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La Verdad del Sureste

“EL ARCA”

VIVIMOS UN HIPERPRESIDENCIALISMO


La raza de bronce
La raza de bronce

El poder político en México se soporta históricamente en la  figura del Presidente de la República. Ningún otro poder puede ni debe orbitar sobre esa “divinidad” terrenal. En el ejercicio del poder, el Presidente manda y si se equivoca vuelve a mandar.  El mexicano en su cultura de la concentración del poder así lo asimila.
    El poder presidencial a través de la historia ha asumido diversas  personalidades y  rostros  que lo caracterizan y definen: Han habido gobiernos extremosamente paternalistas; autoritarios y represivos; benévolos y tolerantes; belicosos e irascibles. Esto es porque quienes gobiernan y ejercen el poder  son hombres que  no permiten  que otro poder esté por encima de ellos o rivalice la figura Presidencial. Vivimos y padecemos un hiperpresidencialismo, porque es omnipresente, unipersonal  y omnímodo, adjudicándose propiedades divinas propias del Dios de los cielos.
    Por eso nuestros ancestros, al igual que las viejas civilizaciones del mundo, creían que sus gobernantes eran representantes de los dioses.   
     Decía Lázaro Cárdenas que “En el gobierno una sola fuerza política debe sobresalir: La del presidente de la República, que debe ser el único  representante de los sentimientos del pueblo”.  En contrapeso, más tarde, José Revueltas aseguró  que “… el límite de la comprensión entre el Estado y la sociedad en México está definido por la solvencia de la voluntad presidencial”.
    Echemos una breve ojeada a la historia: Al romperse el vínculo  imperial con España, las corrientes de pensamiento del siglo XIX  se centraron en dos concepciones de país: Centralistas-Conservadores y Federalistas-Liberales. Aunque la tarea primordial de esas dinámicas  fue unir al territorio nacional, en el fondo  lucharon por  el ejercicio del poder. Benito Juárez y Porfirio Díaz sientan la base del modelo de poder.
    Juárez realiza los actos fundamentales de una nación soportada en lo más avanzado del liberalismo de entonces, como fueron la determinación del establecimiento de la educación laica, de un gobierno federalista construido por entidades soberanas, por un esfuerzo reformista en todos los órdenes para integrar a la representación nacional  en una estructura de poderes y en una visión comprometida con los preceptos de libertad y democracia. Porfirio Díaz con su lema “Menos política y más administración”, se afianza en las fuerzas económicas  internacionales y locales, dando marcha atrás a las leyes de Reforma  restituye el poder eclesial al igual que prevaleció durante el coloniaje. Basado en la represión y  pérdida de libertades se tejieron las redes de comunicación y con el apoyo de la inversión extranjera se establecieron las industrias.
    La Revolución hizo patente el enfrentamiento de esos dos modelos y en 1939 Plutarco Elías Calles encuentra desde la cima del poder la forma de  conciliar las fuerzas políticas, negociando, corrompiendo y reprimiendo los liderazgos con el propósito de perpetuar su poder tras el trono, imponiendo a los sucesores en la presidencia de la República, articulando y repartiendo los espacios políticos en el país. Evidentemente, Calles impuso a los presidentes Abelardo Rodríguez, Pascual Ortiz Rubio y Lázaro Cárdenas, hasta que éste rompe con él dueño del poder y sin divorciarse del liberalismo orienta su gobierno hacia el socialismo, corriente que solo duró 6 años pues su sucesor, Manuel Ávila Camacho, da marcha atrás en ese modelo conceptuado por el cardenismo. Así, el presidencialismo mexicano que se crea  y consolida en el período 1857-1940, continua sobreviviendo hasta nuestros días.

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