Escándalo: Equipo de sonido se niega a hablar
Los periódicos de la localidad asumieron actitudes distintas: Uno hablaba de ataque a la libertad de expresión, otro de un secuestro y uno más de la incautación de un equipo de sonido que se negaba a hablar. Esto sucedió cuando don Andrés, en su largo andar por todo México difundiendo la necesaria concientización para corregir el rumbo del país —la brújula ha sido robada por un tal Carlos Salinas de Gortari— y lograr el cambio verdadero. Con lo que no contaba el persistente líder era con la existencia de un presidente municipal llamado don Aristerco Toroloco de la Sesera, enemigo jurado de la libertad de expresión y de todo medio de comunicación que no hablara bien de él, lo que era prácticamente imposible, porque nada de lo que hacía estaba bien... bueno, esto cuando hacía algo.
Pues cuando el Sr. Toroloco escucha que iba a llegar don Andrés a alterar el orden —así lo entendió, aunque lo que le dijeron era que haría un mitin en SU ciudad, la de don Aristerco, claro— citó a toda su policía, canceló descansos y convocó a las reservas para impedir que se llevara a cabo una reunión en la que muchas vendas caerían de los ojos.
Toroloco diseñó una estrategia de combate, dio personalmente las órdenes pertinentes y todos se pusieron alertas. El primer paso de la estrategia era apagar las luces del parque, aunque luego alguien le dijo al primer redil que el mitin iba a ser de día y hasta la fecha no había nacido genio alguno que se atreviera a apagar la luz del Sol. don Aristerco —exigía que le llamaran Mister Aris, lo de Mister por su admiración a Estados Unidos y a dos de sus presidentes que se llamaban igual: Jorge Bosque Madrea—se puso a elaborar mentalmente un plan, ante la emergencia que se le presentaba.
Al llegar don Andrés, le informaron que el mitin se cancelaba por falta de autorización. Respetuoso de las leyes como es, pidió al encargado de dicho trámite que le dijera qué estaba ocurriendo y el tramitador explicó que cuando llevó la autorización al señor del redil no le dio la gana de aceptarlo y dijo que desde antes, una agrupación religiosa había sido autorizada para hacer una ceremonia y que él no se peleaba con Dios. Entonces don Andrés decidió que su reunión se hiciera a un costado del parque principal, pero se encontró con la noticia de que el aparato de sonido que traían en una camioneta de una empresa particular, había sido detenida por ataques a las vías de intoxicación y se encontraba a buen recaudo.
Fue instalado entonces un aparato de sonido más pequeño, con el que sí realizaron el mitin, no obstante el tremendo disgusto de don Toroloco, quien embistió con todas sus groserías la imagen del difusor de la oposición verdadera. Los policías bajo sus reales órdenes estaban inquietos, sudorosos, a ratos dudosos y en momentos decididos a entrar a saco cuando les dieran la orden. Pero el mitin terminó y na sucedió. No hubo rotura de cristales, puertas quemadas o pateadas, todo transcurrió en bendita paz.
El comandante acudió a su jefe para recibir instrucciones y la respuesta, iracunda producto de su frustración, fue: ¡Secuéstrenlo! ¡Deténganlo! ¡Hagan lo que sea, pero no permitan que se vaya!
Tímido, el oficial preguntó con voz casi inaudible: ¿A quién? -¡A ese maldito aparato de sonido que violó los oídos de nuestras mujeres, que rompió los tímpanos de nuestros habitantes, a las palabras que abrieron las conciencias de todos! ¡Rápido, obedezcan!
El comandante se comunicó con sus subordinados colocados estratégicamente en la salida y la entrada de la ciudad y les ordenó la detención del aparato de sonido y de las palabras que seguramente iban dentro de él.
Así se hizo y se llevó en caravana triunfal el aparato hasta la presidencia municipal. El del primer redil vociferó el cumplimiento de la tajante orden: ¡Háganlo hablar! Pero fueron inútiles los esfuerzos de los cumplidos agentes del orden y del desorden: El aparato no sonaba.
Entonces la orden fue tajante: ¡Enciérrenlo hasta que hable! Pero el aparato, más terco que don Aristerco, se negó a emitir sonido alguno. Soportó torturas, extracción de piezas, golpes, amenazas, pero nada. La famosa eficiencia de los torturadores fue un fracaso y el aparato sigue silencioso, solitario, con una mueca de tristeza en su tapa y un dolor que se refleja en varias de sus partes, incluyendo las nobles.
Ya lleva tres días en la cárcel. ¿Cuántos más estará? Tal vez cuando se acabe la caquistocracia.