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La Verdad del Sureste

CRISIS E INMIGRACIÓN EN LOS PAÍSES RICOS



Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, 
miembro del Sistema Nacional de Investigadores y  profesor-investigador y Director en la DICEA-UACh.
Los países más poderosos deben su prosperidad, en buena medida, a los más atrasados, de donde obtienen materias primas generalmente baratas, mercado para sus productos y una abundante reserva de mano de obra, atraída cuando hay prosperidad, y desechada en tiempos de contracción económica. Así ocurrió, por ejemplo, en el Programa Bracero, que inició en 1942, en medio de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos requirió un flujo mayor de mano de obra para cubrir sus necesidades de producción; en los años de su aplicación, hasta 1964, alrededor de 4.5 millones de mexicanos emigraron a Estados Unidos a contribuir con su trabajo al engrandecimiento de ese país. En cambio hoy, con una economía estancada a la que sobran trabajadores, se promulgan severas leyes antiinmigrantes y se deporta a gran número de ellos. Es el comportamiento cíclico del Ejército Industrial de Reserva, pero a escala internacional. 
    Los inmigrantes son pilares de las economías avanzadas: en España, por ejemplo, en 2010 aportaron el 10 por ciento del PIB. Por esa razón países con poca población, como Canadá, han aplicado tradicionalmente una política migratoria de fácil acceso. Según la OCDE, la fuerza de trabajo inmigrante representa el 30 por ciento del total en la manufactura en Alemania y Turquía, y más del 20 en Italia y Austria; en Grecia constituye un tercio de la fuerza de trabajo en la construcción y en España una quinta parte; en los servicios, en Noruega, Suecia y el Reino Unido hasta dos tercios son inmigrantes; el 50 por ciento de los empleados en hoteles y restaurantes en Grecia y España también lo son (OCDE, International Migration and Economic Crisis). 
    En Europa, una población envejecida debió ser compensada con el trabajo de inmigrantes; de ahí que, entre otras razones, la Unión se expandiera hacia los países del Este para disponer de su gran reserva laboral. Y es que en el continente hay un flujo migratorio de países en crisis a los relativamente estables, por ejemplo de España hacia Alemania o de Polonia a Inglaterra. En España, durante los años de bonanza se acumularon dos millones y medio de trabajadores inmigrantes. Todavía en 2011 se registró una masiva inmigración procedente de África a Europa, en el contexto de la primavera árabe. Pero hoy, cuando las potencias occidentales se encuentran estancadas, la xenofobia y la legislación antiinmigrantes cobran renovado impulso.  Según CNN EXPANSIÓN: “Durante el auge de España a principios del siglo XXI, la inmigración impulsó la población del país de 40.5 millones a 46.2 millones. Pero con la arremetida de la crisis económica, unos 2.2 millones de personas se levantaron y salieron del país, según el Instituto Nacional de Estadística de España. La mayoría eran inmigrantes que regresaban a sus hogares, pero 262,000 eran españoles, muchos de los cuales fueron al norte a buscar trabajo en países más ricos, como Inglaterra, Alemania y Bélgica […] El número de europeos expulsados de Bélgica se disparó…” (CNN EXPANSIÓN, 14 de mayo de 2014). Entre 2009 y 2010 ha descendido la inmigración desde América Latina hacia España en 38 por ciento y hacia Estados Unidos en 4 por ciento (El país, 22 de enero de 2013, con datos de OCDE, OEA y BID), y considérese que a España arriba el 57 por ciento de los inmigrantes latinoamericanos que llegan a Europa. Hoy en el continente, en medio de la crisis, la tasa de desempleo es alta: 10.5 por ciento (en marzo había 25.7 millones de desocupados), y afecta de manera más severa a los inmigrantes, privados de muchos de sus más elementales derechos. 
    En este contexto florecen y ganan adeptos entre el electorado las posiciones políticas xenófobas, que expresan la reacción del capital ante el relativo “exceso de trabajadores” y la manipulación de los trabajadores nacionales a quienes se hace pensar que el problema radica en la competencia de los inmigrantes, ocultando sus causas estructurales. Prosperan así partidos políticos con un discurso antiinmigrante en Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Holanda y Grecia. En el Reino Unido, el gobierno busca reducir la inmigración, principalmente de rumanos y búlgaros. En Italia se ha triplicado el número de aviones y barcos que cuidan las costas. En España, el actual gobierno restringió los servicios de salud a los inmigrantes; en Francia, el gobierno anterior llegó al extremo de alertar contra la amenaza de los inmigrantes para la civilización. Por su parte los países europeos más rezagados, como Rumania y Bulgaria, han solicitado incorporarse al tratado de Schengen, pero enfrentan una tenaz resistencia de los gobiernos de Alemania, Austria y Reino Unido, no obstante que la Unión Europea fue creada como un medio para facilitar el desplazamiento de la fuerza laboral y cuyo instrumento principal es el hoy frenado tratado de Schengen. En fin, en Estados Unidos continúan las deportaciones de indocumentados. En este ambiente plagado de dificultades, los desesperados intentos de los inmigrantes por llegar a Europa tienen con frecuencia un fin trágico: entre 2000 y 2013, más de 23 mil murieron al intentarlo; en octubre de este último año alrededor de 400 perecieron ahogados en las costas de Lampedusa, entre Sicilia y Túnez; también encuentran la muerte muchos inmigrantes que intentan cruzar la frontera entre México y Estados Unidos.
    En fin, la fuerza de trabajo es despojada de su calidad humana y reducida a simple insumo que se administra cual un flujo de combustible, del que no debe sobrar ni faltar (just in time), todo en aras de la maximización de la ganancia. Lo que hoy ocurre no puede menos que hacernos recordar la invasión silenciosa de Roma desde principios del siglo V por los habitantes de la periferia marginada y pobre del imperio; o el caso de China, donde los emperadores ordenaron construir la Gran Muralla para proteger su rica economía de los pueblos nómadas de Mongolia y Manchuria. Pero la historia enseña que interponer obstáculos entre ricos y pobres es inútil, pues éstos terminarán saltándolos, empujados por el hambre. Sólo la equidad distributiva entre las naciones permitirá un ambiente de concordia entre ellas y reducirá el sufrimiento que padecen los millones de desplazados de sus lugares de origen, y sus familias, disueltas, como ocurría en los mercados de esclavos.

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