• La Verdad del Sureste |
  • Martes 12 de Diciembre de 2017

A quién los progresos tecnológicos y la automatización


Abel Pérez Zamorano



Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Na cional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.

Los padres de la Revolución Industrial decían que la mecanización haría más llevadera la vida de los trabajadores, permitiéndoles realizar sus actividades más rápida y cómodamente, con menos desgaste de energías. Sin embargo las cosas no son tan sencillas.
    Ciertamente mejoran las condiciones de trabajo... para quienes tienen empleo; pero surgen otras consecuencias negativas, el lado oscuro de la luna; por ejemplo, el trabajo se hace más intenso y aumenta el grado de explotación. En nuestros días, la automatización de la producción sustituye peligrosamente a la fuerza de trabajo; los robots se emplean crecientemente en ensamblado y muchas actividades, a cual más insólita.
    Está en auge el uso de drones, por ejemplo para entrega de paquetería, o en agricultura de precisión para detectar deficiencias de nutrientes y necesidades de agua en los suelos o para aplicar pesticidas o fertilización. Progresa el empleo de tractores no tripulados y gigantescas grúas remplazan a los cargadores en los muelles.
    Todas estas maravillas tecnológicas, y mil más, son útiles, sí, pero poco se dice sobre sus efectos negativos. “Según cifras del informe 2016 de la Federación Internacional de Robótica (IFR en inglés), para el año 2019 el número de robots industriales instalados en el mundo se incrementará a unos 2.6 millones de unidades, es decir, cerca de un millón de unidades más de las que había en 2015, un año récord para esa industria.
    Al ver el desagregado, cerca del 70 por ciento de los robots están ahora desplegados en los sectores automotriz, electrónica/eléctrico, metales y maquinaria industrial [...] Según datos del Banco Mundial, la proporción de empleos amenazados por la automatización alcanza el 69 por ciento en India, el 77 por ciento en China y nada menos que el 85 por ciento en Etiopía” (El País, 17 de febrero de 2017, María J. González R., editora del Banco Mundial). México es el séptimo país con mayor riesgo de perder empleos por el uso de robots (52 por ciento).
    En 2015 las ventas de robots para uso industrial aumentaron en 120 por ciento; en ese mismo año, el Banco de Inglaterra pronosticó que en ese país en los próximos veinte años la automatización del trabajo podría eliminar hasta 15 millones de empleos, la mitad de la fuerza laboral.
    Desde la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII, era evidente que las máquinas desplazaban fuerza de trabajo; ello provocó la resistencia de los luditas (entre 1811 y 1816), mas los defensores de las empresas aducían que, como compensación, se creaban otros empleos. Y ciertamente se generan en otras partes, pero es mayor la destrucción que la creación, pues las máquinas, hoy la automatización, invaden aceleradamente todos los sectores.
    Así lo prueban las investigaciones de los profesores Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, de la Escuela Sloan de Administración y Dirección de Empresas del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT. Ellos demuestran que la expuesta es la causa del lento crecimiento del empleo en los últimos 15 años en EE. UU. (David Rotman, Cómo la tecnología está destruyendo empleos, MIT Technology Review, 12 de junio de 2013). Y como consecuencia, agregan, cae el ingreso y aumenta la desigualdad. Según sus estimaciones, en la industria manufacturera en Estados Unidos y China existen hoy menos trabajadores que en 1997.
    A este respecto, Donald Trump arguye de manera mendaz que son los mexicanos quienes desplazan a trabajadores estadounidenses, ocultando que muchos de esos empleos han sido ocupados por robots. Estados Unidos produce 85 por ciento más bienes que hace treinta años, pero con solo dos tercios de los trabajadores ocupados en 1987 (FRED Economic Data, 2017). Además, el uso de robots en actividades simples y repetitivas cuestiona la permanencia misma del modelo maquilador basado en empleo de mano de obra barata, como ya ocurre aquí en la industria automotriz.
    Desde el año 2000 se ahonda el llamado jobless growth (crecimiento sin empleo): crece el PIB, pero el empleo no lo hace en igual medida, por la automatización; el crecimiento no busca atender necesidades sociales sino acrecentar ganancias; pero al estancarse el empleo no reaccionan la demanda y el consumo a la par con la disponibilidad de mercancías, y eso frena la economía.
    Así la automatización condena a la inactividad y priva de ingreso a más trabajadores, destruyendo al consumidor y amenazando así la propia viabilidad del sistema; pero entonces, ¿quién comprará las mercancías? Y los desplazados, ¿a dónde irán? Incrementarán el número de pobres y nutrirán las filas de la delincuencia; crecerán la emigración y el sector informal: en México, en este último desperdician ya sus energías 60 por ciento de los ocupados.
    Asimismo, al aumentar la desocupación, una mayor competencia entre trabajadores por los escasos empleos abate los salarios.
    Pero no son las máquinas ni la automatización los que “quitan empleos”, sino los dueños de empresas, a quienes conviene sustituir trabajadores; son las relaciones de producción imperantes, la competencia, que obliga a reducir costos a todo trance: los trabajadores sacrificados en aras de la ganancia.
    Adicionalmente, una mayor productividad abarata los medios de consumo de los trabajadores, reduce el valor de la fuerza de trabajo y los salarios y eleva la plusvalía.
    También la moderna tecnología en las comunicaciones daña la salud, sobre todo mental, al esclavizar a millones de seres a través de sistemas como Facebook, Google, etc. Los teléfonos celulares o Internet son adictivos, como una droga.
    Según Monitor Latino, los mexicanos permanecen en promedio siete horas y 14 minutos diarios conectados a la red. En las escuelas se reduce el esfuerzo mental y la memoria humana desde que las máquinas realizan todas las operaciones matemáticas.
    Crece el autoengaño de copiar de Internet y pegar, para elaborar trabajos y tareas. Pero también existen implicaciones ideológicas de todo esto. Las máquinas, creadas por los trabajadores, manuales e intelectuales, son consideradas superiores al hombre mismo; más que instrumentos suyos, sofisticados, sí, se convierten en sus amos y verdugos. Esto beneficia a quienes buscan minusvalorar al ser humano, concretamente a los trabajadores.
    No obstante sus consecuencias negativas, la automatización y las modernas tecnologías de información crean condiciones que exigen, hoy con más apremio, cambiar las relaciones de producción y distribución. Recordemos que el motivo central de la economía actual es maximizar ganancias; la tecnología se subordina a ese fin y, como un Frankenstein, se vuelve, mejor dicho, la vuelven, contra los trabajadores, ciertamente, primero contra los no calificados, pero luego contra los calificados.
    Reducir costos para aumentar competitividad y ganancia es imperativo del capital, y exige despedir trabajadores, por “incosteables”. Así el sistema vigente ha llegado a la bárbara conclusión de considerar al hombre, ¡un estorbo en la producción!
    Las locuras de la economía de mercado. Lo arriba expuesto hace necesario cambiar la actual organización de la forma de producir y distribuir la riqueza, reivindicando al trabajo y a los trabajadores como sus verdaderos creadores, evitando que la automatización productiva redunde en desempleo y más pobreza que, insisto, no es consecuencia fatal del progreso tecnológico, sino del uso que de él se hace, de las relaciones humanas en que opera.
    El efecto social de la tecnología depende de quién y para qué fin la use; en un futuro, fuerzas productivas avanzadas devendrán instrumentos de liberación, abundancia de satisfactores y bienestar social.