Historias Cotidianas

Misa de 12


Historias Cotidianas

Mi madre iba a misa de 12 los domingos. Desde muy temprano la casa quedaba ordenada y con la comida hecha.
 

Sola o acompañada, caminaba hasta la iglesia “Santa María de la Victoria”.
 

Mientras caminaba, saludaba a los vecinos y se detenía a platicar largo rato.
 

En la colonia nos conocemos casi todos y mi madre conocía a buena parte de los que habitaban cercanos a nuestra casa y la ermita.
 

Para los vecinos mi madre era doña Gloria.
 

Estando la mayor parte del día en casa, cuando se enteraba que alguien sufría un accidente, se alarmaba, se condolía, y preguntaba quién era. Asistía a velorios de vecinos o visitaba a un amigo enfermo.
 

El domingo de la misa de 12 no era cualquier día. Era el día en que visitaba y hablaba con Dios en su casa.
 

Mi madre fue y sigue siendo católica. Lo decía a quien le preguntaba sobre la religión que profesaba y fue lo que nos alentó desde niños.
 

En la misa mantenía el ritmo que imponía el cura que oficiaba. Canto o rosario, lo repetía con su voz quedita.
 

Ser católica trascendía la misa de los domingos o de sus participaciones en eventos.
 

En casa lo veíamos mucho, antes del domingo que apartaba en su agenda para ir a misa: siempre había un vaso de agua o un taco para el que tocara la puerta o para los hijos del vecino.
 

Si no estaba mi madre en casa, mi padre José la representaba.
 

En los lugares donde había una mano extendida mi madre compartía de sus monedas.
 

Durante las misas a las que asistía hubo una moneda para el canasto. Hubiera escasez o abundancia. Abundaba la escasez.
 

Alguno de los ladrillos con los que se erigió la ermita debió ser comprado con alguna de las monedas que aportó en uno de esos domingos.
 

Triste o alegre no faltaba a misa. A menos que alguna enfermedad se lo impidiera.
 

La veía rezar con los ojos cerrados o abiertos, en casa o en la iglesia. De las dos maneras se encontraba con Dios, a solas.
 

También lo frecuentaba en los rezos. Mi madre llegaba con una veladora y la dejaba en la mesa. Podía ser un velorio o una celebración. Se sentaba. Se sabía los rosarios que llegué a tatarear muchas veces como si fueran canciones populares de los grupos famosos. Aún lo hago.
 

En los rezos y las misas coincidía con las vecinas, muchas de sus amigas. Intercambiaban mundos que a veces terminaban en la cocina, en algún encuentro o celebración familiar.
 

La misa de 12 lucia distinta en la celebración patronal: adornos multicolores y muchas más voces llenaban la ermita. Había música.
 

Ahí estaba mi madre: en silencio, aplaudiendo, cantando.
 

En todas partes se veía con Dios. En la ermita se vivía con una misa especial y con esmero la pasión de Jesucristo en Semana Santa.
 

En la mesa de la casa no se comía carne.
 

Era la primera en ir a misa y llegar con su cruz de ceniza negra en la frente. Sonriente.
 

-¿Ya fueron a misa? Nos preguntaba de pequeño o ya grandes.
 

Regresaba a misa el Domingo de Ramos y de Resurrección.
 

En la casa, en diciembre, mi madre colocaba la imagen de la Virgen de Guadalupe y a su alrededor un juego de luces y flores, a veces naturales, otras de plástico.
 

En la noche del 12, preparaba unos bocadillos y refrescos para quienes llegábamos a cantar las serenatas en cada una de las casas donde estaba la Virgen.
 

Muchas veces acompañó a sus nietos al Santuario vestidos de Juan Diego, como alguna vez lo hizo conmigo y mis hermanos.
 

Cuando compré mi primer carro mi madre le colocó un Rosario (me gustaba acariciarlo. Lo sigo haciendo). Lo había llevado a bendecir con agua bendita. Ahí lo mantuve. Lo sigo manteniendo.
 

Cada que uno salía de casa nos dibujaba la cruz en la frente. “Dios te bendiga”. Fuera al trabajo o a una fiesta.
 

Para mi madre, en la ermita o en la calle, Dios era su soldado. Nunca se separó de nosotros ni de ella.
 

En su cuarto, había un Cristo Negro, grande, en su cruz. Con rosarios guindados. Veladoras. Mi madre dormía todas las noches en el cielo. Sigue en el cielo. Yendo a misa de 12.
 

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