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La Verdad del Sureste

30 denarios



@UTufigno

Aunque los evangelistas tienen algunas diferencias en el cómo, todos coinciden en que Judas Iscariote traicionó a Jesucristo a cambio de embolsarse 30 denarios. En los tiempos modernos los denarios ya están en desuso, pero para eso existen las tarjetas “plus” de Monex o Soriana. Y si la palabra “traición” suena fuerte a los oídos sordos de los representantes populares, entonces emplearé la palabra “felonía” para referirme al acto en el cual votaron a favor de una reforma fiscal quienes dicen ser intérpretes del mandato depositado en las urnas en las últimas elecciones federales. ¿O creen que llegaron solos?
    Nuestra democracia tiene su fundamento en el artículo 39 de la Constitución, el cual menciona que la “soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste”. Visto así, quedaría claro que somos todos quienes tenemos la facultad originaria de tomar las decisiones que nos convienen; sin embargo, nuestra democracia tiene la característica de ser representativa y no participativa. Pero las distorsiones de la falsa democracia en que sobrevivimos nos han llevado a creer que nosotros transmitimos esa facultad originaria a los representantes surgidos de las urnas para que hagan con ella lo que les venga en gana. Falso. El voto no es un cheque en blanco.
    Voy a suponer que las elecciones del año pasado fueron libres y auténticas, tal y como lo ordena la Constitución, para centrarme en las ofertas de campaña de quienes propusieron y votaron a favor de la reforma fiscal. ¿Acaso ése fue el mandato que les dieron sus electores? La respuesta es: no. Si los electores hubieran sabido que los diputados, senadores y el titular del Poder Ejecutivo iban a incrementar la carga fiscal, difícilmente hubieran votado a favor del aumento de los impuestos. ¿Entonces por qué los legisladores votan en forma contraria a lo que hubieran hecho los ciudadanos?   
    En 90 días de campaña oficial, Peña Nieto anunció 255 compromisos, de los cuales 45 tenían alcance nacional y 210 alcance estatal, ninguno de los cuales abordaba el incremento impositivo. Como partido, la alianza encabezada por el PRI presentó 75 propuestas económicas, el PAN 65 y la –todavía con vida- unión de las izquierdas 47. La temática económica más mencionada por los partidos fue el trabajo, y la menos citada fue la política fiscal. Las propuestas del dinosaurio tricolor en materia de política fiscal fueron: el establecimiento de un impuesto único para personas morales (una especie de licuado del ISR y el IETU) y la simplificación del proceso tributario para ampliar la base de contribuyentes; sin mención alguna al incremento de los impuestos.
    Por su parte, la unión de las izquierdas sí tenía en mente la eliminación del IETU.   
    A pesar de que en los planteamientos de campaña del actual titular del Ejecutivo Federal y de los diputados y senadores no se mencionó que a los ciudadanos nos iban a exprimir más los bolsillos, los legisladores aprobaron la reforma fiscal enviada por Peña Nieto. Por orden de aparición, primero fueron los diputados quienes dieron luz verde a la propuesta del gobierno cuya finalidad real es recaudar más para compensar el boquete económico que va a representar la modificación del régimen fiscal de Pemex. Posteriormente, la oposición en el Senado tuvo la oportunidad de frenar las intenciones del Ejecutivo, pero se doblegaron ante los deseos del Tlatoani. Bueno, no todos.    
    El PAN, por lo que Marx denominaba “conciencia de clase”, votó en contra de dicha reforma; también una parte de las llamadas izquierdas -diría yo- por congruencia histórica ya que, hasta donde recuerdo, la izquierda nunca había votado a favor de una reforma de tal naturaleza.
    Pero once senadores del PRD hicieron la diferencia en una cerrada votación ya que votaron “en pro” de la iniciativa de Enrique Peña. Miguel Barbosa, Alejandra Barrales, Angélica de la Peña, Fidel Demédicis, Isidro Pedraza, Sofío Ramírez, Armando Ríos Piter, Zoé Robledo, Benjamín Robles, Adolfo Romero y Luis Sánchez Jiménez son los once senadores bien portaditos cuyos cargos durarán no más de seis años pero la vergüenza les quedará por toda la vida.

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