BAJA PRODUCTIVIDAD EN LA AGRICULTURA MEXICANA
Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics,
miembro del Sistema Nacional de Investigadores,
Profesor-Investigador en la División de Ciencias Económico-Administrativas de la Universidad Autónoma de Chapingo
Entre 2006 y 2011 los precios internacionales de varios productos agrícolas, sobre todo cereales, aumentaron significativamente, debido, en parte, a sequías en varias regiones productoras. Hoy los precios están bajando: entre mediados de 2011 y el segundo trimestre de 2013, la tonelada de azúcar estándar bajó 40 por ciento; han bajado también el maíz blanco y el sorgo (Banco Mundial). Esto afecta a los precios pagados a nuestros productores, y les ha llevado a exigir que el gobierno salga a comprar cosechas “a precios justos”, subsidiados, toda vez que los que reciben por ellas no permiten, sobre todo a los más débiles, recuperar siquiera sus costos. Sin embargo, más allá de la justificación social del reclamo es preciso plantear el problema integralmente, pues la propuesta se limita a medidas inmediatas, sin sustento en un diagnóstico económico que identifique las causas del problema y del cual se deriven propuestas que den solución de raíz.
La baja mundial de precios responde a un fuerte aumento de la producción reciente; y se esperan mayores cosechas en el mundo en los próximos ciclos agrícolas. En México, la producción de maíz podría aumentar en casi un millón de toneladas respecto al promedio de años recientes. Globalmente, “… es probable que la producción de maíz en Estados Unidos de América, el mayor productor en el mundo, supere los niveles anteriores a la sequía con la recuperación de los rendimientos y los primeros indicios de que será la mayor superficie cultivada de maíz prevista desde 1936” (OCDE-FAO, Perspectivas Agrícolas 2013-2022); y la bolsa de Chicago ha registrado esta expectativa con una tendencia a la baja en el precio del grano. A nivel mundial, la FAO estima que la producción de granos en el ciclo 2013-2014 aumentará en un 7 por ciento. Según la OCDE: “Para 2013 se espera que la producción mundial de trigo registre la segunda cosecha más grande después de la de 2011”; principalmente aumentará en Rusia, Kazajstán y Ucrania (Ibíd., pág. 130). Respecto al azúcar: “Los precios mundiales han continuado con una tendencia a la baja en los últimos 12 meses…, ya que los mercados se ajustan a un tercer año consecutivo de un excedente mundial de azúcar”; aquí influyen las mejores cosechas de Brasil, el mayor productor; como consecuencia, los precios mundiales del azúcar sin refinar han caído 26% en el último año (Ibíd., pág. 162). Como es comprensible, muchos agroindustriales encuentran más ventajoso importar materias primas que comprarlas en México.
Esta tendencia global de aumento en la producción y caída de los precios se combina con la apertura indiscriminada de nuestra economía, privada de mecanismos de amortiguación efectivos en sectores tan sensibles como los alimentos, lo que nos ha dejado totalmente expuestos a perturbaciones externas.
Por eso no es de extrañar que la caída mundial en algunos precios derive en un aumento en las importaciones de maíz, fuente hoy de la tercera parte de nuestro consumo: importamos cuatro veces más que hace una década. En el último lustro, la superficie cultivada de arroz cayó en un tercio (Inegi, Encuesta Nacional Agropecuaria 2012), la producción se contrajo en 40 por ciento y las importaciones alcanzan el 77 por ciento del consumo nacional (Secretaría de Economía). Pero la caída en los precios mundiales que afecta más a nuestros pequeños productores no se ha traducido en un abaratamiento de los alimentos (salvo alguno, y muy marginalmente), por la cadena de intermediación y los monopolios, cuyo poder de mercado les permite mantener los precios altos; así, a los consumidores, sobre todo de escasos recursos, les va mal cuando suben y cuando bajan los precios internacionales, hecho que cuestiona la teoría de que en una economía abierta, precios más bajos en países más productivos vendrían a abaratar los alimentos y a elevar el ingreso y bienestar de la población.
El problema se manifiesta en la esfera de la circulación, en el mercado, pero su raíz más profunda está en debilidades estructurales, que hacen de la nuestra, sobre todo en alimentos básicos, una agricultura de baja productividad (salvo en regiones muy localizadas) y poco competitiva. Veamos alguna evidencia. Hace seis años, nuestros costos promedio de producción de maíz por hectárea (en los ocho principales estados productores) fueron superiores a los de Estados Unidos en alrededor de 1.5 veces, y en 2012, en trigo fueron 1.6 veces mayores en México (FIRA); en sorgo, en estados productores del norte, 1.5 veces superiores (SIAP y USDA) y en arroz, 1.5 veces más. Esta desventaja se asocia con una extrema fragmentación agraria; por ejemplo, existen 3.2 millones de productores de maíz, y 92 por ciento de ellos producen el 56 por ciento del grano, pero en superficies de menos de cinco hectáreas; el rendimiento en este rango es a lo sumo de 1.8 toneladas por hectárea (contra más de diez en promedio en EE.UU.). En tales condiciones es imposible la absorción de tecnología de punta, adquirir créditos en buenas condiciones ni aprovechar productivamente el financiamiento, llevar una administración moderna, o, en fin, trasladar las cosechas hacia mejores mercados o esperar la recuperación de precios abatidos en temporada de oferta alta; los pequeños productores deben vender de inmediato y en el lugar.
En fin, de esa estructura productiva derivan los altos precios y el exagerado valor de las cosechas, producto de un excesivo tiempo de trabajo necesario para producirlas.
Mientras esta situación subsista, el simple aumento del gasto público en la agricultura será insuficiente y de muy bajo impacto productivo. La solución de raíz es elevar la productividad, y, ciertamente, ordenar mejor los mercados para proteger el consumo nacional y ayudar a quienes con su trabajo producen nuestros alimentos. Además de superar la escala en la producción, debe ajustarse el patrón de cultivos de acuerdo con nuestras condiciones geográficas; dirigir estratégicamente los subsidios a la construcción de infraestructura productiva, de transporte y almacenamiento; impulsar la investigación científica y tecnológica y mejorar la educación en el sector rural, entre otras. Urge reorganizar nuestra agricultura, so pena de que la apertura comercial siga dañando a los productores, deprimiendo este importantísimo sector económico y poniendo en peligro la soberanía alimentaria.