LA CAÍDA EN LOS PRECIOS DE LAS COSECHAS
Desde principios de los ochenta viene registrándose una tendencia a la baja en los precios internacionales de los granos y otros productos agrícolas de consumo básico, que impacta en los precios domésticos, ciertamente, con algunos períodos coyunturales de alza. Durante las últimas tres décadas, el precio del arroz cayó en 54.1 por ciento, el del maíz, en 50 (en estos días, la tonelada alcanzó un mínimo de 2,100 pesos), el del sorgo en 25.8, y el del trigo en 31.4; en otros cultivos, el de la soya se redujo en 42.6. Esto daña a los productores, sobre todo a los pequeños, sin mecanismos ni capital para protegerse. Digamos de paso que, según el sentido común, si los precios de las cosechas bajan, igual debiera ocurrir con los precios de los alimentos al consumidor, pero, contrariamente, éstos aumentan, debido al control de los monopolios sobre el mercado de alimentos, gracias a su capacidad de fijar precios, desde los insumos, el procesamiento agroindustrial y la venta al consumidor. Agréguese a esta calamidad la larga y voraz cadena de intermediarios, cuyos márgenes de intermediación son de escándalo. Pero sigamos con nuestro tema.
Vistas las cosas en su superficie, los precios internacionales repercuten directamente en los nacionales debido a que nuestra economía se ha abierto indiscriminadamente, tornándose más vulnerable a las variaciones externas. Pero ése es sólo el mecanismo mediante el cual se manifiestan problemas estructurales que no se resolverían ni aun cerrando la economía. El problema de raíz es que en el mundo se viene registrando un aumento sostenido en la oferta de granos y otros productos agrícolas, debido no sólo a buenos temporales, sino principalmente a rendimientos cada vez más altos generados por un continuo avance tecnológico de los países desarrollados. El año pasado, se registraron cosechas extraordinarias de cereales, muy superiores a la demanda global. La superficie sembrada de maíz en Estados Unidos (primer productor mundial y país que determina los precios internacionales), alcanza niveles récord. A nivel mundial, en las últimas tres décadas, las cosechas de maíz aumentaron de 592 millones de toneladas a 868 millones, y las exportaciones, de 66 a 100 millones, respectivamente (USDA). En trigo, según la OCDE, la cosecha en 2013 fue histórica; Rusia aumentará sus exportaciones en casi 8 millones de toneladas, y sus reservas, en 17 millones. Entre 1996 y 2013, la cosecha mundial de trigo pasó de 581 millones de toneladas a 714 millones. En general, el año pasado las reservas mundiales de cereales aumentaron en 15 por ciento. En soya, el USDA prevé una nueva cosecha mundial récord para el próximo año. En azúcar van ya tres años consecutivos de excedente mundial, gracias a las buenas zafras de Brasil, con la consiguiente caída en los precios internacionales.
Este incremento, que de paso viene a sepultar entre toneladas de cereales las tesis maltusianas, sería muy bueno si el propósito de la producción fuera satisfacer las necesidades de alimentación de una población mundial creciente. Pero no ocurre así, porque en la economía de mercado los alimentos son simplemente un negocio, y, porque el capitalismo empobrece crecientemente a cada vez más personas, privándolas de la capacidad de comprar, incluso sus alimentos; como consecuencia, se saturan los mercados y la oferta supera a la demanda: 846 millones de personas en el mundo padecen hambre; en México, de una población de 112 millones en 2010, el Coneval calculaba en 21 millones el número en pobreza alimentaria, o sea uno de cada cinco mexicanos padece hambre; algunos especialistas estiman hoy la cifra en 27.4 millones.
Frente a esta avalancha de cosechas baratas provenientes de los países más tecnificados, nuestra estructura productiva no ha podido competir, y cada día retrocede más ante el empuje de los bajos precios, ello porque nuestra producción opera con costos muy altos. Por ejemplo, los costos promedio de producción de maíz en los ocho principales estados productores son 1.5 veces superiores a los de Estados Unidos, y en la misma situación están el sorgo, el arroz y el trigo. Altos costos obedecen a un rezago tecnológico que determina una baja productividad y más tiempo de trabajo destinado a la producción de cada tonelada. Todavía una cuarta parte de los productores utilizan tracción animal, y sólo 4 de cada diez emplean tractores, mientras en Estados Unidos éstos se utilizan en el 84 por ciento de las unidades productivas. Aquí sólo uno de cada cuatro emplea cosechadoras. A una estructura de costos más competitiva, y como refuerzo secundario, se suman por añadidura los subsidios de los gobiernos de Estados Unidos y Europa a sus productores, además de subvenciones a las exportaciones; pero la razón fundamental de su éxito es su mayor productividad. Aquí ha resultado difícil elevarla debido a la fragmentada estructura agraria en que opera nuestra agricultura: de los 3.2 millones de productores de maíz, que aportan el 56 por ciento de la producción del grano, 92 por ciento cultiva superficies inferiores a cinco hectáreas, con rendimientos promedio de 1.8 toneladas (en Estados Unidos el promedio supera las diez toneladas). En frijol, el rendimiento promedio es de 635 kilogramos por hectárea, contra 1.8 toneladas en Estados Unidos.
Costos más elevados se traducen en menor competitividad, aumento en las importaciones de alimentos y una amenaza para la soberanía alimentaria. En 2012, las importaciones de granos y oleaginosas aumentaron en 12.6 por ciento. Es alarmante nuestra dependencia del exterior: 95 por ciento en soya, 80 por ciento en arroz, 33 en maíz, 56 en trigo, 30 en frijol y 40 por ciento en carne de res (Manuel Villa Issa, investigador del Colegio de Posgraduados, 31 de marzo de 2013). Además, esto ha agravado el empobrecimiento de los productores (75 por ciento de los campesinos están en la pobreza), y ha determinado que éstos dependan crecientemente de actividades no agrícolas, el aumento de la emigración rural-urbana, del empleo informal y la delincuencia. Hoy los productores reclaman al gobierno garantizar precios de rescate, y Sagarpa ha anunciado que lo hará; lamentablemente, como siempre, ello beneficiará principalmente a los más ricos, y con recursos pagados por todos los mexicanos. Pero esos son sólo paliativos.