claridad la imposibilidad de que el país hegemónico se sostenga en pie si esa hegemonía no es capaz de dar un adecuado nivel de vida a todos los ciudadanos de ese país y menos, si no tiene manera de resolver la principal contradicción que la determina, es decir, que la producción de la riqueza tiene un carácter social mientras que la apropiación de la riqueza tiene un carácter privado, entonces, tarde o temprano el modelo de la “estabilidad hegemónica” está condenado a caer por su propio peso. Veamos por qué.
    El lanzamiento de bombas atómicas, la invasión de Panamá, de Irak, la intervención en Libia, el lanzamiento de 59 cohetes Tomahawk a Siria sin un motivo específico, la campaña de amenazas en contra de Corea del Norte, la campaña mediática y de desestabilización en Argentina, Brasil y ahora en Venezuela, la intromisión en la política mexicana por décadas, poniendo en práctica la teoría del caos para gobernarnos, la amenaza de ruptura del TLCAN, la amenaza de hacer un muro a nuestra costa, la amenaza de deportar a los dreamers que tanto le han dado a EE. UU., etc., son acciones que demuestran fehacientemente que esa teoría está en marcha y que quieren que se demuestre ajustando la realidad a los intereses de las clases poderosas que concentran la inmensa mayoría de la riqueza mundial.
    Pero las noticias recientes ayudan a ver que el proceso no está del lado de los “hegemonistas”, pues desde la crisis de 2008 se demostró que el Estado norteamericano y mundial no está para defender a sus pobladores, sino para servir a los grandes capitales.
    Se supo que a ninguno de los que cometieron grandes fraudes concediendo créditos de alto riesgo en EE. UU., que hicieron que más de 900 mil norteamericanos perdieran su casa, fueron a parar a la cárcel o recibieron un castigo ejemplar; por el contrario, como queda dicho, la gente sí perdió su casa y se quedó con el resentimiento; asimismo, se ha señalado que el sueño americano va perdiendo fuerza, pues las clases bajas que antes quizás tendrían un poco de posibilidades de subir en la escala social por concluir, por ejemplo, una carrera universitaria, hoy ya no pueden hacerlo sino con grandes dificultades, entonces, el sistema no está pudiendo retribuir a su gente como se lo promete en su propaganda manipuladora; la infraestructura norteamericana es obsoleta y no hay planes de renovación (sigue siendo EE. UU. el país que más emisiones de carbono lanza a la atmósfera); para rematar, el ataque terrorista en Nueva York, la balacera en el interior de un Walmart en Colorado, la balacera en Las Vegas, que dejó más de medio centenar de muertos, las matanzas efectuadas en las escuelas por jóvenes contra sus propios compañeros, etc., son un reflejo de la descomposición del país que hoy se dice hegemónico; esas contradicciones internas son a la vez signo de la putrefacción del sistema desde lo más profundo de su propio ser; pero al mismo tiempo nos permiten conservar la esperanza de que es posible construir un mundo mejor, uno en el que la hegemonía no signifique el dominio de unos sobre otros, sino la hermandad y el trabajo cooperativo de la humanidad entera.
    Solamente los pueblos organizados, conscientes y en lucha son capaces de frenar los ideales hegemonistas. En esa debilidad reside la fortaleza del mundo para la construcción de un futuro mejor para todos.