DIME QUIÉN TE LLORA…
En esta ocasión, para poder exponer mi pensamiento, empezaré por formular unas preguntas simples al generoso lector: ¿Cree usted que piensa igual el que empieza a trabajar oscuro todavía y prueba bocado hasta tarde y con dolor en el estómago, que el que se desayuna y se desocupa? ¿Piensa igual la madre que transida de dolor deja a sus pequeños hijos encerrados para irse a trabajar que la que, aseados y puntuales, los lleva en automóvil al colegio? ¿Cree usted, en fin, que se ve la vida igual desde un cuartucho de lámina en un cerro que desde una residencia a la vera de un campo de golf? No, absolutamente, no, es mi respuesta.
Y ello explica la reacción de numerosos comentaristas al servicio de los poderosos del mundo ante la muerte de Hugo Chávez Frías. Ello aclara por qué, a pesar de haber ganado 15 de 16 elecciones sujeto a lo que el ex presidente de Estados Unidos, James Carter, calificó como el mejor sistema electoral del mundo y que numerosas instancias internacionales reconocieron como escrutinios transparentes, todavía le llaman “dictador”. Y explica por qué, como el otro polo de la contradicción universal y eterna que existe en la naturaleza, en la sociedad y en el pensamiento, cientos de miles, millones de venezolanos, salieron a las calles a llorar, a gritar su dolor, ante la muerte de Hugo Chávez.
Me queda claro que en los pocos años de la Revolución Bolivariana en que estuvo al frente Hugo Chávez, pocos años en la medida del tiempo de los pueblos, no se logró una transformación educativa radical, que el atraso heredado del sistema de la máxima ganancia individual no pudo ser barrido por completo, pero los millones que salieron a expresar su honda pena a la calle estaban ya muy lejos de la manipulación masiva de los grandes espectáculos que nos agobian aquí y bastante distantes de las excéntricas campañas de distracción, tales como andar en bicicleta con tacones, viajar en metro en calzones o disfrazarse de zombie, entre otras modernas trampas para exterminar al pensamiento crítico.
En Venezuela se universalizó el acceso a la educación, cerca de 1.5 millones de venezolanos aprendieron a leer y escribir gracias a la campaña de alfabetización denominada Misión Robinson I y en diciembre de 2005, la UNESCO, decretó que se había erradicado el analfabetismo. Item más. El número de niños escolarizados pasó de 6 millones en 1998 a 13 millones en 2011 y la tasa de escolarización es ahora de 93.2%. La Misión Robinson II llevó al conjunto de la población a alcanzar el nivel secundario y la tasa de escolarización en la enseñanza secundaria pasó de un 53.6% en 2000 a un 73.3% en 2011. Las denominadas Misiones Ribas y Sucre permitieron a decenas de miles de jóvenes adultos emprender estudios superiores, así, con la creación de nuevas universidades, el número de estudiantes, pasó de 895 mil en 2000 a 2.3 millones en 2011. Los manipulables, los que carecen de defensas ideológicas, están drásticamente disminuidos. Nada despreciable si tomamos en cuenta que en el estado de Michoacán, por ejemplo, en el periodo 2005-2011, la matrícula de la educación básica pública disminuyó en un increíble 49.7 por ciento y que, en cuanto a la educación superior, cada vez son más los estudiantes que, aun con certificado de preparatoria, son rechazados de la universidad.
Con respecto a la salud, en Venezuela se creó el Sistema Nacional Público para garantizar el acceso gratuito a la atención médica a todos los ciudadanos, entre 2005 y 2012 se crearon 7 mil 873 centros médicos y el número de médicos se cuadruplicó. La tasa de mortalidad infantil pasó de 19.1 por mil en 1999 a 10 por mil en 2012, o sea una reducción de un 49% y, la esperanza de vida, pasó de 72.2 años en 1999 a 74.3 años en 2011. Gracias a la Operación Milagro lanzada en 2004, 1.5 millones de venezolanos víctimas de cataratas u otras enfermedades oculares, recobraron la vista.
De 1999 a 2011, la tasa de pobreza pasó de un 42.8% a un 26.5% y la tasa de extrema pobreza de un 16.6% en 1999 a un 7% en 2011. En la clasificación del Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Venezuela pasó del puesto 83 en el año 2000 (0.656) al puesto 73 en 2011 (0.735), y entró en la categoría de las naciones con el IDH elevado. El coeficiente GINI, que permite calcular la desigualdad en un país, pasó de 0.46 en 1999 a 0.39 en 2011. Según el PNUD, Venezuela ostenta el coeficiente GINI más bajo de América Latina, ¡es el país de la región donde hay menos desigualdad!, incluido México, por supuesto. Esos son algunos de los resultados de la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez.
A mediados del año pasado, en un momento de relativa mejoría de Hugo Chávez, en circunstancias que aquí no interesan, tuve la oportunidad de conversar con un matrimonio venezolano, una pareja de colonos muy pobres de Maracaibo, él, el “maracucho”, me dijo, “cuando supimos que Chávez estaba enfermo, nos preocupamos”, ella, como muchas mujeres del mundo, corrigió a su marido casi interrumpiéndolo: “nos espantamos”, remarcó. Víctor Hugo al final de “El 93”, dijo que las lágrimas de los soldados son terribles, ahora comprendo que las de un pueblo que sufre unánime, son mucho más terribles todavía y anuncian grandes transformaciones sociales. Entre los muchos premios, reconocimientos, galardones y recompensas que hay, no existe en la tierra nada que se le compare a las lágrimas sencillas y sinceras, al amor de los que producen toda la riqueza. Dígame, pues, Comandante Presidente, quién lo llora, yo le diré a todos los que me quieran escuchar, quién es Usted.