• La Verdad del Sureste |
  • Domingo 19 de Noviembre de 2017

Sismicidades


Por Uriel Tufiño



@UTufigno

“La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia del morir, sino del vivir”. Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad.

Las imágenes de la noche del jueves siete de septiembre recordaron lo sucedido la mañana de otro jueves de septiembre: el 19 de septiembre de 1985. Esa mañana, un sismo de 8.1 grados colapsó edificios y la vida de muchos mexicanos. Un México murió, el de la indiferencia, y nació el México solidario. Al menos por un tiempo.

Manos desconocidas pero deseosas de ayudar se unieron en un coro para rescatar a quienes se encontraban bajo los escombros. Cualquier atisbo de vida era suficiente para emprender el rescate, aún a riesgo de la propia vida. Las diferencias sociales desaparecieron y cada quien hacía lo que creía que mejor podía hacer. Toda aportación era significativa, como la del automovilista que levantaba sobre su trayecto a quienes no encontraban transporte.

Otras lecciones nacieron de la catástrofe: la cultura de la protección civil (vivimos en zona sísmica) y entender que la corrupción en la obra pública cuesta vidas (la mayor parte de los edificios caídos se hicieron con recursos públicos).

Luego del terremoto del 85 se establecieron protocolos en caso de temblor, se desarrolló la alarma sísmica y se endurecieron las normas de construcción para dotar de mayor seguridad a las edificaciones. Así, por ejemplo, en su momento la Torre Mayor -construida sobre el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México- fue considerado el edificio más seguro del mundo en caso de sismo.

A la medianoche del jueves siete, los sonidos punzantes de la alerta sísmica aceleraron los ritmos cardíacos en la capital del país. ¿Era una falsa alarma como había ocurrido un día antes o se trataba de un aviso real? Por si acaso, rápidamente se corrió la voz, incluso a través de la mensajería de los teléfonos celulares: “está sonando la alarma sísmica”.

Un segundo después comenzó el movimiento. Los expertos en sismicidad dicen que es incorrecto hablar de temblores oscilatorios o trepidatorios porque, en realidad, un movimiento sísmico es un movimiento complejo que no se reduce a un patrón tan simple. Tomamos nota, aunque poco habrá de servirnos al momento de buscar refugio.

Antes de que la tierra detuviera su palpitar, las redes sociales se inundaron de mensajes alusivos al temblor, la mayoría en tono de franca broma que ignora las consecuencias de una eventual catástrofe de la que pudimos haber sido protagonistas involuntarios. ¿Por qué nos reímos de la muerte? Matamos, dice Octavio Paz, “porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. En un mundo cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte”.

Agrega el poeta: “Nada más opuesto a esta actitud que la de europeos y norteamericanos. Leyes, costumbres, moral pública y privada, tienden a preservar la vida humana”. Nosotros no. Jugamos con la muerte, la invocamos en canciones y la vestimos en noviembre. Seamos sinceros: ni siquiera en los funerales guardamos la debida solemnidad.

La intensidad del sismo del jueves pasado puso a prueba las modernas construcciones de la orgullosa Ciudad de México. Ni un rasguño a las edificaciones. No pudo decir lo mismo el mobiliario: libreros, lámparas y otros enseres de los pisos superiores rodaron por el piso. Pero ninguna pérdida humana. Al menos en la capital. Las redes sociales persistieron en reírse del terremoto durante varios minutos, a pesar de la hora. ¿Inconsciencia, escape?

La solidaridad que mostramos cuando vimos caer el edificio vecino en el 85, la perdimos esa noche. Juchitán está demasiado lejos de la modernidad del internet y del presupuesto público. La tragedia, si ocurrió, ocurrió allá; le ocurrió a ellos, no a nosotros. En las redes sociales se puede compartir una imagen solidaria con París o Barcelona, no con Oaxaca ni Chiapas.

A la indiferencia ante la muerte se suma la indiferencia de clase. La exclusión social se da como un mecanismo de defensa frente al otro, al diferente, al que no conozco ni entiendo. Ni me interesa entenderlo.

Quién sabe porqué, la naturaleza se ensaña con los pobres. Lo mismo si es un huracán o un terremoto. Tal vez la naturaleza también es excluyente.