• La Verdad del Sureste |
  • Domingo 20 de Agosto de 2017

Líneas Cardinales

Nuestra oralidad con el habla de Juan Rulfo


Ulises Rodríguez Guzmán



Cuando uno escucha hablar a la gente del campo recuerda a Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (Juan Rulfo, 1917-1986), mexicano universal por su obra maestra Pedro Páramo y sus relatos recogidos en El llano en llamas. De este notable jalisciense está conmemorándose en mayo el centenario de su nacimiento.
Hay algo de la oralidad que pertenece a nuestros pueblos en la narración rulfiana. También nuestros abuelos aprendieron a hablar con el silencio de las grandes extensiones de tierra árida y la tosquedad de los matorrales de los ejidos balancanenses.
    Hay muchas historias de personajes como el Negro y la Pijirigua jonutecos, anécdotas que Rulfo seguramente habría retratado en sus diálogos para dejar constancia de las tradiciones y creencias que aún persisten en la región choca.
    Acá, las viejas ceibas se incorporaban por las noches y se sacudían las parvadas de lechuzas que los brujos utilizaban para espantar gente mientras bajo un cielo diáfano o turbio se paseaba el difunto Licho Flores acompañado por dos guitarristas y el violín de los Silvanes, que fueron los últimos que llevaban sus “cantadas” a las casas de los vecinos que querían abrir sus puertas a la algarabía de los carnavales.
    Juan Rulfo se habría maravillado contando la historia que se diluye o se escapa de nuestras costumbres como el agua que baja y rompe las piedras en la región serrana de Teapa y Tacotalpa. Historias de aparecidos, de emboscadas en viejas haciendas, de duelos a machete limpio entre rivales, de velorios memorables donde al calor del aguardiente y el café se referían las andanzas del difunto o de algún pariente de linaje.
    En relatos como “Nos han dado la tierra”, “Macario”, “El llano en llamas” y otros podemos identificar muchos de sus personajes que se asocian a nuestra realidad; sin embargo vemos a la gente tan inmersa en lo cotidiano que no nos detenemos a contemplarla como Gútenberg Rivero sí lo hiciera en su famoso mural “Heredarás el Submarino”, o los personajes de papel engomado de los cuales nuestra máxima casa de estudio posee en custodia.
    En esta tierra tan bañada de sol y rodeada de humedales con su clima tropical Rulfo hubiera escrito prosas adornadas con lo más selecto del lenguaje choco, por esa soltura que lo caracterizaba con seguridad que el gran Carlos Pellicer se hubiera encelado o le habría escrito el mejor de sus sonetos al jalisciense.
    “-¿Qué es? -me dijo. / -¿Qué es qué? -le pregunté. / –Eso, el ruido ese. / -Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
    Y aquello sucedió en “Luvina”, pero pudo haber sido dicho en el estilo que aún expresa la tradición oral tabasqueña, a veces con el sin sentido literario del diálogo callejero, o la discusión entre dos personas en un mercado público o los acalorados insultos que profiere nuestra gente cuando en algo no está de acuerdo.
    Así Juan Rulfo, la oralidad en tinta que no termina de inventarse, pero acontece.