• La Verdad del Sureste |
  • Martes 12 de Diciembre de 2017

Urdimbres y texturas

Aires secesionistas, responsabilidades y aventurerismo


Teresita Bautista Valles.



En términos generales secesión es separarse -del territorio, del  Estado, del  grupo, dependiendo de las intenciones-, lo que suceda después de que se inicie el proceso separatista es finalmente responsabilidad de quienes lo impulsan, y de quienes aceptan la independencia.
    En México hemos tenido varios intentos de separatismo más o menos serios.  El caso más emblemático es el de la anexión de Texas al territorio de Estados Unidos, ocurrido en 1845 después de una cruente guerra de los colonos contra nuestro país. Otro episodio es el de 1853, cuando Antonio López de Santa Ana “vendió” la región de La Mesilla (Arizona y Nuevo México) también a los gringos.
    Estos episodios vienen a la memoria ahora con la actual situación de la provincia de Cataluña, en España, donde priva la incertidumbre. El día diez de octubre el presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, leyó en el Parlament de la provincia, un discurso en donde hace una declaración de independencia…pero solicitó un tiempo de espera, para establecer el diálogo con el gobierno en Madrid, y juntos encontrar una solución acordada. En el camino a esa “solución acordada”, se asoman diversos actores, pero prevalece el ánimo ciudadano. Se organizó un referéndum que no fue aceptado por el gobierno central, cuya respuesta fue la represión.
    En su momento el País Vasco, otra provincia española, impulsó separarse de aquel Estado, pero llegaron a un acuerdo que les llevó tiempo, diálogo, y por supuesto concesiones mutuas.  Entre otras muchas situaciones, establecer una política fiscal autónoma, les permitió detener la independencia de la provincia Vasca. Dialogar es lo que distingue a estos movimientos, pero debemos preguntar, ¿dónde está enraizado el interés por hacer de una provincia un Estado republicano?
    En el caso de Cataluña depende en mucho de lo que sucedió en el pasado. Como en toda historia, los sucesos que quedaron pendientes de solucionar, regresan para demandar espacios, y ser escuchados.
    La secesión no sólo es separar, implica modificar contextos, y lugares. Es además un potente pistón que impulsa el cambio, así sea sometido a las más grandes presiones, resistirá temperatura, y gozará de flexibilidad, pero también es radicalizar una realidad.
    No necesariamente es un cambio positivo, es fundamental una mesa de diálogo, que a su vez, lleve al análisis de lo que implica separarse de un Estado, y quiénes asumirán las responsabilidades.
    Carles Puigdemont solicitó un diálogo franco, sin reveses, ni malas intenciones. Veremos cuánto dura la diplomacia del Estado Español, que podrá asumir -esperemos que no-, su vena legitimadora, al intervenir en la provincia, para evitar esos aires independentistas.
    Mucho se debe cuidar, como bien lo dijo Mario Vargas Llosa: “La pasión puede ser destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia es la pasión nacionalista”. Aunque hay que puntualizar, la pasión nacionalista puede ser auténtica y construye soberanía; o puede ser una falacia para beneficio de una élite.