LA CLASE MEDIA, ESPERANZA EN RUINAS
Muy de moda en la cultura corriente son términos como “permeabilidad y movilidad social”, y también la idea de que es fácil ascender de una clase social inferior a otra superior, siempre y cuando se tenga talento, preparación, entusiasmo y “espíritu de triunfo”.
En esta lógica, quien es pobre o se empobrece, es porque carece de alguna de esas subjetivas virtudes. Sin embargo, la realidad desmiente esa visión, pues hoy los pobres son más pobres, y cada día se suman a ellos cientos de miles, millones de personas de clase media, que en tiempos de capitalismo ascendente vivieron mejor, pero que hoy ven perdida su modesta fortuna o su estatus de antaño, relativamente holgado. La acumulación capitalista las está expropiando, las proletariza, y las arroja al desempleo, la delincuencia o la informalidad.
Durante el período de desarrollo estabilizador y hasta inicios de los años setenta, la clase media vivía con cierta holgura económica, y como tenía fuerza, si se la marginaba, protestaba, reclamando, por ejemplo, acceso a las universidades, a la política y, en general, una mayor influencia social; y se hacía escuchar: en los setenta, el Estado amplió la matrícula y creó nuevas universidades y sistemas de bachillerato, y en el Congreso se inventaron las diputaciones plurinominales, para partidos políticos de clase media que vivían fuera del presupuesto. Eran años de vacas gordas. El Estado, el gran empleador, aseguraba trabajo a gran número de profesionistas (por ejemplo a los agrónomos) en las más de mil cien empresas paraestatales que existían hasta 1982. Esta absorción de amplios sectores de clase media fue posible gracias al progreso económico generado por el desarrollo estabilizador, y también a la inercia de la Revolución Mexicana, cuyo impulso todavía permitía que importantes cargos públicos fueran ocupados por políticos de clase media y hasta por ciertos sectores de la clase trabajadora.
Pero la economía capitalista evolucionó, sus contradicciones se agudizaron, y vino el neoliberalismo, con la eliminación de casi todas las paraestatales, la reducción del Estado y la supresión de empleos. Es entendible que el Estado no podía garantizar trabajo a tanta gente en la burocracia, muchas de cuyas actividades son improductivas, y, lógicamente, se despidió a cientos de miles, con la promesa de que encontrarían colocación en el sector privado, cosa que no ocurrió, pues el desarrollo tecnológico reduce las necesidades de empleo de las grandes empresas. Con el nuevo modelo, además, los empresarios tomaron directamente en sus manos el aparato del Estado; se adueñaron del poder político total, y de la riqueza, pero con más celeridad que antes. Según El Economista, en el año 2000, en la lista de multimillonarios de Forbes había trece mexicanos, cuyas fortunas combinadas sumaban 24 mil 900 millones de dólares; para 2012, los diez más ricos poseían más de 128 mil millones: en ese lapso, la fortuna de la élite creció en más de cien mil millones de dólares; en el año 2000, representaba 4.2 por ciento del PIB, y en 2012, el 12.4, pero de un monto mucho mayor (El Economista, 26 de marzo de 2012). Mas para que esa magia se hiciera posible, los ingresos de otros sectores sociales debieron reducirse: los pobres aumentaron y se hicieron más pobres, y amplios sectores de clase media vieron caer sus niveles de bienestar. La sociedad se polarizó.
Decíamos que se abrió la educación superior, algo importante, pues un título universitario no era sólo cosa de orgullo: representaba una posibilidad más o menos real de acceder a un mejor nivel de vida; pero ya no. Hoy, “El desempleo aqueja a 40% de egresados. Para el 2020 los profesionistas desempleados podrían sumar más de 3 millones, dice la ANUIES; actualmente por cada oferta de trabajo formal están cuatro egresados en espera de empleo… Alrededor de 305,000 egresados de universidades en el país enfrentarán un escenario de desempleo durante esta década si la economía no aumenta su nivel de crecimiento, alerta un estudio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior” (CNN EXPANSIÓN, 16 de abril de 2013). Quienes consiguen emplearse perciben salarios muy bajos, y prefieren buscar otros empleos en actividades distintas a las que estudiaron; muchos emigran (o emigraban) a los Estados Unidos, donde, según la Subsecretaría de Educación Superior, en 2010 vivían 465 mil profesionistas mexicanos con licenciatura, además de 125 mil con posgrados. En el campo, el reparto agrario, fue visto por mucho tiempo, al menos en teoría, como una vía para mejorar el ingreso de las familias campesinas, pero la crisis agrícola ha barrido esas esperanzas, y hoy los campesinos arriendan o venden sus parcelas a los grandes agricultores.
Al no poder garantizarle empleo, se tranquiliza y anima a la clase media, ofreciéndole que para recuperar su estatus funde sus propias empresas y se “autoemplee”; en otras palabras, se la envía a buscar El Dorado; y es que ésa tampoco es una opción viable. “El fracaso acecha a las Pymes mexicanas. Ocho de cada 10 firmas cierran antes de cumplir 5 años, según la firma Sallez, Sainz Grant-Thornton…” Nueve de ellas cierran antes de cumplir una década, y la aportación al PIB en ese sector es cada día menor (CNN EXPANSIÓN, 6 de abril de 2012). En fin, canceladas todas las opciones, muchos jóvenes que vieron en estudios universitarios una esperanza de mejorar, buscan hoy salidas inviables, como la delincuencia, fuente aparente de rápidos y cuantiosos ingresos.
En conclusión, la tendencia al empobrecimiento de la clase media es irreversible en tanto imperen las leyes de la economía capitalista, y no haya mecanismos correctivos, políticos y sociales. Está en la naturaleza del capital evolucionar hacia el monopolio y no hacia su “democratización” económica. Y ante esa ley, el esfuerzo solitario de las personas fracasará en la inmensa mayoría, pues se enfrenta a formidables intereses, a los dueños de la riqueza y el poder político; como consecuencia, sólo va quedando a la clase media una solución: hacer alianza con los más pobres, en reclamo común de una redistribución más justa del ingreso.
México, D.F