Héroes, mitos y leyendas
@UTufigno
Entre otras cosas, las religiones y los Estados tienen en común la necesidad de alimentar a las personas a través de la exaltación de su historia o mediante la creación de narraciones que parten de hechos ciertos o falsos pero que se tienen por incuestionables en la comunidad.
Por muchos años la Revolución Mexicana formó parte del discurso oficial de los gobiernos en turno; se hacían ceremonias, se invocaban a los héroes y hasta se hacían películas y telenovelas. Pero hoy, ignorados los testimonios del pasado, vemos que las telenovelas son las que hacen la historia.
Si somos críticos, fácilmente podemos concluir que, con tal de no contradecir a la modernización neoliberal que hace pocos ayeres determinó “el fin de la historia”, si a un gobierno le conviene omitir o deformar la memoria no hay el menor recato en hacerlo, así se trate de naciones del “mundo desarrollado”.
Por muchos años –desde el Siglo XIX, para ser precisos- la “Doctrina Monroe” fue fuente de disputas políticas e ideológicas entre los Estados Unidos y el resto del continente, particularmente con los países latinoamericanos.
Si a los críticos de la “Doctrina Monroe” se nos decía que “era una leyenda del pasado”, nosotros respondíamos diciendo que los hechos demostraban que era cierta y que la prueba era el intervencionismo del gobierno norteamericano en nuestras naciones.
Hace pocos días el Secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, declaró que “la era de la Doctrina Monroe ha terminado”.
Lo que significa un reconocimiento al hecho de que para ellos seguía vigente dicho pensamiento y que, por lo tanto, teníamos razón quienes nos oponíamos a tal doctrina.
Aunque, claro, no podemos ser ingenuos y suponer que es cierto que para los norteamericanos haya terminado dicha era.
La estrecha frontera entre la realidad, el mito y la leyenda suele usarse también para ocultar la verdad.
Al respecto, el asesinato de Kennedy ocurrido hace 50 años es uno de los más representativos para justificar esta afirmación.
De todas las historias y teorías que se han tejido sobre el asesinato de John F. Kennedy, creo que la única que no se analizado con profundidad es la posible intervención de extraterrestres interesados en desestabilizar al planeta Tierra. De ahí en fuera, se que ha dicho que si los soviéticos, que si la conexión cubana, que si la mafia italoamericana, que si el Vicepresidente Lyndon B. Johnson ayudado por George Bush padre, que si la CIA…
Cada una de las suposiciones viene acompañada de una dosis de “pruebas sólidas”, pero también las pruebas que desmienten dichas teorías están basadas en “hechos contundentes”.
Por ejemplo, a lo largo de la semana la “conexión mexicana” del presunto asesino de Kennedy, Lee Harvey Oswald, ha sido tema central en testimonios inéditos que lo mismo afirman que estuvo en México y trató de obtener visas para viajar a Cuba y la Unión Soviética, que lo mismo comprueban –mediante fotos- que el Oswald que entró a la embajada de la ex Unión Soviética no tenía ningún parecido físico con el Oswald que fue asesinado por Jack Ruby ante las cámaras de televisión.
Otras de las leyendas populares que giran en torno a Kennedy, son las que se refieren a una serie de supuestas similitudes entre su asesinato y el del Presidente Abraham Lincoln: ambos fueron elegidos en elecciones en el año ’60; nacieron y fueron asesinados con 100 años de diferencia; sus nombres tienen el mismo número de letras; Lincoln tuvo un secretario Kennedy y Kennedy tuvo una secretaria Lincoln.
De las “coincidencias” habidas entre el asesinato de Kennedy y el de Lincoln, la mayoría han sido desmentidas pues se trataba de verdades a medias o, de plano, de hechos falsos. Sólo por citar algunas: Lincoln nació en 1809 y Kennedy en 1917; Lincoln fue asesinado en 1865 y Kennedy en 1963; mientras el nombre de Lincoln se integra por 14 letras, el de Kennedy por 21. ¿Entonces?
El psiquiatra suizo Carl Jung acuñó el término “sincronicidad” para referirse a los sucesos vinculados pero respecto de los cuales no existe una causa lógica que lo justifique; dicho en otras palabras, esas aparentes coincidencias sólo significan lo que nosotros queremos que signifiquen. Así, queda claro que el asesino de Kennedy es el mismo que mató a Colosio.