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La Verdad del Sureste

Fútbol explotación, S.A.



@UTufigno

Cada cuatro años, millones de pulmones se llenan de aire sólo para gritar la palabra que remedia todos los males: ¡gooool! El fútbol, deporte que se practica con los pies como reminiscencia de antiguos ritos, congrega a las multitudes, lo mismo en países de economías desarrolladas o de países llamados “emergentes”; a caucásicos y a asiáticos; a católicos y a protestantes. Es religión universal en donde lo importante es saber meter el balón en la portería de los rivales. La FIFA, Federación Internacional de Fútbol Asociación, es el organismo rector de este deporte que tiene más afiliados que la misma ONU. Y más poder.
    Dentro de la globalización mundial la FIFA es una de las mayores entidades supranacionales que controla y somete tanto a gobiernos como a las personas que han tomado al fútbol como su modo de vida. Las leyes internas de los Estados no existen para la FIFA pues ésta decide en materia de derechos civiles y laborales; ni siquiera las Constituciones son un contrapeso para los caprichos de la dueña del balompié. Si acaso, sólo compite en influencia y poder con los emporios de los medios de comunicación, aunque hasta en ese aspecto la FIFA es la que determina quién sí y quién no va a tener los derechos de transmisión.
    Este organismo se apropia de nuestro derecho a la diversión y decide qué y cómo lo podemos disfrutar. Y cómo lo vamos a pagar.
    Los gobiernos, particularmente de los que enfrentan problemas internos, suelen voltear los ojos hacia a la FIFA como una forma de búsqueda de legitimidad o de mostrarse al mundo mediante la organización del Campeonato Mundial de la especialidad. Así lo hizo el fascismo italiano en 1934, el mexicano en 1970 y 1986, la dictadura militar argentina en 1978, España en 1982, el “nuevo orden mundial” norteamericano en 1994, Corea del Sur y Japón en el 2002, la Alemania unificada en 2006, Sudáfrica en 2014 y ahora Brasil en 2014. Estos campeonatos no estuvieron exentos de conflictos políticos entre los contendientes e incluso el gran jugador holandés Johan Cruyff dejó de asistir al mundial de 1978 por las violaciones a derechos humanos cometidas por la dictadura militar.
    Para muchos gobiernos la organización de un Mundial de Fútbol se vuelve incluso más rentable que una visita del Papa o la obtención de un Premio Nobel. Por eso pelean, sobornan y hacen lo indecible para lograr la sede de un Campeonato Mundial. Si Mandela fue la pieza clave para que Sudáfrica fuera país sede en el 2010, el ex mandatario brasileño Lula da Silva fue quien consiguió que Brasil sea hoy el anfitrión del esperado evento deportivo. Qatar, país elegido con anterioridad para organizar esta justa en 2022, ha sido severamente cuestionado por las acusaciones de corrupción y explotación de trabajadores nepalenses casi al límite de la esclavitud.
    Se afirma que decenas de obreros provenientes de Nepal que participan en los preparativos de la organización del Mundial han fallecido por las condiciones laborales en las que se desempeñan.     
    Pero aún en el supuesto de que no hubiera nada turbio detrás de la organización de un Mundial, lo cierto es que tampoco es un evento que impulse la economía de las naciones emergentes. Si bien durante el gobierno de Lula, Brasil fue uno de los países latinoamericanos que más creció e incorporó más gente a la “clase media”, lo cierto es que ese crecimiento no se reflejó en aspectos básicos como la educación y la salud. Por eso internamente se critica el desvío de dinero hacia el Mundial que sólo les dejará más deudas.
    En lo deportivo, dos figuras del fútbol se reparten los elogios: Pelé y Maradona. Con personalidades opuestas y estilos diferentes, el brasileño y el argentino son referentes mundiales por sus habilidades sobre la cancha. Pero a diferencia de Pelé, quien es el “niño bueno” que acata sin dudar cualquier mandato de la FIFA, Maradona es el rebelde indomable que siempre tiene una palabra punzante que llega a la yugular de los dirigentes del balompié. Como ahora que preguntó por qué la FIFA se embolsa cuatro mil millones de dólares mientras el país sede y las selecciones sólo unas migajas.  

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