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La Verdad del Sureste

Carta a una profesora


 

El título del presente es también el de un libro que recién acaba de publicar la secretaría de Educación en el estado. Carta a una profesora, alumnos de Barbiana (Villahermosa, 2013).  En el libro, los docentes encontrarán argumentos sólidos y sencillos de alumnos para explicarnos cuáles son las razones del bajo rendimiento escolar, en tanto, el trabajo escolar rutinario, se base en trabajar con los alumnos que “pueden”, en los que “destacan”, en los que se les hace “fácil”, y discrimina a quienes aprenden de manera lenta.
    Por eso, en el prólogo el autor afirma: “nosotros también notamos que con ellos (con los lentos para aprender) resulta difícil dar clases. A veces tenemos ganas de sacarlos de allí. Pero si los perdemos, la escuela no es una escuela. Es como un hospital que cura a los sanos y rechaza a los enfermos. Se convierte en un instrumento de diferenciación (social) cada vez más irremediable”.
    Desde allí los autores marcan la línea que se asume en el libro. Los alumnos de Barbiana se apoyan entre ellos, los más grandes se convierten, sin aspavientos,  en maestros de sus propios compañeros. Sobre todo aprenden a leer y a escribir en un ambiente eminentemente de solidaridad, de apoyo mutuo, de compañerismo. Barbiana es un caserío montañés ubicado a unos 45 kilómetros de Florencia. En este lugar el cura don Lorenzo Milani (1923-1967), dedicó toda su actividad a una pequeña escuela que montó en la misma parroquia. Desde allí su voz se oyó (y se oye todavía) en el mundo social, pedagógico y eclesial.
    Los alumnos de Barbiana aprenden conocimientos mientras construyen su pensamiento a través del diálogo permanente sobre lo que están aprendiendo. Lo hacen acompañados y guiados por sus compañeros mayores. Nadie es menos ni más. Se dan cuenta que los ritmos de aprendizaje son distintos. Y que lo que están dialogando siempre está relacionado con su vida diaria.
    En la escuela de Barbiana cada alumno es importante. Ellos van aprendiendo que forman parte de un grupo social específico, de una población con identificación de país, y de la humanidad en general. Y que todo está organizado de tal manera que el sistema educativo rechace a los alumnos en algún grado de su educación. Y siempre las escuelas públicas serán de segunda o tercera categoría para los hijos de los campesinos y los pobres en general.
    No es fácil que los alumnos lleguen  a este estadío de conciencia. Pero si no se asume desde el principio esta línea, que enseñar pasa por la conciencia del deber, el magisterio navegará entre la frustración y el desaliento porque sus alumnos “no aprenden o aprenden muy poco”.  Y es apenas entre el 5 y el 8%por ciento quienes tienen facilidad para aprender. ¿Y qué hacer con los demás? El sistema educativo tradicional dice: no sirven para el estudio.
    Aquí cabe destacar que gran parte de los estudiantes del país nuestro, provienen de manera directa del campo, y los de la ciudad -en gran medida- sus padres y abuelos se crearon en el campo. Esto tiene como consecuencia directa que tienen una manera distinta de dialogar. La mayoría de los estudiantes lo hacen con pena, con timidez. La cual se va acentuando cuando el “maestro” los abandona a su suerte (“es que estos chamacos no aprenden”), dándole preferencia a los que tienen facilidad de palabra.
    Así vemos en las escuelas mexicanas que la mayoría de maestros seleccionan para participar, por ejemplo, en los homenajes a la bandera de los lunes, el maestro de ceremonias es el mismo maestro o el mejor alumno de su grupo. Y además quienes participan son los que más pueden expresarse. Lo mismo hacen en la selección de alumnos para concursos.
    Lo anterior no es precisamente culpa del mismo maestro acostumbrado  a una manera rutinaria del funcionar de las escuelas con usos repetidos, inercia, cansancio, etc., pero bien viene la reflexión para que vayan decidiendo que deben participar en los homenajes los que medianamente pueden o los más tímidos, aunque lean lo que van a decir.
    Por supuesto que parte de esta argumentación –planteada y sustentada en el libro- duele al orgullo sensible del magisterio en tanto vamos reconociendo, en ese planteamiento verbal de los alumnos de Barbiana, una crítica acerva de la manera como hemos conducido nuestra escuela, nuestro grupo, inmerso en un aparato educativo rutinario y burocrático.
    Sin embargo no todo está perdido. No todos los trabajadores de la educación son así.
    Beneplácito por la edición del libro Carta a una profesora, alumnos de Barbiana. Uno de varios que seguramente vendrán, como luz, en las oscuras condiciones de la educación pública en México y, en consecuencia, en Tabasco.

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