Espías con espuelas
Los espías dieron nota la semana pasada: el amanecer del lunes 21 supimos que la casa en donde Mata Hari nació en 1876, ubicada en la ciudad holandesa de Leeuwarden, fue arrasada por un incendio. Luego de una complicada vida familiar y de haber vivido un tiempo en Java, Mata Hari regresó a Europa y se hizo pasar como una princesa que vivía de encantar a los hombres con danzas exóticas. Esa actividad la hizo conocer a militares y políticos franceses quienes quedaban prendados por su desempeño en las artes amatorias. En ese medio forjó su destino: en 1917 un pelotón francés de fusilamiento terminó con su vida bajo la acusación –nunca probada debidamente- de haber espiado para los alemanes durante la Primera Guerra Mundial.
El espionaje es una actividad casi tan antigua pero no tan noble como la prostitución. Por ejemplo, de la Biblia sabemos que Dalila fungió como espía para conocer el secreto de la fuerza de Sansón y entregarlo a los filisteos. Pero éste no es un caso único pues a lo largo de las tradiciones y de la historia encontramos a hombres y mujeres que se han dedicado a la profesión de indagar los gustos, debilidades, infidelidades y cualquier aspecto que represente una ventaja sobre otro o sobre una nación. Para nuestro infortunio, el destino nos hizo vecinos del omnipresente ‘big brother’ -previsto en la novela 1984, de George Orwell- el cual desde siempre ha observado los pasos de nuestros gobiernos y, en no pocas ocasiones, ha orientado su toma de decisiones. En los inicios de nuestra vida independiente, Joel Poinsett, agente norteamericano disfrazado de diplomático, dividió a la incipiente clase política nacional para beneficio de los intereses de su gobierno. Si hacemos caso a lo que se dice de él, logró su cometido: nos alejamos del pensamiento español para introducirnos en el modo de vida norteamericano.
La infiltración de los gobiernos por enviados propios o por nacionales que sirven a los intereses extranjeros se intensificó durante la etapa de la llamada Guerra Fría, y México no fue ajeno a dicho fenómeno. Nuestra posición geográfica nos convertía en un puerta, lo mismo para entrar a territorio norteamericano que para acercarnos a las revoluciones latinoamericanas. Conocí el caso de alguien cuyo padre era un militar de rango en el ejército mexicano y quien frecuentemente viajaba a los Estados Unidos; pero un día, a la sorpresa de su inesperado fallecimiento vinieron más sorpresas: su familia, al recopilar sus papeles, encontró documentación que lo acreditaba como agente de la CIA. Y ellos ni enterados.
Los antiguos modos de espionaje han cambiado y evolucionado a la par de la tecnología. Si antes la intriga y el sigilo eran parte de los denominadores comunes de los espías, los medios informáticos, las redes y el internet son los nuevos caminos que recorren los espías modernos; ya no es indispensable estar físicamente en un país pues las grandes potencias, fundamentalmente los norteamericanos, son quienes controlan los servidores que administran el uso del internet a nivel mundial. Con las nuevas tecnologías, millones de datos pueden ser supervisados y sustraídos desde cualquier computadora. De esta realidad nadie está a salvo, tal y como queda claro con las revelaciones que Edward Snowden, ex colaborador de la CIA, ha puesto sobre la mesa. En estos turbulentos días conocimos que la inteligencia de los Estados Unidos ha espiado tanto a Estados extranjeros como a líderes políticos. Lo mismo a Francia que a Brasil; a Angela Merkel, a Peña Nieto o a Felipe Calderón, aunque sobre este último el espionaje fue un gasto inútil ya que bastaba con haberle llamado por teléfono para conocer sus planes, si es que los tenía. Lo que también hemos conocido son las formas en que los gobiernos espiados han enfrentado el espionaje norteamericano. Mientras que Obama ha tenido que responder personalmente a los gobiernos de Francia, Brasil y Alemania, la tibieza del gobierno mexicano ha sido motivo de mofa incluso en periódicos norteamericanos. El gobierno mexicano trata el asunto del espionaje como si fuera un capítulo del Súper Agente 86 y no como un asunto de soberanía nacional. Aunque, me pregunto, ¿acaso la entienden?