• La Verdad del Sureste |
  • Sábado 23 de Setiembre de 2017

La franja y la ruta


Brasil Acosta Peña




Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX)
 con estancia en investigación en la Universidad de Princeton,
fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica
y articulista en la revista económica Trimestre Económico.

En una muestra de cómo se deben construir los lazos internacionales de cooperación económica sin que detrás de ella se oculten intereses egoístas, mezquinos o económicos, China ha planteado “la franja y la ruta”. El presidente de China, Xi Jinping, doctor en economía marxista, planteó que este proyecto se trata de “la construcción de una ruta de paz, prosperidad, apertura, innovación y civilización”, según se lee en un artículo de la revista China Hoy.
    La filosofía de la franja y la ruta, según palabras del propio presidente de China, está asentada  “en la cooperación pacifica, en la apertura en la inclusión, en el aprendizaje y en el beneficio mutuo y en la ganancia compartida”.
    Esta filosofía contrasta con la visión de los halcones norteamericanos, que si se trata de cooperación, la impulsarán a favor de los poderosos capitales norteamericanos; si se trata de ganancias, buscarán sólo aquéllas que beneficien a nuestros vecinos del norte; si se habla de paz y prosperidad, hay que entender guerras, intervenciones arbitrarias y lanzamiento de misiles (recordará usted, amable lector, el caso de Irak, el caso de Afganistán y recientemente el lanzamiento de misiles contra Siria).
    Si se habla de apertura, los norteamericanos entienden que los demás países deben abrir su economía y ellos seguir protegiendo la propia (si no, recuerde usted, amable lector la veda del atún mexicano so pretexto de que nuestros barcos de pesca cazaban delfines; o recientemente, la controversia en el tema del aguacate mexicano, cuyo ingreso a territorio estadounidense impidió el antimexicano presidente Trump, a pesar de que el guacamole es una de las comidas que más se consumen durante el famoso SuperBowl).
    Si se habla de aprendizaje, los norteamericanos sacan provecho de nuestros conocimientos robándonos a los cerebros más prominentes y poniéndolos a su servicio, etc.
    El contraste es claro: los chinos promueven un mundo mejor, la cooperación, la paz, la integración económica de los pueblos, la ganancia mutua, la mejora social, la distribución de la riqueza, el aprendizaje mutuo, etc. Esta actitud nos habla de la posibilidad de construir un mundo mejor, en contraste con la actitud soberbia de Estados Unidos (EE. UU.) que nunca ha dejado de intervenir en la economía y la política del resto del mundo.
    Después de la Segunda Guerra Mundial, los intereses de EE. UU. se impusieron sobre cualquier otro interés, especialmente después de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que representaba, como sistema social, un gran contrapeso a la filosofía egoísta del capitalismo.
    De 1989, año en que cayó el Muro de Berlin, símbolo del inicio de la derrota del socialismo mundial (pues pocos años después cayó la Rusia socialista), todo habría sido miel sobre hojuelas para EE. UU. si no fuera porque en la escena económica mundial apareció un gigante: China.
    Efectivamente, la amenaza del dragón asiático inició con la Revolución China impulsada por Mao Zedong y más adelante con la corriente revolucionaria de  Deng Xiaoping, que desde 1978 inició un proceso basado en una propuesta parecida a la nueva política economía planteada por Lenin y que consiste en permitir el desarrollo del capitalismo, pero bajo la égida del partido comunista quedarían los sectores fundamentales de la economía: los energéticos, las áreas estratégicas, la educación, etc. Así, los chinos se fueron abriendo paso en el mundo.
    Hubo quienes se burlaban de los chinos, pues producían mercancías baratas y de mala calidad, comparadas, por poner un ejemplo, con las mercancías hechas en Japón. Recuerdo que mi bisabuelo me hizo un regalo: era un reloj hecho en China, era un reloj calculadora. Sí servía y tenía luz, pero al poco tiempo se descompuso.
    Este reloj calculadora hecho en Japón, estaba muy lejos de ser un producto de buena calidad; pero los japoneses apenas estaban iniciando su proceso de aprendizaje y hoy son los primeros productores de relojes en el mundo y las mejores computadoras del mundo se fabrican en China.
En el 2009, China superó la producción anual de EE. UU., perfilándose como una de las poderosas naciones a las que Nixon señalara como un peligro para su país; la historia alcanzó a EE. UU., que ahora le debe a China mil 59 billones de dólares.
De qué tamaño es la deuda, lo dice la revista Forbes: “China no reclamaría toda su deuda al mismo tiempo. Si lo hiciera, la demanda del dólar se desplomaría como una roca. Este colapso del dólar perturbaría los mercados internacionales aún más que la crisis financiera de 2008”.
Los bienes de consumo indispensables para los estadounidenses en su vida cotidiana hoy se producen, principalmente, en China. Es un hecho: los chinos dominan el mercado y la historia golpea la soberbia de los norteamericanos.
China encabeza un proyecto al que hay que poner atención y apoyar. “La franja y la ruta” nace del nombre de la ruta de la seda, y busca incluir a América Latina proponiendo, a diferencia de EE. UU., no intervenir en los asuntos internos de otros países, no difundir su sistema social y modelo de desarrollo, no imponerlos a otras naciones, no repetir viejos juegos geopolíticos, ni formar un pequeño grupo que destruya la estabilidad.
Si ponemos atención a estos compromisos, promete hacer justo lo contrario que EE. UU., que impone su modelo vía el FMI, el Banco Mundial, etc.; que crea grupos de desestabilización como en Venezuela, donde la reacción con Lilia Tintori ha fracasado y donde ahora se implementan actos de provocación utilizando grupos de provocadores para desestabilizar a la Revolución Bolivariana en nombre de la “democracia”, que  no es más que un pretexto para hacerse del control del petróleo y los importantes recursos naturales del país sudamericano.
Aprendamos de la solidaridad de China, sigamos su ejemplo e impulsemos el proyecto “la franja y la ruta”, para construir el mundo mejor que tanto está haciendo falta