LA BARRENA

Recordemos las luchas de Independencia y Revolución de México Tras doscientos años de depredación al país, las luchas deben continuar

El pueblo de México y los pueblos del mundo, han ido abriendo caminos, construyendo vías para la Revolución que son muchas y todas tienen validez.
La clase dominante pretende minimizar las grandes fechas de nuestra historia, la del centenario de la Revolución de 1910, la del bicentenario del Grito de Dolores, y los 150 años de la Reforma juarista, ni siquiera lo menciona. No son fiestas lo que tenemos enfrente, no son celebraciones de lujo y sin contenido, como lo pretende la clase dominante; ya antes el dictador Porfirio Díaz quiso hacer un engaño igual, al celebrar con bombo y platillo el centenario de la Independencia, y entonces ¡le estalló la Revolución!

    Lo que hoy tenemos enfrente, la clase obrera y el pueblo es otra cosa, una lucha revolucionaria doblemente centenaria que todavía no concluye y que debemos retomar hoy.

    Contra la maniobra de la burguesía entreguista, renovemos nuestra memoria histórica:

    1810. Hace doscientos años estallaron las luchas por la independencia en México y toda la hoy América Latina; no tuvieron cómo única causa el anhelo de liberación política; las injusticias sociales intolerables y el mal gobierno las hicieron detonar. También y sobre todo las causó el hecho de que las fuerzas productivas habían entrado en contradicción con las relaciones de producción, esclavistas y predominantemente feudales.

    Por eso, la de 1810, en México, con Hidalgo y Morelos como grandes conductores, fue una Revolución de Independencia y al mismo tiempo una Guerra de Clases, contra la clase dominante que imponía relaciones de tipo esclavista y feudal. Revolución que obtuvo la independencia formal con respecto de España, pero no logró destruir esos viejos modos de producción y forjar otro más avanzado; quedó pendiente ese otro aspecto.

    Fue el primer tiempo de una misma grandiosa sinfonía revolucionaria, que es el proceso histórico de liberación nacional que hoy todavía no concluye, está vivo y exige que le demos continuidad.

    En aquel momento histórico, la no solución de sus causas principales hizo que la revolución estallara otra vez y de inmediato, y tomara la forma de una lucha dura, implacable, entre los liberales y los conservadores, que en su esencia seguía siendo una revolución antifeudal y contra el modo esclavista de producción, puesto que la esclavitud, abolida por el decreto revolucionario de Hidalgo, sobrevivió sin embargo por largo tiempo como modo de producción. Y agregó entonces el rasgo de anticlerical, al percatarse que el Clero político y la Iglesia, vista como institución y empresa, eran la fuerza fundamental que sustentaba al viejo régimen, en lo económico y en lo político.

    1860. El segundo tiempo de la gran sinfonía culminó con la Reforma, que impidió al Clero seguir interviniendo en la vida pública y seguirse apropiando de tierras y bienes inmensos. Pero otra vez, si bien logró avances importantes, la revolución quedó trunca, sin alcanzar sus objetivos últimos.        

Porque al momento en que los liberales de Juárez triunfaban, Inglaterra, Alemania, Francia y Estados Unidos, entre otros países en los que el capitalismo se desarrolló de manera temprana, llegaban al punto en que saturaban sus mercados internos e iniciaban la fase de exportación de capitales, como resultado de las leyes objetivas que rigen ese sistema.

    Empezaron entonces a comprar minas y yacimientos petroleros, a tender redes de telégrafos, a construir ferrocarriles y a adquirir todo lo que fuera lucrativo. Y así fue como llegó el capitalismo a México, desde fuera, tardíamente respecto a otros países como los citados, y deformado, pues no fue producto del desarrollo interno.

    De este modo “pasaron los pueblos latinoamericanos, en un lapso breve, de su condición de colonias de España y Portugal, a semicolonias del imperialismo internacional”.

    Las inversiones extranjeras provenientes de Europa y de los Estados Unidos de Norteamérica intervinieron en la vida doméstica de las naciones iberoamericanas, acercándose en la mayoría de ellas a las formas antiguas de producción con supervivencias semifeudales y deformando su natural desarrollo histórico.

    Como resultado, las injusticias sociales se agudizaron de nueva cuenta, golpeando con dureza a las capas populares de la población.

    ¡Abajo el mal gobierno! volvió a ser el grito, primero de los Insurgentes con Hidalgo y Morelos, luego de los liberales, con Benito Juárez, y en su momento, de los revolucionarios de hace un siglo, con Flores Magón, Villa y Zapata.

    1910. Vino así el tercer tiempo de la gran sinfonía revolucionaria del pueblo de México, a partir de 1910, todavía antifeudal y democrático-burgués, pero con un nuevo rasgo característico: en esta fase pasó a ser sobre todo antiimperialista, pues lo que impidió que México alcanzara los fines de la Revolución, luego de las Leyes de Reforma, fue la irrupción de capitales extranjeros provenientes de Estados Unidos e Inglaterra principalmente; ya era la etapa del imperialismo, en la que el mundo sigue inmerso.

    La Revolución de 1910 tuvo varios rasgos a la vez: fue una revolución democrático burguesa, es decir, antifeudal, como venía siendo desde 1810; antiesclavista en alguna medida todavía; y fue por primera vez una revolución antiimperialista o de liberación nacional, la primera desde el punto de vista cronológico, que tuvo ese carácter en el mundo, que se propuso alcanzar nuestra independencia económica y también nuestra plena independencia política, que no se tiene sin aquélla.

    Al triunfar, plasmó los anhelos de la clase obrera y el campesinado en el articulado de la nueva Constitución, la de 1917, la más avanzada del mundo capitalista.  
                  Pero estos logros, muchos de ellos quedaron sólo en el marco jurídico, sin convertirse en realidades tangibles, porque la oligarquía terrateniente de antaño y la nueva burguesía proimperialista que fue surgiendo, con el apoyo del imperialismo, al que sirven, pudieron empantanar las conquistas del pueblo, y más tarde, a partir de 1982 con la llegada de los neoliberales, echarlas atrás.

    Ésta ha sido nuestra historia, una larga lucha, todavía inconclusa, entre el pueblo y sus explotadores, entre revolución y contrarrevolución.

    En cada etapa ha habido avances valiosos; no todo lo ha conseguido el pueblo, sin embargo; la batalla definitiva está pendiente todavía, se acerca el momento de librarla.
    2010. “Necesitamos una nueva Revolución”, esta revolución será la cuarta etapa de la Revolución ininterrumpida de nuestra historia, después de las etapas de la Independencia, de la Reforma y de la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz.

    En ésta, lo probable es que no tome la forma de una insurrección armada, y hoy los hechos lo siguen confirmando; no existen las condiciones para que una con esa modalidad emerja triunfante, como sí las hubo en 1810, en 1860 y en 1910; por fortuna no es la única forma de hacer una revolución y llevarla a la victoria, el pueblo de México, los pueblos del mundo, han ido abriendo caminos, construyendo vías para la Revolución que son muchas y todas tienen validez; ésta será seguramente, una revolución caracterizada por grandes movimientos de masas, vigorosos, resueltos y entusiastas, capaces de detener y revertir la brutal ofensiva contrarrevolucionaria que se ha dado durante los ya casi treinta años de neoliberalismo, con Salinas, Zedillo, Fox y Calderón como cabezas visibles, que destruyó muchos de los logros y que hacen mucho más vigente el llamado a la cuarta etapa.
PPSM
    
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