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La Verdad del Sureste

Apuntes de un profesor rural

Isaías


 

Isaías De Dios murió a los 16 años de tuberculosis. Muchacho indígena yo´kotan, vivió en la ranchería Pastal, Nacajuca, Tabasco. Era alumno de 3er. Grado en la telesecundaria Niños Héroes. Faltaba a clases con frecuencia y se le veía desganado, somnoliento. A la hora del recreo se la pasaba sentado recostado en su pupitre. Un buen día ya no llegó, y pregunté la razón a sus primos que estaban en el mismo grupo. Me dijeron que estaba enfermo. ¿De qué? No sabían. Luego supe que lo internaron. Cuando salió lo fui a visitar en su casa junto con varios de sus compañeros. Platicamos algo. Él recostado en una hamaca. Una de sus tías nos invitó agua de naranja, fresca. La mirada de Isaías era al vacío. Fue unos días más a clases. Luego lo volvieron a internar. Y una mañana llegaron compungidos sus primos para decirme que había fallecido. Y que los apoyara para sacar su cadáver del hospital. Era 1996. Roberto Madrazo, como gobernador, estaba en su fama publicitaria. Había mandado instalar monumentales anuncios donde falazmente aseguraba que Tabasco estaba en primer lugar en salud. Fui con ellos, hicimos el trámite en el Hospital Rovirosa. Conseguimos gratis el ataúd con el DIF y la ambulancia funeraria para trasladarlo a Pastal, a 20 minutos de Villahermosa.
    “Nos piden 200 pesos para la gasolina, no tenemos tak´ín. Préstanos. Te lo pagamos luego”, dijo uno de los primos. Yo no traía mucho, pero los 200 pesos sí. Los di sin esperanza de vuelta, en virtud de los gastos de ellos en el funeral, los rezos, la comida que se invita por acá a quienes llegan al velorio.  
    Isaías era el último de su familia muerto por tuberculosis, enfermedad de la pobreza. En un lapso de diez años habían fallecido su padre, madre y cinco hermanos. Él era el último. Y aún lo peor: a los ocho días exactos murió su tío de lo mismo.
    De colofón agrego. Los primos del finadito Isaías como al mes llegaron a la telesecundaria. ¿Y “ora”? Les pregunté sorprendido por la visita. Fueron a regresarme mi dinero. Yo no lo quería recibir. Me negaba. Y ellos no se fueron hasta que se los recibí. Se fueron agradecidos. Ufanos por el cumplir en su palabra de regresar el dinero.

Fidencio

Fidencio es un gran lector. Vivía en la ranchería Unión y Libertad, Macuspana, mejor conocida como El Martín. Pobre entre los pobres, era su familia. Miró atento y curioso mi llegada como nuevo maestro a su grupo de segundo grado de la telesecundaria Ignacio Aldama. Eran como 20 alumnos. El salón era un cerco gallinero, con piso de tierra a desnivel, pero polvo, donde por las tardes se revolcaban las gallinas. Tenía un pizarrón viejo dicho espacio. Y el seto era de unos palos como de medio metro de altura. De aquel lado se veía un campo verde donde las muchachas jugaban futbol.
    Fidencio me miraba absorto, atento siempre a mis palabras y movimiento. En su expediente de primer grado había calificaciones con casi puro diez. El viernes de la primera semana llevé veinte libros de literatura para que llevaran a su casa, en permanente promoción de la lectura libre, para crearles hábito. Uno a uno les fui presentando la portada de los libros, hablando del título y del contenido. “La lectura de estos y otros no les subirá puntos, ni quitaré puntos al que no lea”, les dije a manera de claridad en la actividad. “Aunque es obligatorio leer dos páginas, solamente”. Les indiqué. “Si el autor fue hábil, seguirán leyendo por gusto, y si no, me lo regresan el lunes temprano, y podrán llevarse otro”, les propuse. Sentencié que la lectura libre no debe ser mediante actividades a la fuerza, ni promovida de manera burocrática.
    Fidencio escogió El Perfume, novela del Patrick Suskind, con aproximadamente -en esa edición- de 300 páginas. El lunes por la mañana al terminar el pase de lista les dije: “los que quieran regresar los libros pasen al escritorio” (era una mesita sencilla, muy útil, de las que venden los comerciantes poblanos). Entre los primeros para regresar el libro fue Fidencio.
    Habían pasado solamente dos días de que lo llevaron. De viernes al mediodía al lunes en la mañana. “No te gustó”, le pregunté resignado. “Al contrario, ya la leí toda”, me respondió ufano. No le creí. Me dije: otro de los muchos que quieren engañar a su maestro. “A ver dime de qué trata”, cuestioné. Y Fidencio Ramos Díaz, humilde entre los humildes me empezó a platicar de la novela. Y al paso de los días siguió leyendo. Mucho. Andaba sonriente por todos lados. Empezó a practicar oratoria donde obtuvo varios triunfos. En el receso bajo la sombra de un naranjo, al fondo del terreno, hacía ademanes, decía el discurso, emotivo, vivaz, claro y fuerte. Dos días antes de un evento estatal lo puse a practicar en el parque Juárez de Villahermosa. Cuando llegó el día del concurso andaba descalzo. Pero estaba seguro. “Ora tú Fidencio, ¿y los zapatos?” “Están rotos, no tengo. Y no iba a concursar así, mejor descalzo, como adrede”, me dijo el muy pillo. Minutos antes del inicio del concurso, en el CICOM, llegó su padre, orgulloso, con zapatos nuevos para su hijo. Esa vez en el concurso estatal de telesecundaria Fidencio Ramos obtuvo el segundo lugar estatal.
    Ahora es ingeniero. Una vez me lo encontré en el centro de la ciudad, nos saludamos. “Yo salí a estudiar a Villahermosa por el gusto de las lecturas literarias que usted me inculcó”, me dijo. Y agregó: “estudié y trabajé durante mis años de preparatoria y de carrera. Gracias, profe”. De qué, de nada, le respondí, despidiéndome.

Silvia (o Martha)

A la distancia la memoria falla. No tengo su nombre. Me parece que ella se llamaba Silvia o Martha. En todo caso era una niña pequeña, delgadita, morena. Muy platicadora. Yo atendía primer grado en la escuela primaria Josefa Alfaro viuda de Mijares, en la ranchería Plátano y Cacao, Centro. Y ella formaba parte del grupo como de veinticinco alumnos. Todos de familias humildes, como la mayoría en las rancherías. Por ese tiempo se alcanzaba a sentir cierto olor a gas a causa de fugas en las tuberías de PEMEX. Recordemos que años después, en 1995, explotaron varios ductos por ese rumbo, generando desolación y muerte.
    El caso es que hablamos de Silvia o Martha. Siempre me saludaba de mañanita, a la entrada. Y a la hora del recreo me llevaba algo de su casa: una empanadita, una carambola, un chicozapote. Fue de las primeras que empezaron a leer y a escribir. Andaba siempre contenta. Un día se le quedó viendo a una curita adhesiva que yo me ponía en el dedo índice de la mano derecha que me cubría una verruga. Esa protuberancia me causaba pena y vergüenza porque en el saludo todos se daban cuenta de ella, como si me antecediera. Y ella (Silvia o Martha) me pregunta: “¿se cortó, maestro?”. “No”, le respondí. “¿Entonces?” “Sucede, preguntona, que tengo una verruga”, le confié sonriente. “¿Y por qué no se la quita?”. Consideré que sus preguntas eran ingenuas, como sin querer, como sin saber. “¿Y cómo?”, inquirí. “Es muy fácil. Hay una planta que tiene una lechita en sus tallos. Mañana le traigo y en un dos por tres, se le quita. Como en unos tres días, para ser exactos”, me informó.
    Y en efecto. Al día siguiente en la mañana llegó con sus tallos en una bolsita de yute. Y me explicó cómo aplicarme el remedio. Así lo hice por tres días. Y santo remedio. Desapareció la vergonzante verruga.

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