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La Verdad del Sureste

La canonización del pecado


 

 

 

Treinta y tres días después de haberse convertido en Obispo de Roma, el mundo conoció del fallecimiento de Albino Luciani, quien por tradición católica asumió el nombre de Juan Pablo I. “El Papa sonriente”, como algunos le llamaron en su breve pontificado, llenó de esperanza a una parte de los fieles católicos que lo veían como un posible continuador de las reformas iniciadas por Juan XXIII -“el Papa bueno”- a partir del Concilio Vaticano II convocado por él mismo a los pocos meses de su elección. Habían pasado muchos años -tantos que se pierden en el tiempoantes de que un jerarca de la Iglesia se atreviera a renovar la propia institución. Juan Pablo II llegó al asiento de Pedro como, digámoslo así, beneficiario de la muerte de Juan Pablo I.

 

Las causas de su defunción no fueron claras ni jamás hubieran sido convincentes. Hoy en día la duda persiste: ¿murió por causas naturales o hubo quien colaboró con las causas naturales? Juan Pablo II, quien no retomó la austeridad practicada por Juan XXIII, llegó al Vaticano con un ideario más político que ecuménico o teológico. Muy pronto emprendió su propia cruzada del brazo de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, los líderes mundiales del neoliberalismo. Reconozco que para un católico mexicano puede ser difícil aceptar que el Papa es un personaje que también obedece a intereses políticos y económicos, pero debemos recordar que por algo se estableció el principio de separación entre la Iglesia y el Estado en el Siglo XIX, hasta que Carlos Salinas reformó la Constitución en 1992 y con ello restableció las relaciones con el Vaticano, lo que en los hechos significó el regreso formal de la influencia política de la Iglesia.

 

Porque aunque la Iglesia Católica nunca dejó de ser un factor real de poder y educativo en nuestro país, por lo menos se guardaban las formas. Cuestionar a Juan Pablo II por sus preferencias políticas es algo de muy poca monta frente a la gravedad de otros hechos que se develaron a lo largo de su pontificado. Y lo que más agravia son los casos de abuso sexual en contra de menores por parte de miembros del clero. Para nosotros el más significativo es el de Marcial Maciel, fundador de los honorables ‘Legionarios de Cristo’, a quien las autoridades civiles y eclesiásticas protegieron prácticamente hasta el último día de su vida. Nunca fue cuestionado por un ministerio público ni pisó un juzgado a pesar de haber abusado, incluso, de uno de sus hijos de carne y sangre. Al más puro estilo salinista, quienes llevaron el proceso de canonización de Juan Pablo II ni vieron ni escucharon los múltiples reclamos de las organizaciones e individuos que pedían la suspensión de la canonización. Las muchas pruebas que documentan los miles de casos de abusos en todo el mundo se toparon con un muro infranqueable en el Vaticano. Los portavoces de la Santa Sede lo mismo argumentaron que “Juan Pablo II fue santo, no perfecto”, que decir que “no tuvo conocimiento de los abusos”. Pero la más ridícula defensa que escuché fue la de quien dijo algo así como que Juan Pablo II era tan puro que no entendía actos de tanta impureza. Una declaración sublime. Tal vez tomaron al pie de la letra una sentencia de “El evangelio según Jesucristo”, de José Saramago: “Dios no perdona los pecados que manda cometer”. Concluyo esta colaboración refiriéndome a un par de implicaciones de la labor periodística en el ejercicio de la libertad de expresión. Primero, la nota desagradable. Desde hace algunos meses existe una campaña sucia en contra de la periodista Carmen Aristegui, quien se ha significado por tener las puertas abiertas a la pluralidad dentro de los medios comerciales. En el capítulo más reciente, alguna fuerza maligna ha usado su nombre e imagen para confundir y confrontar a los simpatizantes de Morena en la Ciudad de México. Ahora, la nota agradable. Me place felicitar a La Verdad del Sureste en sus 23 años de servir a la sociedad como un periódico libre, ajeno a las consignas de los gobiernos y que, a pesar de las dificultades, tiene mucho futuro por delante. ¡Enhorabuena!  

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