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La Verdad del Sureste

Agonías



@UTufigno

Aunque Jorge Luis Borges es más conocido por su exquisita prosa, también incursionó en la poesía. En su poema “Ajedrez”, Borges aborda el destino humano de una manera fascinante. Al respecto, el siguiente fragmento de dicho poema es más que representativo: “(las piezas en el tablero) no saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta su albedrío y su jornada. También el jugador es prisionero –la sentencia es de Omar- de otro tablero de negras noches y de blancos días”. 
    Supongo que la mayoría siguió con mayor o menor atención la ejecución de la pena de muerte a la que un mexicano fue condenado en los Estados Unidos. De nada valió que la Corte Internacional de Justicia hubiera sentenciado a nuestros vecinos del norte a revisar la situación de 51 mexicanos que enfrentaban procesos judiciales ante los tribunales norteamericanos. La sentencia de la Corte de la Haya, emitida en 2004, reconoció que a nuestros connacionales no se les había respetado su derecho de tener asistencia consular de acuerdo con la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares y, por lo tanto, sus procesos ameritaban ser revisados. Esta sentencia es conocida como “El caso Avena”.
    Si bien la tendencia global se dirige hacia la abolición de la pena muerte, muchos países aún conservan esta novedosa y civilizada forma de hacer justicia. Sin embargo, cada vez que el Estado mata a un reo, sea o no sea culpable, el Estado se constituye en verdugo de sí mismo pues también muere un poco con cada ejecución.
    Podríamos tejer muchas palabras que intenten explicar por qué determinadas personas cometen los más atroces delitos, pero ninguna será lo suficientemente convincente; desde otra óptica, para tratar de justificar la pena de muerte sólo existe un motivo real: el deseo de venganza. Pero asesinar legalmente, con todo y el soporte de una maquinaria jurídica, es tan ineficaz como bárbaro. Porque en ningún lado del planeta se ha demostrado que la pena capital sea disuasiva y sí, en cambio, hay evidencias de su uso para eliminar adversarios políticos, para castigar a quienes atentan contra un régimen autoritario o por cuestiones raciales. 
    En el caso del mexicano ejecutado hace unos días, lo más chocante no es la ejecución en sí misma, sino que su vida haya dependido del gobernador de Texas. Como en los tiempos de la antigua Roma cuando la vida de los gladiadores dependía de una señal de la mano. Del mismo modo, el “César” texano decidió el destino de nuestro paisano, lo que no pudo ser impedido ni por la Corte Suprema de los Estados Unidos ni por Obama. En cambio, en otro caso relacionado con la misma resolución de la Corte Internacional de Justicia, el gobernador de Oklahoma se adelantó a los tribunales de apelación y conmutó la pena de muerte de otro mexicano por cadena perpetua. ¿Por qué en un caso sí y en otro no? 
El gobierno norteamericano se pasea por el mundo dando instrucciones a los países sobre lo que deben hacer en materia de derechos humanos, pero ellos son los primeros violadores de derechos humanos. En sus cárceles se tortura y viola a los presos, como en los muy conocidos casos de la cárcel de Abu Ghraib o en Guantánamo, aunque también ocurre en prisiones dentro de su territorio. ¿Y acaso las acciones militares sobre población civil en Hiroshima y Nagasaki no fueron una grave violación a los derechos humanos?, ¿o cuando usaron el “elemento naranja” sobre Vietnam?
    El modelo de justicia de los Estados Unidos no parece ser el más representativo en materia de derechos humanos y obedece a una lógica que es ajena a nuestra cultura. A pesar de ello, voces que se dicen “calificadas” se empeñan en imponernos un sistema de justicia “a la gringa, pero mexicanizado”, cuya materialización son los controvertidos “juicios orales”. Nuestro sistema, con todo y sus deficiencias, se acaba de lavar el rostro al liberar a una guerrerense presa por el terrible delito de ser mujer, pobre e indígena. ¿Qué hubiera pasado si en nuestro país existiera la pena de muerte? Seguramente una mano hubiera decidido su agonía antes de llegar a la Corte.      

       

 

 

 

 

 

 

 

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