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La Verdad del Sureste

Desangelados por Uriel Tufiño


 

 

Cuando yo era niño mi abuelo materno tenía un amigo que me fastidiaba la existencia diciéndome que yo era de Toluca. No sé exactamente qué era lo que me molestaba de tal insistencia pero terminé por repudiar al amigo de mi abuelo y a la ciudad de Toluca. Posteriormente, en mi adolescencia, me tocó ver la construcción e inauguración de los llamados “Ejes viales” en la Ciudad de México, obra que corrió a cargo del entonces virrey Carlos Hank González. Fue entonces que perdí un poco de mi inocencia al darme cuenta que, para la inauguración, el personal a cargo de la obra pintaba las plantas, los árboles y las flores. Por supuesto, a los dos días la vegetación ya estaba seca.   
    Aunque esta semana no se inauguraron “ejes viales”, las enseñanzas de Hank González fueron puestas en práctica en la capital del estado que gobernó antes de ocupar el virreinato del Distrito Federal. La llegada del presidente Barack Obama a Toluca puede considerarse como un hecho histórico para la ciudad, no sólo por su presencia, sino porque –sin proponérselo- se convirtió en el mejor alcalde que hayan tenido los mexiquenses. Bueno, al menos eso ven los optimistas.
    Con inusual rapidez, las calles y banquetas fueron arregladas, los baches fueron tapados, las casas y bardas revivieron sus colores originales, las luminarias se encendieron y hasta los molestos topes fueron retirados para que pudiera pasar “La bestia” –me refiero al auto de Obama, no a Obama- a toda velocidad. Y todo para que sólo permaneciera unas cuantas horas en la capital mexiquense y se fuera sin probar el chorizo verde, o el rojo, cosa que no aclaró el mandatario norteamericano. Si las obras hechas en Toluca van a servir a sus habitantes o únicamente fueron de escenografía, ya lo veremos.
    ¿Cuál fue el motivo de la visita de Obama y de su homólogo canadiense? La “Cumbre mexiquense” consistió en una visión retrospectiva del Tratado de Libre Comercio, instrumento al cual luego le fue agregada la terminación “de América del Norte”, y la formulación de una serie de compromisos declarativos entre las tres naciones a partir del incremento del comercio trilateral. Así, poco o nada se avanzó en los temas que son realmente importantes, como la cuestión migratoria, el medio ambiente, el narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de armas. Es cierto que a Canadá le corresponde una responsabilidad menor en estos últimos tópicos, pero es indudable que la creación de una zona de “mercado libre” ha facilitado el tránsito de mercancía y dinero ilícito. Y eso debería preocuparle. 
Hace 20 años George Bush padre elogiaba a Carlos Salinas pues, según él, México se iba a convertir en uno de los líderes del siglo XXI; Salinas, por su parte, hablaba del Tratado como “la oportunidad histórica para la transformación del país” y el medio para “elevar la calidad de vida de todos los mexicanos”. En 2014, Peña Nieto afirma que las familias mexicanas “podrán sentir en sus bolsillos los beneficios de que nuestra economía vuelva a crecer a mayores niveles, como no ha ocurrido en las últimas décadas”.
    ¡Alto ahí! ¿En qué momento me perdí?, ¿o acaso no se supone que el TLCAN iba a ser el gran remedio para el país? Si Peña fue consciente de lo que dijo, entonces le da la razón a quienes aseguran que los supuestos beneficios del Tratado de Libre Comercio han sido pura falsedad. Veamos: si bien las cifras del intercambio comercial reflejan un notable incremento de 1994 a la fecha, lo cierto es que el crecimiento económico no es proporcional al flujo comercial, ni mucho menos se redujo la pobreza o se abatió la desigualdad social, por el contrario.  En los 20 años de vida que tiene el Tratado, los salarios en México han perdido cada vez más su poder adquisitivo, la migración hacia los Estados Unidos sigue su curso y también hemos retrocedido posiciones en el ingreso per cápita a nivel mundial. En 1994 ocupábamos el lugar 53 y ahora estamos más allá del lugar 60. Tal vez por eso escogieron como sede de la “Cumbre” a Toluca, una ciudad tan desangelada como nuestra realidad social y económica.  

 


  

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