2015: El ex Presidente Salinas reafirma su presencia en la escena pública nacional
Unos 80 millones de mexicanos no habían cumplido la mayoría de edad, o de plano no habían nacido, cuando en 1994 ocurrió una de las mayores hecatombes en la economía mexicana
Ciudad de México, 26 de diciembre de 2015.– La madrugada del 20 de diciembre de 1994, Carlos Salinas de Gortari lleva 19 días como ex Presidente de México y el Gobierno federal está por devaluar el peso frente al dólar. Va a ocurrir una crisis financiera de dimensiones que ni siquiera están en la imaginación. Las empresas, los planes y el porvenir quedarán desechos. Un puñado de hombres hará fortuna. Los más, lo perderán todo.
En su primer informe de Gobierno, el Presidente Ernesto Zedillo Ponce de León ofrecerá una explicación de la hecatombe. Salinas de Gortari aparecerá como el principal responsable. Estas serán sus palabras:
“Ciertamente hubo razones para que la crisis estallara con tanta fuerza… Una de ellas fue que durante muchos años un fuerte y creciente déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos se financiara con entradas de capital volátil… Con absoluta convicción, afirmo que la crisis económica nunca habría ocurrido con tal gravedad, aun en presencia de muchos de los factores adversos señalados, de no haberse descuidado la generación de ahorro interno. Mientras que en 1988, los mexicanos ahorrábamos casi 22 por ciento del Producto Nacional, esa proporción fue reduciéndose, año tras año, hasta llegar a menos de 16 por ciento en 1994”.
Los próximos veinte años, Carlos Salinas de Gortari huirá, regresará y se irá otra vez. Publicará unas cinco mil páginas entre libros, desplegados en periódicos, comunicados, alegatos, advertencias y propuestas que llevarán el signo de la acusación a su sucesor, Ernesto Zedillo. Sostendrá que él no es culpable. Brindará decenas de conferencias y entrevistas. Pronunciará graciosas frases célebres. Achicará los ojos, su gesto más efectivo para crear tensión, unos cientos de veces. Recibirá el sobrenombre del legendario críptido “chupacabras” como sinónimo de la encarnación de la perversidad. Cosas de la coincidencia, pero la tierra temblará cuando él visite México. Jamás hará un mea culpa.
I
LA NOCHE DE LA DEBACLE
Ernesto Zedillo Ponce de León debe hacer frente a un hecho inédito en esta noche del 19 de diciembre de 1994. Capitales en dólares cuantificados en cuatro mil millones se han marchado de México. El monto de los Tesobonos –títulos en dólares pero pagaderos en moneda nacional es apenas de 32 mil millones. Pero el Presidente duerme en la mansión de Los Pinos y nadie del Gabinete económico desea despertarlo.
Quien se mueve con urgencia es otro hombre del poder: Jaime Serra Puche, Secretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP). Está solo. Apenas rodeado por un puñado de viejos políticos y empresarios a los que ha conquistado por el dominio que muestra de sí mismo y de la economía del Globo. Unos y otros serán en pocas horas, los protagonistas de una tragedia. O los artífices, según algunas fuentes.
Están ahí Fidel Velázquez, dirigente nacional de la Confederación de Trabajadores de México (CTM); Herminio Blanco, Secretario de Comercio; Santiago Oñate, Secretario del Trabajo y Previsión Social; Miguel Mancera Aguayo, Director del Banco de México; Luis Germán Cárcoba, Presidente del Consejo Coordinador Empresarial; Fernando Cortina Legarreta, presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin). Han llegado también los recién designados presidentes de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio (Concanaco) y la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra), Germán A. González Quintero y Víctor Manuel Terrones.
Son los integrantes del Pacto de Bienestar y Estabilidad Económica (Pabec), los tomadores de decisiones más identificados de México. Algunos le servirán con lealtad inquebrantable al Secretario Serra Puche. Otros, llegado el momento, lo abandonarán.
Serra Puche usa un tono de voz discreto, alejado del habitual, lineal, sin matices, al que tiene acostumbrados a los reporteros. Lleva un block de notas con garabatos que desbordan los renglones. El Ajusco parece boca de lobo de tan oscuro.
Palabras más, palabras menos, les dice:
“Como ustedes saben, la situación en Chiapas está muy delicada. Mañana queremos hacer un anuncio que dirá así: los sectores del Pacto acordaron abandonar la banda de deslizamiento del peso y dejar que éste sea determinado por las fuerzas del mercado debido a los acontecimientos en el estado de Chiapas”.
–¿Y qué más Jaime? –pregunta por los empresarios Germán Cárcoba.
–Nada más.
La seca respuesta provoca la exaltación:
–¡No puedes anunciar que sólo vas a soltar el peso. Ello debe ir acompañado de un paquete de medidas de emergencia! – le revira el empresario.
Serra Puche gira la cabeza de derecha a izquierda:
–Yo no puedo hacer nada más.
Las miradas de los hombres de negocios se concentran en un solo individuo que esa noche sufre de gripe fuerte y su temperatura ha subido a más de 37 grados. Con abrigo forrado en felpa negra y bufanda gruesa que le llega hasta la boca, callado en su estilo solemne, ejerce sin escándalo el catarro. Es Miguel Mancera Aguayo, Director del Banco de México.
–¿Cuál sería el nivel al que llegaría el peso? –se pregunta Mancera.
Responde él mismo sin usar las manos, atrapadas en el abrigo: “… Sería una devaluación de 15 o 20 por ciento, ni de chiste de 59 o 69 por ciento…”
–¡Pero debe haber medidas adicionales en un plan de emergencia! –piden en forma airada los empresarios.
Fidel Velázquez Sánchez tiene 95 años de edad. Está inquieto y lúcido. En sus apariciones diurnas –las de las conferencias de los lunes en el edificio de la CTM– el dirigente ha tomado el aire de los ancianos satisfechos pero conscientes de la inminencia del fin. Su andar es muy lento y su hablar tan salpicado de sofocos, que no se entiende. Pero no deja de hablar, de opinar de todo, de ser protagonista.
En el salón frente a donde están los empresarios, unos 20 dirigentes obreros discuten con desorden. En el centro, Fidel Velázquez Sánchez. Un día después negará ante los reporteros haber asistido a esta reunión. “Yo no estuve y si estuve, pruébenmelo”.
Escucha la propuesta del secretario Serra Puche: “Soltar la paridad…”.
El cetemista no le permite terminar y le menciona dos condiciones para aceptar la medida: que el sector privado se comprometa a no subir los precios durante tres meses y un aumento salarial de emergencia. Jaime Serra le explica que un aumento salarial es improbable. “Eso está en chino”, le dice.
Le ofrece también arrancarles el compromiso a los empresarios de congelar precios. “Los haré comprometerse antes de que salga el sol”.
Amanece. Y nadie se compromete. Esa noche el Pacto no es firmado. Jaime Serra Puche anuncia en los noticiarios de José Gutiérrez Vivó y Pedro Ferriz de Con que el peso ha empezado a fluctuar.
II
LA PARADA DEL HAMBRE
En aquella noche quedaron los cimientos de la mayor crisis financiera del siglo XXI, como la llamó Robert Rubin, ex Secretario del Tesoro estadounidense, aun cuando el siglo no había cambiado.
En el relato frío de los números, significó una pérdida de 116 mil millones de dólares para las finanzas públicas. En la bitácora de la economía mundial, fue tan emblemática que hoy lleva el nombre de “efecto tequila”. En los escenarios reales, el quebranto no ha sido cuantificado. Los testimonios arrojan al presente que miles de familias mexicanas cruzaron el umbral hacia el hambre y muchos incurrieron en el suicidio.
En la mañana del 20, dominó el desconcierto en el mercado cambiario, pero sin llegar al pánico. Para el miércoles 21, el caos se desató. El Banco de México perdió ese día casi la mitad de sus reservas. Se convocó de nuevo a una reunión del “Pacto”. Sin más debates, Hacienda y Banxico dieron a conocer que ya no era sostenible la banda acotada en la que fluctuaba el peso mexicano, por lo que era necesario dejarlo a la libre determinación del mercado. El jueves, ya no se inyectaron dólares al mercado. El billete verde se fue hasta 4.90 pesos. En tres días se había producido una devaluación de 40 por ciento.
III
1994: EL AÑO DE LOS HORRORES
Es 1994 y la confianza se ha ido de México. El horror parece no tener fin. Tres asesinatos han ocurrido en cadena: el del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo (en 1993), el del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Luis Donaldo Colosio y del secretario general priista, José Francisco Ruiz Massieu.
En enero de 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) le declaró la guerra al Estado Mexicano. La miseria de miserias de los más desprotegidos ha quedado expuesta. El horizonte está manchado. Y este era el año en que, según la promesa de Carlos Salinas de Gortari, México entraría al primer mundo debido a la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN).
Chiapas, el estado sureño que genera el 35 por ciento de la energía eléctrica del país, rico en petróleo, tiene uno de los números más abultados de pobres. Son indígenas. Los descendientes en cadena directa de los primeros pobladores de la región. Se han sublevado y Salinas los ha llamado “revoltosos”.
A través de la primera declaración de la Selva Lacandona, el EZLN ha pedido trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz.
Es año de elecciones. En agosto se elegirá al sucesor de Los Pinos. El PRI ha nombrado a Luis Donaldo Colosio Murrieta como candidato. Salinas de Gortari lo eligió bajo la práctica tradicional y conocida del “dedazo” (la candidatura del PRI la decidía el Presidente de la República).
Al Presidente de la República se le adjudica una actitud de perversidad. Desde columnas, reportajes y notas de la prensa se indica “una campaña” contra la campaña”. Manuel Camacho Solís (Q.E.P.D) ha sido nombrado comisionado para la Paz en Chiapas y desde esa posición se ha convertido en el político más mediático.
Al candidato Colosio, el desempeño de Camacho frente a los grupos guerrilleros lo ha opacado al grado de la confusión. ¿Quién es el verdadero candidato?
Con ese tono pausado que usa para dar declaraciones memorables, Salinas de Gortari le ha dicho a los reporteros: “No se hagan bolas. El candidato es Luis Donaldo Colosio”.
La tarde del 23 de marzo, Carlos Salinas de Gortari está en su despacho de la residencia oficial de Los Pinos. En la colonia Lomas Taurinas de Tijuana, Baja California, acaban de acribillar a Colosio Murrieta. Un disparo a la sien. Otro dirigido al estómago. Ambos tiros de una Taurus .38 que tiene las cachas de madera. La tarde empieza a despuntar en un caos que se prolongará durante las horas, los días, los meses y los años. Surge un chiste macabro: Salinas habría recibido la noticia así: “Señor Presidente, el candidato fue herido de bala”. Él contestaría, con la fría sonrisa que lo caracteriza: ¿Ya son las siete?”
Después del asesinato de Colosio, en el PRI se teme una insurrección. No hay candidato. Carlos Salinas, desde la Presidencia, interviene de inmediato y nombra a Ernesto Zedillo Ponce de León, quien gana las elecciones en agosto y toma posesión el 1 de diciembre.
Tras la entrega de poder, en Chiapas, los zapatistas se han apropiado del poder de 38 municipios, entre ellos Simojovel, Yajalón y Chanal. El Subcomandante Marcos –vocero del movimiento- ha reconocido que un grupo había burlado el cerco militar impuesto por el Ejército Mexicano desde el 12 de enero anterior. Las acciones de la Bolsa Mexicana de Valores han caído 4.15 por ciento en sus precios.