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La Verdad del Sureste

7 de enero de 2015


@UTufigno

Cuando la selección de fútbol de Francia ganó el Campeonato Mundial de 1998, para las mayorías pasó desapercibido un detalle: de todos los integrantes del equipo francés, sólo ocho eran hijos de padres galos; el resto eran nacidos fuera de Francia o hijos de emigrantes. El propio Zinedine Zidane, quien fue la estrella de dicho Mundial, si bien nació en Marsella tiene ascendencia argelina. Dicho de otra forma, la selección francesa tenía una composición que es fiel reflejo de la integración étnica de su país ya que cerca del 35% de los habitantes del territorio francés tienen su origen fuera del mismo. En cuanto a la religión, los musulmanes ocupan el segundo lugar en número de creyentes, pero dicho culto tiene un crecimiento constante y sostenido.
    Por otra parte, desde la Revolución de 1789, Francia es reconocida –al menos por su mayor impacto cultural- como la cuna de las “libertades clásicas”, es decir, de las libertades políticas e individuales, entre las cuales la libertad de expresión se considera fundamental dentro de todo régimen democrático. Un gobierno que no respeta el derecho a expresarse no sólo es considerado antidemocrático, sino también como intolerante pues nadie es poseedor de la verdad absoluta; por lo tanto, cualquier restricción al ejercicio de la libertad de expresión menoscaba la posibilidad de disentir, pieza clave del debate público que enriquece la vida social y política de cualquier sociedad. No hay nada más acartonado que un monólogo político o un parlamento sin parlamentarios, como pasa en nuestro Congreso.
    Asimismo, a Francia debemos la ironía fina y el sarcasmo agudo de personajes como Voltaire o Diderot, quienes en sus obras se mofaban lo mismo de los nobles que de los religiosos; nadie estaba a salvo de su ingenio y de sus críticas, hechas la mayor parte de las veces con razón. Igualmente, a Voltaire se le atribuye una frase fundamental en la enseñanza de la tolerancia: “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderá con mi vida tu derecho a decirlo”. Esto implica que aunque en el fondo de nosotros creamos que no vamos a poder convencer de nuestra postura a otra persona, ella también tiene derecho a expresar su opinión y exponer sus argumentos con las únicas armas de la razón.
    Así, resulta una trágica ironía que en el país referente del racionalismo y de las libertades individuales, el 7 de enero haya ocurrido un mortal ataque como del que fueron víctimas distintos colaboradores de la revista satírica “Charlie Hebdo”, semanario impreso que desde hace muchos años y en distintas etapas se ha dedicado a criticar lo mismo a los políticos que a los empresarios o a los grupos religiosos de cualquier credo, si bien en los últimos años las críticas se habían centrado en contra del islam, lo que ya le había ocasionado problemas legales al medio e incluso ya había sido blanco de bombas artesanales presuntamente lanzadas por grupos radicales. Para algunos, el “Charlie Hebdo” no guardaba el debido respeto hacia Mahoma y el islam, pero puestos en ese extremo lo mismo podría decirse de la sátira que el semanario ha hecho de la iglesia católica y de los curas pederastas. ¿Quién puede medir objetivamente el límite de la libertad de expresión?
    En todo caso, me parece que es preferible excederse en el uso de la libertad de expresión ya que limitarla previamente nos llevaría a la autocensura y, por lo tanto, a la ausencia de la búsqueda de la verdad a través del debate público y la información, algo de lo que sabía don Julio Scherer García. A nivel mundial el 7 de enero de 2015 va a quedar marcado como la fecha en la que la libertad de expresión enfrentó una de sus pruebas más difíciles, pero para nosotros va a tener un significado adicional pues también es la fecha en la que Scherer dejó la pluma para siempre. Todo fallecimiento es lamentable, pero la virtud del fundador de “Proceso” fue haber dejado una escuela de periodistas al servicio de la verdad y de la sociedad. La libertad que se ejerce en los medios comprometidos no puede entenderse sin la lucha valiente y honesta de Julio Scherer.         

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