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La Verdad del Sureste

Escuelas, laboratorios del pensar

(Parte 1)


Escuelas, laboratorios del pensar

 

¿Creen ustedes que son como un costal vacío para que la escuela los llene de conocimientos? les pregunté a estudiantes universitarios indígenas en una charla que tuve con ellos en días pasados. Contestaron en coro -la mayoría- que sí. Y les respondí, pues no. Eso es lo que les han hecho creer. Pero no. Ustedes no están vacíos. Forman parte de  una cultura, con tradiciones, leyendas y mitos, modo de ver el universo; sus abuelos saben cómo curar enfermedades con plantas, saben cómo construir viviendas, como sembrar y cuándo cosechar y protegerse de las inundaciones.
    Y esto nunca hay que olvidarlo; más bien hay que aprenderlo mejor y trascenderlo. Si la educación formal, la que se imparte en los centros escolares, sirve para algo, que por supuesto sí, es para enseñar a pensar, tomar decisiones y vivir mejor. No es, entonces, para atiborrar de conocimientos a los estudiantes.
    Les había leído precisamente el poema Los profesores, de Nicanor Parra (Chile; 1914): “Los profesores nos volvieron locos/ a preguntas que no venían al caso/
cómo se suman números complejos/ hay o no hay arañas en la luna/ cómo murió la familia del zar ¿es posible cantar con la boca cerrada? / quién le pintó bigotes a la Gioconda/ cómo se llaman los habitantes de Jerusalén/ hay o no hay oxígeno en el aire/ cuántos son los apóstoles de Cristo cuál es el significado de la palabra consueta/ cuáles fueron las palabras que dijo Cristo en la cruz quién es el autor de Madame Bovary/ dónde escribió Cervantes el Quijote/ cómo mató David al gigante Goliat/ etimología de la palabra filosofía/ cuál es la capital de Venezuela/ cuándo llegaron los españoles a Chile.
    Necesarios e imprescindibles son los conocimientos de nuestra y otras culturas, pero en función que puedan utilizarse en la vida diaria, en la solución de los pequeños o grandes problemas del individuo, tanto en lo doméstico, como en el juego o trabajo y en los retos de la comunidad donde vive. Y para ello se necesita pensar bien, con lógica, con análisis de pros y contras, etcétera.
    Dije en esa ocasión, a manera de reflexión grupal, que tres son las principales riquezas del ser humano: la salud, el pensamiento y las palabras.
    Sobre la salud, ya se sabe cómo cuidarla. Quien piensa bien, la cuida mejor. Comento aquí –en el presente texto- sobre el pensar.
¿Cómo pensar bien y mejor? Practicando el pensamiento de manera constante, hasta en sueños. A semejanza, como ejemplo: en una escuela de futbol habrán teoría, ejercicios corporales, tiros de penales, dribling, etc. Así también en las escuelas deberá pensarse de manera constante. El aula es, precisamente, espacio para pensar, para practicar el pensamiento de muchas y distintas formas y maneras.
    Son cuatro las actividades principales para ejercitar el pensamiento: leer, escribir, hablar y escuchar. Estas cuatro actividades imprescindibles, son llamadas de otra forma en los libros de teoría pedagógica, quizá como competencias básicas; pero de su dominio depende en gran medida el éxito personal, de la escuela y, por consecuencia, el éxito de la sociedad.  Con el dominio de ellas, todo; sin el dominio de ellas, nada. Así de sencillo.
    Vamos por cada una de las cuatro partes:
    -Leer no solamente títulos de libros, ni las cuentas del supermercado o los letreros de las calles o los anuncios publicitarios. No. Leer es desarrollar el hábito de la lectura libre, en la que se lea de todo, incluyendo  periódicos, manuales de usuarios, poemas, cuentos, novelas, cartas de amor y cartas de cobro de las tiendas comerciales. Este proceso es lento; se logra poco a poco. Se va dominando está actividad cuando, por sí, la persona siente que algo le mueve en su interior para buscar un libro en la biblioteca o comprarlo donde los venden. O en el extremo,  robar un libro, aunque esto no es recomendable.
    -Escribir no solamente el nombre en los pagarés o letra del banco. No. Escribir es buscar siempre la oportunidad de pasar lo oral a lo escrito. Hasta los recados simples que dejamos en la casa para indicar: “A todos los que viven de manera responsable en esta casa, apaguen la bomba de agua y no dejen luces encendidas, el recibo nos sale muy caro, y nos alcanzará menos para chocolates y nieve. Gracias. Atentamente: papá. Es un decir, porque siempre estaremos tentados a escribir cartas a los amigos, a los familiares, o a escribir poemas para alguien a quien apreciamos mucho. Escribir es eso. Precisamente no dejar día alguno sin que escribamos un documento, cualesquiera que sea este, pequeño de cinco renglones o grande como la novela La Guerra y la paz, de Tolstoi.
    -Hablar me refiero a que pensemos en lo que estamos diciendo, para no ser repetitivos, darle volumen adecuado, entonación. Mirar a los ojos con atención, y no estar contestando mensajes en el teléfono. Hablar me refiero a ir dominando el miedo de hablar en público, y cuando digan: ¿quién quiere decir unas palabras, o quién quiere exponer la clase de mañana? Seamos nosotros (el conjunto de “yoes” del grupo), quienes levantemos la mano y el maestro no sepa decidirse por quién. Y claro, prepararse bien para que todos queden impresionados  por esa forma regia de decir las cosas en público. Lo mismo cuando vamos a ser padrinos de brindis, o decir unas palabras en un evento. En lugar de improvisar de corazón, donde afloran sentimientos, es mejor escribir un texto para leerlo. Escribir el mensaje es enriquecerlo. Y al redactar se debe corregir, una, dos veces, corregir las veces que sea necesario.
    -Y escuchar, parece ser más sencillo, pero es poner los cinco sentidos para ir escuchando lo que la otra persona dice, o lo que nos explica el maestro. Esta forma de escuchar es como ir formando dentro de nosotros un conjunto de imágenes, donde casi estamos viendo, oliendo, palpando lo que estamos escuchando.
    El que domina estas cuatro actividades, como que le va mejor en todo. En serio que sí. (En la parte 2 comentaré sobre las preguntas de los estudiantes y las respuestas).

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