Claridades
por Uriel Tufiño @UTufigno
“En el principio era el Caos”. Hesíodo, poeta griego, se refiere así al estado primitivo de la existencia. Tal y como si fuera un observador de lo que ocurre en el México del Siglo XXI, sobre todo en materia legislativa. En un juego de perversiones, el PRI se deja seducir por el panismo a cambio de conquistar la tan anhelada reforma energética. En este juego infame, a ninguno de los actores le ha importado dejar en el camino las heces de la diarrea legislativa que han forjado en estos días.
Lo peor es que dicha diarrea salpica. Tanto senadores como diputados aprobaron un esperpento que llaman reformas en materia electoral, mismas que -dicho sea con la mayor objetividad- nos llevan a las etapas anteriores a la reforma electoral de 1996. La reforma electoral pone el acento en la centralización de las decisiones y la discrecionalidad de las mismas, componentes que también identifican al viejo régimen que nunca se fue. Mala o buena, la legislación electoral que tenemos es producto de las experiencias de las elecciones del 2000 y del 2006.
Como consecuencia de la fragilidad mostrada en la elección del 2006 -en la que naufragó el sistema electoral-, en 2008 se inauguró una nueva etapa de las normas electorales secundarias. Se llegó a mencionar que era “la reforma definitiva”. Por el contrario, me parece que la rigidez de la ley inmovilizó al sistema electoral en su conjunto.
La prueba fue la elección del 2012, en donde se evidenció que todavía había muchos aspectos por corregir; por lo tanto, lo deseable era avanzar en esta ruta y no retroceder a las épocas del partido dominante que imponía su voluntad a diestra y siniestra.
Tema central de los cuestionamientos a la elección del 2012 fue el empleo –casi ilimitado- de recursos económicos por parte del candidato “fashion” de la vieja escuela. Supongo que la actual reforma electoral se discutió en un área de cocina rápida en donde la calidad no importa, sino sólo que llene el estómago. Porque, hasta donde se sabe, no hubo ni los foros ni las aportaciones de expertos que merecía una reforma de dicho tamaño. Eso sí, la lluvia de críticas no se ha hecho esperar.
Para nuestros gobernantes no importa pasar por encima de la Constitución si ello es necesario para consumar sus fines personales. Modificar cinco o cincuenta artículos constitucionales da lo mismo. Los Poderes Ejecutivo y Legislativo ignoran que nuestra Constitución Política nace y se conforma a partir de una serie de principios que dan cuerpo y contenido a la Nación. Por el contrario, dichos Poderes suponen pragmáticamente, haciendo eco de la llamada corriente positivista del derecho, que la Constitución es solamente una norma de normas en la que no tienen cabida los principios. Sin embargo, ese pragmatismo es el camino seguro de los conflictos políticos y sociales pues la legalidad no siempre es la medida de la justicia. Por ejemplo, los principios democráticos que emanan de la Constitución no deberían estar supeditados a una estrecha legalidad basada más en la aritmética que en los propios principios constitucionales. Otro ejemplo: a pesar de la evolución de las leyes electorales en los últimos 15 años hacia formas más democráticas, con la complacencia de las autoridades electorales, los poderes formales y los poderes fácticos aprovecharon los huecos existentes en la legislación para generar un discurso de odio que llevó a la polarización de las opiniones, se dividió a la sociedad e incluso a las familias. Hoy en día vemos que, a pesar de que es evidente el canje de la reforma electoral por la reforma energética, los grandes medios de comunicación permanecen al servicio de sus propios intereses y bombardean al ingenuo televidente con datos falsos. Así, el televidente se convierte en una extensión de su propio aparato receptor pues no busca ni cuestiona lo que dicen los voceros del sistema. Vamos, ni siquiera caen en la cuenta de que la figura de un hombre como Nelson Mandela se engrandeció en la lucha diaria, desde la cárcel o en las calles, y no atrás de un cómodo escritorio vestido con cuello blanco y rodeado de guardaespaldas. Si nuestras televisoras hubieran sido sudafricanas seguramente también hubieran condenado a Mandela, personaje que luchó toda su vida co