Breve repaso a la historia de Tabasco/VII
Tabasco en la época porfiriana
El general Porfirio Díaz había sido uno de los militares más destacados en la guerra contra los intervencionistas franceses, lo que le generó un amplio número de simpatías entre los sectores del ejército.
Esa fue la base para que Díaz se convirtiera en 1876 en uno de los dirigentes de la Revolución de Tuxtepec para luchar contra la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada. Unos los principios de ese movimiento prometía “que ningún mexicano se perpetúe en el poder y esta será la última revolución”.
El movimiento de Tuxtepec resultó victorioso y Díaz entró en la capital del país el 24 de noviembre de 1876. Ese día asumió el poder hasta el 6 de diciembre de ese año. Luego lo volvió a asumir del 5 de mayo de 1877 hasta el 30 de noviembre de 1880. Se separó cuatro años, aunque siguió mandando, y regresó a la presidencia en 1884, se reeligió seis veces y forzado por la revolución maderista, dejó el poder en 1910.
En Tabasco, meses después de la expulsión de las tropas francesas de la capital, Gregorio Méndez Magaña asumió el 4 de octubre de 1864 la gubernatura del estado, y a la vez continuó como comandante militar. Durante su mandato, logró sacar definitivamente del estado a los invasores en 1866, luego de que éstos se habían refugiado en Jonuta.
Méndez entregó la gubernatura el 6 de junio de 1867 a Felipe de Jesús Serra, quien años antes había cubierto un interinato en el periodo de Victorino Dueñas. El héroe tabasqueño se entrevistó después con Benito Juárez en la capital del país, y ahí le entregó las banderas francesas que le habían arrebatado aquí al enemigo. Es ahí cuando Juárez otorgó a Méndez el grado de coronel del Ejercito Nacional.
Tras una serie de cambios de mando, como se acostumbraba en la época, el 1 de enero de 1876 asumió Santiago Cruces Zentella, quien presionado por los porfiristas que ya empezaban a revelarse dejó el cargo el 8 de mayo a Pedro Carrillo, que el 17 de ese mes lo entregó a Oliver Berinstain, que gobernó desde Frontera (en San Juan Bautista no había condiciones) hasta el 8 de junio.
Ese día, cuando ya la paz pública estaba perturbada en el estado debido a las insurrecciones de los que apoyaban a Díaz, en una de sus últimas decisiones como presidente, Lerdo de Tejada nombró como gobernador de Tabasco a Pedro Baranda, quien dejó el cargo el 21 de diciembre, cuando ya el futuro dictador había entrado triunfante a la capital del país y tomado el poder.
Díaz destituyó a Baranda y nombró ese día a Carlos Borda, quien pronunció la adhesión de Tabasco al Plan de Tuxtepec y el 24 de diciembre entregó el mando a Jesús Ramírez Calzada, que ocupó la gubernatura hasta el 31 de mayo de 1877.
Ramírez Calzada había sido designado por Díaz para que convocara a elecciones, en las que salió triunfador Simón Sarlat Nova, que inició su periodo el 1 de junio de 1877 y permaneció como gobernador hasta el 30 de septiembre de 1879, en que viajó a la Ciudad de México y dejó como interino a José Francisco de Lanz y Rolderat.
Sarlat Nova reasumió el 30 de noviembre de 1879 y se separó del cargo el 30 de mayo de 1880 por motivos de salud.
Durante su periodo, en 1879, fue inaugurado el Instituto Juárez, cuyo primer director fue el ilustre escritor, periodista, abogado y político cunduacanense Manuel Sánchez Mármol, quien durante la invasión francesa había defendido y promovido la rebelión a favor de la causa nacional en su periódico El Águila Azteca.
Los recursos para el instituto habían sido gestionados desde años antes por Victorino Dueñas ante el presidente Juárez, quien autorizó 52 mil pesos, producto de los bienes eclesiásticos nacionalizados, para ese centro de enseñanza.
Entre 1880 y marzo de 1887 se sucedieron dieciocho cambios de gobierno.
Hasta don Policarpo “Polo” Valenzuela, millonario terrateniente, explotador de maderas, comerciante y dueño de una flota naviera para el intercambio comercial marítimo gobernó Tabasco tres días, del 21 al 23 de marzo de 1887. En su libro autobiográfico Un niño en la Revolución Mexicana, Andrés Iduarte relata que sus hermanas le decían que don “Polo” tenía al diablo pintado en la espalda. La fantasía infantil quizá atribuía a eso la riqueza que llegó a ostentar.
Tras su breve interinato, Valenzuela entregó el mando a quien estaba destinado a ser el hombre fuerte del presidente Díaz en Tabasco; Abraham Bandala Patiño, veracruzano que tras interinatos, ocupó el cargo de gobernador constitucional el 1 de enero de 1895 al 31 de diciembre de 1910. En ese periodo se reeligió en 1899, 1903 y 1907.
Durante el Porfiriato, al estado no le fue mal en términos de producción. El problema seguía siendo la desigualdad y que muy pocas familias, muchas de ellas extranjeras, controlaban las principales actividades económicas, que eran la explotación y exportación de maderas, el transporte pluvial, el comercio, y luego la fabricación de aguardiente, tabaco, y la producción de plátano y otros productos para exportación.
Algunos más se dedicaban a la ganadería y a la exportación de cuero. En contraste, muchos otros sufrían las condiciones de ser mozos o esclavos en las haciendas.
Valenzuela, quien presumía de su amistad con Díaz, llegó a poseer durante diez años un contrato con el gobierno federal de Porfirio para explotar más de 247 mil hectáreas de maderas preciosas.
Junto con la Casa Bulnes, grupo empresarial de españoles, eran los concesionarios del transporte fluvial y controlaban el comercio regional e internacional.
Los Bulnes también controlaban la explotación de maderas preciosas en la zona del Usumacinta, así como las rutas de ferrocarril y carretas de tracción animal.
También destacaron en el negocio de las maderas preciosas las compañías Romano, Berreteaga, Jamet y Sastre, Schlindler y Gabucio, y los Troncoso y Silvetti, entre otras. Por los apellidos, no es difícil pensar que se trataba de familias extranjeras.
En una parte de su libro Breve Historia de Tabasco, Carlos Martínez Assad señala al respecto: “Fue tal la cantidad de maderas exportadas que solamente el monto de hule caucho vendido internacionalmente pasó de 459 kg en 1888 a 415 725 en 1910. Igualmente podría decirse respecto de los cueros de res vendidos en el extranjero, que tuvieron un incremento impresionante, de 7 416 unidades en 1890 a 756 816 en 1910. El ganado vacuno mostró sin lugar a dudas un fuerte incremento, aunque este no corresponde con los índices de exportación de cueros, porque las cabezas de ese tipo de ganado pasaron apenas de 2 232 a 9 970 entre 1890 y 1910”.
“Al parecer, la actividad económica de Tabasco se encontraba en un buen momento entre los siglos XIX y XX. Las industrias extractivas, incluyendo cortes de palo de tinte, maderas precisas y monterías registraban un capital de 93 850 pesos; y las manufacturas, donde destacaban alambiques, panaderías, carpinterías y cigarreras, tenían un capital de 56 241 pesos”.
“Junto al trapiche apareció el alambique, y don Polo fue de los principales productores de aguardiente, entre los cuales se encontraban también los Berreteaga, los Jamet y los Ponz. Los españoles impulsaron tanto la elaboración de ron como la fabricación de puros, y para 1885 existían dos cigarreras en San Juan Bautista, y aumentaron a catorce en el estado al finalizar el siglo. Dicha actividad auspició la apertura de dos bancos, el Nacional de México y el de Tabasco”.
Añade: “Los habitantes de San Juan Bautista podían además comprar en las tiendas más grandes, como la “Berreteaga”, donde se vendía desde un puro habanero hasta tela para los atuendos de hombres y mujeres; “El botín de oro”, donde se podían adquirir también zapatos; y la “Casa Pizá”, que sobrevivió hasta muchos años después. También existían las casas comerciales de Benito y Cía, Romano y Cía, Bulnes y Cía, Ripoll y Cía, José María Graham Ponz y Juan Ferrer, entre las más importantes”. Hasta aquí la cita del libro mencionado.
A pesar del éxito económico de algunas familias, al igual que en el resto del país, en Tabasco las desigualdades eran notorias, a lo que se sumaba la falta de democracia.
Además, en los inicios del siglo XX el gobierno comenzó a aplicar un plan de aumento a las contribuciones (alza de impuestos), mientras las carreteras del estado permanecían destrozadas y en el abandono, en perjuicio de los campesinos que tenían dificultades para mover sus productos, como se lo hicieron saber al presidente Díaz los periodistas tabasqueños Lorenzo Casanova, Andrés Calcáneo y Manuel Mestre en un artículo que difundieron en La Revista de Tabasco.
Esto, más la explotación que sufrían los campesinos y peones en las haciendas, muchos de ellos indígenas, derivó en que algunos grupos de intelectuales y revolucionarios comenzaran a organizarse para iniciar la batalla contra Díaz y Bandala.