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La Verdad del Sureste

La barrera moral contra la “dictablanda”


A un político gobernante, en lo individual, se le reprocha que al asumir el poder olvide a sus amigos; a un pueblo en su devenir histórico, en lo colectivo, que confunda como amigos a quienes verdaderamente son sus enemigos. Lo peor que puede hacer aquel, es olvidar quiénes son sus enemigos; de este, que se acostumbre plácidamente a vivir bajo la coyunda de sus verdugos.

    Somos más de 2 millones 200 mil tabasqueños; casi un millón 400 mil somos tabasqueños mayores de edad. El común del pueblo de Tabasco no ha dimensionado en su exacto peso una decisión, trascendental, del gobernador Arturo Núñez Jiménez: perseguir y encarcelar a la jauría de exfuncionarios corruptos del sexenio pasado comenzando por el extitular del Poder Ejecutivo.
    Esa no fue una decisión caprichosa; es una decisión de un gobernante serio, respetable, responsable que optó por castigar, legalmente, a quien y quienes le hicieron un grande y profundo daño a Tabasco y a los tabasqueños. ¡Qué lástima - decía Jesús Reyes Heroles-, que ya no se estile en la política el mandar a fusilar a los traidores!
    Más allá del anécdota de ver en la cárcel a los sujetos de “cuyo nombre no quiero ni acordarme –y menos escribir-“, que pusieron de hinojos a la población tabasqueña y culminaron la labor depredadora y degradante iniciada hace más de 70 años por una casta depravada aglomerada en un partido político; más allá del morbo que nos pueda atraer de creer que con la prisión de estos sujetos de pésima ralea se está vengando al pueblo de Tabasco; más allá de ello, lo cierto es que, por primera vez se puso coto, valladar o barrera a la que amenazaba y parecía ser una carrera interminable de gobiernos de ladrones, pandilleros y gavilleros perdonándose unos a otros.
    La gran lección histórica que deja la decisión del gobernante es: nunca más un régimen de peculadores y desfalcadores, nunca más un gobierno de descarados y desvergonzados ladrones. Pueden tener la certeza los sobrevivientes de la dictablanda tricolor de que, si en alguna ocasión retoman el gobierno: los tabasqueños no les permitiremos que, en sucesión, uno tras otro le perdone sus satrapías a su antecesor: Andrés Rafael a Manuel; Manuel a Roberto; Roberto a Manuel; Manuel a Salvador y así hasta el día en que impusieron la dictablanda.
    Para usar un parámetro, guardando las dimensiones: esa decisión del Gobernador Núñez Jiménez es similar a la que el actual Sumo Pontífice de la iglesia católica ha tomado de destituir a más de 400 sacerdotes pederastas y violadores de niños y ponerlos a disposición de las autoridades civiles para que los encarcelen por sus delitos de lesa humanidad; allí tampoco hay morbo, ni venganza sino una decisión de justicia, con fundamento esencialmente ético.
    Lo verdaderamente asombroso es que durante esas décadas de dictablanda los tabasqueños no hubiesen tomado conciencia de quien y quienes eran -y son- realmente sus enemigos y verdugos. Así como de asombroso es que a la fecha no hayan tomado conciencia de lo trascendentalmente histórico que es la decisión de perseguir y encarcelar a los exfuncionarios corruptos. La función pública, la política no se entiende ni es ciencia noble si no tiene un alto componente ético.
    En Agosto de 1990, cuando ya cumplía más de 50 años el sistema político impuesto en el país, oí estas frases: «México es la dictadura camuflada ... Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido. Y de un partido que es inamovible», “un mejor término a usar para calificar al sistema que ha impuesto el tricolor sería el de «dictablanda». Y el pueblo de México no era consciente de que vivía en una dictadura camuflada –que ahora se reedita-; hacía como “que la virgen le hablaba” cuando se le informaba que vivía en un régimen de dictablanda. Pues así, el pueblo de Tabasco no ha dimensionado lo trascendental de la decisión del gobernante Núñez Jiménez de encarcelar a los corruptos.
    Para concluir, hagamos hincapié en un punto que la ciudadanía tabasqueña no valora por su natural deseo de que las mejoras a su bienestar se den de inmediato.
    Obsérvese: es un pronunciado despropósito el pretender que en dos o tres años se pueda corregir o componer lo que durante 74 años fue destruido, demolido, hecho añicos, por administraciones gubernamentales irresponsables, negligentes, sumidas en corruptelas desde medianas hasta gigantes y a las que sólo les interesaba acceder al gobierno para usarlo como botín y fuente de financiamiento de sus particularísimos intereses.
    El priato comenzó a apoderarse del gobierno en Tabasco desde 1939, al igual que en el Estado de México y otros Estados. Durante 74 años, con ahínco y con afán, la cúpula en el gobierno prominentes priistas, demolió, cotidianamente, con una o dos excepciones, la estructura de desarrollo, bienestar y cultura de la entidad. En dos años no se puede componer lo que se tardaron más de 74 años en destruir.
    En dos años, no se puede resolver, ni medianamente paliar el daño que durante 74 años le hicieron los gobiernos priistas a Tabasco y a los tabasqueños, y hay que decirlo y gritarlo: daño profundo perpetrado con la complacencia y indolente contemplación de los habitantes del Estado. Lo que derruiste en 74 años, no lo puedes reconstruir en dos: más bien, construye sobre otros cimientos y toma otros derroteros: es falso que todo pasado fue mejor. Piensa que todo pasado será mejor si tú no construyes y te comprometes con un futuro mejor.
    Quien se queja hoy de su situación cuesta abajo pero antier y ayer no protestó y aceptó todo -hasta la desvergüenza-: o fue cómplice de tal demolición o vivió sexenios en la indolencia y el desgano.
    Quienes hoy están bien o mejor que ayer, pero que ayer y antier estuvieron peor, se diferencian con los que hoy están menos bien pero que ayer y antier estuvieron bien, en que, quienes hoy están bien nunca fueron cómplices del saqueo y ni de la demolición perpetrada al Estado. Ni lo serán hoy ni mañana.
    
 

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