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La Verdad del Sureste

La fiesta



@UTufigno

Una vez consumado el atraco a la nación, los depredadores vestidos con corbatas de seda anudadas a impecables cuellos blancos frotaron sus manos hasta que sangraron o, por lo menos, les salieron callos. Gracias a la heroicidad de los legisladores tricolores y blanquiazules –y algunos parásitos- fueron superados los viejos mitos que giraban en torno al petróleo. Leyendas que afirmaban cuatro principios básicos: propiedad originaria de aguas y tierras; dominio directo e inalienable sobre recursos del subsuelo; explotación directa por parte de la nación, y la idea de que los hidrocarburos constituían un área estratégica.
    En un evento abierto sólo a los miembros de la clase política y uno que otro colado, Enrique Peña promulgó las 21 leyes secundarias en materia energética en el Patio de Honor de Palacio Nacional. Fue un acto fastuoso, aunque por su naturaleza no hubiera deslucido si se hubiera hecho en la embajada de los Estados Unidos o en alguna de las sucursales de una de las cadenas de hamburgueserías que hay en la capital de país. El Palacio Nacional, resguardado por militares y con vallas metálicas, ahogaba sus pesares en silencio.
    Qué distinto debió el Zócalo de Lázaro Cárdenas cuando en 1938 anunciaba que la riqueza petrolera se devolvía a la nación. Las multitudes se identificaban con su Presidente y lo apoyaban en la medida de sus posibilidades. He visto cómo algunos conservan –orgullosos- los papeles que heredaron de sus padres o abuelos y en los que se acredita que fueron parte de los millones de mexicanos que contribuyeron, así fuera con un peso, al pago de las indemnizaciones a las compañías petroleras. Quitarse el yugo para recuperar el patrimonio valía mucho más que eso.
    La fiesta en pleno para aplaudir al nuevo hijo predilecto del “grupo Atlacomulco”, grupo del cual dicen los priístas que es puro mito; y como dicho grupo es tan producto de la ficción que por ello Enrique Peña acudió al día siguiente de la promulgación de las leyes secundarias a Atlacomulco a rendirle un homenaje a Isidro Fabela, fundador del inexistente “grupo Atlacomulco”.
    El pretexto era más que ideal: los 50 años de su muerte. Pero la realidad apunta a que Peña Nieto fue a entregarle una ofrenda, como devoto que es, consistente en la promulgación de la reforma energética hecha un día antes.    
      Otra fiesta que dio de qué hablar el mismo día en que se promulgaban las leyes energéticas, fue en la que aparecieron muy sonrientes y atentos con las damas diversos personajes panistas, incluido el depuesto coordinador de la bancada blanquiazul en la Cámara de Diputados.
    El escenario festivo fue una lujosa casona de Puerto Vallarta, en el que la música, las bebidas y la compañía femenina fueron pagadas con recursos cuyo origen no se ha aclarado. En su defensa, los asistentes al festejo argumentan que se trataba de una “fiesta privada”, aunque el motivo de su estancia en Villa Balboa, un lugar que se renta en tres mil dólares diarios, fue para cuestiones propias de sus encargos partidistas.
    Digan lo que digan los recatados señores, lo cierto es que los aplausos que hacían no eran por la calidad de los discursos o de las propuestas de sus compañeros de partido, sino para ver a cuál de ellos, como dice la canción, “le mando, le mando a la niña, za, za, za”. Nadie critica que tengan derecho a divertirse –si sus familias piensan diferente, es problema entre ellos-, lo que es criticable es el destino de los recursos públicos. Porque no es la primera vez que los panistas son exhibidos por algo similar. A Ernesto Cordero, el “sin suerte”, se le encontró que había gastado el erario público en cigarros, dulces, cepillos de dientes y hasta champú.    
    Todo podría quedar en el reproche de no ser por algunos detalles: si la fiesta panista había sido en enero, ¿por qué hasta ahora se difundió?, justo cuando los blanquiazules dejaron de ser útiles al gobierno de Peña; no dudo del medio que la difundió, sino de quien hizo llegar la grabación. ¿Quién grabó?, porque parece claro que sabían qué, cómo y a quiénes filmar. Por lo visto, Carlos Ahumada no es el único aficionado a los videos.  

 

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