El amor no existe, es un invento en las noches de borrachera: Chavela
“Quiero morirme un martes para no fregarle el fin de semana a nadie. Los martes son muy aburridos”.
Guadalajara, Jal., 7 de junio. Lo que está sosteniendo a México, asegura Chavela Vargas, “son sus indios, su gente fuerte. Y sus dioses están pendientes, van a volver a reinar, fíjate que así va a ser. El gigante dormido va a despertar. Volverán a reinar los grandes, los justos, los hombres de verdad. Lo que empobrece al país, lo que hace a su sociedad conservadora e hipócrita, es la pérdida de identidad”. Un ejemplo: “El saludo indígena que te pregunta ¿cómo está tu corazón hoy? se está perdiendo. Ahora te dicen, ¿qué pasó güey?” Ella, por ejemplo, que nació lejos del altiplano que ahora la alberga, lleva sangre india en las venas. “No sé de dónde me viene, pero algo he de tener porque lo siento”. Por eso en sus conciertos, además del jorongo rojo, porta un medallón de chaquira que los huicholes le entregaron como símbolo de su reconocimiento como chamana. Por eso interpretó el papel de una indígena de la Patagonia en la película Grito de piedra, de Werner Herzog. Por eso cada vez que se despide de un escenario ante un público que delira por ella, Chavela extiende los brazos, levanta la mirada y declama, histriónica: “¡México, creo en ti!” Y por eso recorre el mundo declarando su profundo amor por este país.
-¿Y México le corresponde, Chavela?
Titubea un poco: “Sí, me ha correspondido hasta donde puede, por el machismo. Aquí me quieren. En España y en Argentina me adoran”. De los grandes homenajes que recibió en Madrid, en el Teatro Olympia de París, en el Carnegie Hall de Nueva York, en el Teatro de la Opera de Buenos Aires, antes que en Bellas Artes -un poco de olvido, un poco de desdén-, prefiere no hablar. Porque ahora está de regreso, una vez más, lista para comerse al mundo. El miércoles, en el teatro Diana de esta ciudad volvió a desplegar sus alas rojo y negro y su voz única.
El fotógrafo de La Jornada le pidió: “Quisiera hacerle una foto...”
Ella interrumpe, capaz de reírse de todo, sobre todo de sí misma: “¡Desnuda!” Así es la señora Vargas, leyenda viviente de la canción mexicana, pies en la tierra, dueña de una memoria que además de tener vivo el repertorio de su lírica guarda, intactos, decenas de poemas de Federico García Lorca y Pablo Neruda. Platicando de indios y de raíces, de la cima de los 88 años desde donde contempla la vida, de sirenas y seres raros y de los tiempos idos, pasa la tarde tibia en un jardín de Guadalajara, al día siguiente de un concierto apoteósico, rodeada de amigas jóvenes, de niños que también son sus amigos y le llaman Chavelonga. Es reacia a tocar temas políticos aunque sí reconoce algo que le duele, “pero mucho, mucho”, precisamente hablando de indios y del lugar que todavía no tienen en su país. “Lo inadmisible, lo que me preocupa de verdad, es que un niño muera porque no hay dinero para que sus padres lo curen. Y eso sigue pasando mucho”.Confiesa que esa mañana, después del concierto, al despertar, la depresión acechaba al pie de la cama. “Y le dije ¡mangos! Tú a mí no me vas a llevar, largo de aquí”. Y se repuso.
-¿Qué necesita cada mañana para levantarse?
-Saber que ya amaneció y que tengo cosas que hacer. Pero si no me dan ganas, no las hago. A veces me canso de luchar contra muchas cosas del mundo que no puedo remediar. Pero cuando puedo remediarlas, lo hago. Busco una salida.
-Dicen que fue la primera mujer que le cantó una canción de amor a otra mujer. ¿Qué precio pagó por su forma de llamar al pan, pan? ¿Con la Macorina, por ejemplo?
-El arreglo de la Macorina es mío. Es una canción del siglo XVII; la prohibieron en tiempos de la Colonia, porque consideraban indecente decir ponme la mano aquí. A mí también me lo prohibieron. A los niños les apagaban el tocadiscos cuando llegaban a las casas.
-¿Fue revolucionario en su momento cantar sin eufemismos?
-Pues claro. Además, ¿a quién ofendo? ¿Quién se da por aludido? Los hipócritas, pero esos están marcados, ya los conocemos. Si hubiera habido Inquisición me mandan para allá. Yo tenía un coche convertible que me pude comprar cuando empecé a trabajar, era una belleza, era un MG. Y me paseaba por el Paseo de la Reforma en mi MG negro, con mi cigarro, y me gritaban cosas espantosas: ¡puta, hija de la chingada, maricona! Me moría de la risa. Los saludaba con un gran gesto ¡salud!
-¿Nadie le puso la rienda jamás?
-Nadie, jamás. Y por eso, moriré muy orgullosa. Quiero morirme un martes, para no fregarle el fin de semana a nadie. Nada pasa en martes, son muy aburridos.
-Tal vez sí se le haga...
-Tal vez. Todo se me hace. Yo no pido las cosas, las cosas llegan, me dicen: ¿me recibes? Y yo les contesto: sí, pasa.
-Dios es una presencia muy fuerte en muchas de sus canciones...
-Dios está metido en muchas letras de la canción mexicana. Hay cosas en las que no creo, pero no las digo. Para que me meto en otra bronca más de las que ya estoy metida. Estoy en paz y respeto mucho las cosas de la religión. Eso es privado. “A veces me tocan la puerta de la casa y es una musa, o un ser raro. Cuando vivía a la orilla del mar, en Veracruz, amanecían escamas de pescado en el marco de la ventana. Me decía la criada: amaneció lleno de escamas. Yo le decía: son las sirenas que estuvieron aquí anoche. Llegaban y me contaban muchas cosas muy hermosas. Que sí conocían a Alfosina, que por ahí anduvo. Un día me invitaron a irme al fondo del mar a tomar una copa, pero no pude ir porque no bebo.”
-La barca...
-...en que me iré lleva una cruz de olvido. Es una canción de uno de los hermanos Sáizar, un compositor que era muy amigo mío. Esa canción se hizo en una cantina. Lleva una cruz de olvido, lleva una cruz de amor y en esa cruz, sin ti, me moriré de hastío. ¡Qué divina letra!
-¿Le llegó el momento, como al andariego, de sentir la calma y el sosiego?
-Ey, junto a mi cruz tan solo quiero paz. No sé si el momento de la cruz, pero si de las horas de sosiego. Llegará la hora de la cruz. Pero entre tanto, no voy a estar tranquila. Me falta mucho por hacer. Me falta ver filmar la última película de Pedro (Almodóvar). Por ahí hay una sorpresa para mí, con un premio, pero no lo puedo decir todavía.
-¿Y México le corresponde, Chavela?
Titubea un poco: “Sí, me ha correspondido hasta donde puede, por el machismo. Aquí me quieren. En España y en Argentina me adoran”. De los grandes homenajes que recibió en Madrid, en el Teatro Olympia de París, en el Carnegie Hall de Nueva York, en el Teatro de la Opera de Buenos Aires, antes que en Bellas Artes -un poco de olvido, un poco de desdén-, prefiere no hablar. Porque ahora está de regreso, una vez más, lista para comerse al mundo. El miércoles, en el teatro Diana de esta ciudad volvió a desplegar sus alas rojo y negro y su voz única.
El fotógrafo de La Jornada le pidió: “Quisiera hacerle una foto...”
Ella interrumpe, capaz de reírse de todo, sobre todo de sí misma: “¡Desnuda!” Así es la señora Vargas, leyenda viviente de la canción mexicana, pies en la tierra, dueña de una memoria que además de tener vivo el repertorio de su lírica guarda, intactos, decenas de poemas de Federico García Lorca y Pablo Neruda. Platicando de indios y de raíces, de la cima de los 88 años desde donde contempla la vida, de sirenas y seres raros y de los tiempos idos, pasa la tarde tibia en un jardín de Guadalajara, al día siguiente de un concierto apoteósico, rodeada de amigas jóvenes, de niños que también son sus amigos y le llaman Chavelonga. Es reacia a tocar temas políticos aunque sí reconoce algo que le duele, “pero mucho, mucho”, precisamente hablando de indios y del lugar que todavía no tienen en su país. “Lo inadmisible, lo que me preocupa de verdad, es que un niño muera porque no hay dinero para que sus padres lo curen. Y eso sigue pasando mucho”.Confiesa que esa mañana, después del concierto, al despertar, la depresión acechaba al pie de la cama. “Y le dije ¡mangos! Tú a mí no me vas a llevar, largo de aquí”. Y se repuso.
-¿Qué necesita cada mañana para levantarse?
-Saber que ya amaneció y que tengo cosas que hacer. Pero si no me dan ganas, no las hago. A veces me canso de luchar contra muchas cosas del mundo que no puedo remediar. Pero cuando puedo remediarlas, lo hago. Busco una salida.
-Dicen que fue la primera mujer que le cantó una canción de amor a otra mujer. ¿Qué precio pagó por su forma de llamar al pan, pan? ¿Con la Macorina, por ejemplo?
-El arreglo de la Macorina es mío. Es una canción del siglo XVII; la prohibieron en tiempos de la Colonia, porque consideraban indecente decir ponme la mano aquí. A mí también me lo prohibieron. A los niños les apagaban el tocadiscos cuando llegaban a las casas.
-¿Fue revolucionario en su momento cantar sin eufemismos?
-Pues claro. Además, ¿a quién ofendo? ¿Quién se da por aludido? Los hipócritas, pero esos están marcados, ya los conocemos. Si hubiera habido Inquisición me mandan para allá. Yo tenía un coche convertible que me pude comprar cuando empecé a trabajar, era una belleza, era un MG. Y me paseaba por el Paseo de la Reforma en mi MG negro, con mi cigarro, y me gritaban cosas espantosas: ¡puta, hija de la chingada, maricona! Me moría de la risa. Los saludaba con un gran gesto ¡salud!
-¿Nadie le puso la rienda jamás?
-Nadie, jamás. Y por eso, moriré muy orgullosa. Quiero morirme un martes, para no fregarle el fin de semana a nadie. Nada pasa en martes, son muy aburridos.
-Tal vez sí se le haga...
-Tal vez. Todo se me hace. Yo no pido las cosas, las cosas llegan, me dicen: ¿me recibes? Y yo les contesto: sí, pasa.
-Dios es una presencia muy fuerte en muchas de sus canciones...
-Dios está metido en muchas letras de la canción mexicana. Hay cosas en las que no creo, pero no las digo. Para que me meto en otra bronca más de las que ya estoy metida. Estoy en paz y respeto mucho las cosas de la religión. Eso es privado. “A veces me tocan la puerta de la casa y es una musa, o un ser raro. Cuando vivía a la orilla del mar, en Veracruz, amanecían escamas de pescado en el marco de la ventana. Me decía la criada: amaneció lleno de escamas. Yo le decía: son las sirenas que estuvieron aquí anoche. Llegaban y me contaban muchas cosas muy hermosas. Que sí conocían a Alfosina, que por ahí anduvo. Un día me invitaron a irme al fondo del mar a tomar una copa, pero no pude ir porque no bebo.”
-La barca...
-...en que me iré lleva una cruz de olvido. Es una canción de uno de los hermanos Sáizar, un compositor que era muy amigo mío. Esa canción se hizo en una cantina. Lleva una cruz de olvido, lleva una cruz de amor y en esa cruz, sin ti, me moriré de hastío. ¡Qué divina letra!
-¿Le llegó el momento, como al andariego, de sentir la calma y el sosiego?
-Ey, junto a mi cruz tan solo quiero paz. No sé si el momento de la cruz, pero si de las horas de sosiego. Llegará la hora de la cruz. Pero entre tanto, no voy a estar tranquila. Me falta mucho por hacer. Me falta ver filmar la última película de Pedro (Almodóvar). Por ahí hay una sorpresa para mí, con un premio, pero no lo puedo decir todavía.