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La Verdad del Sureste

LA HUMANIDAD, VÍCTIMA DE LA ACUMULACIÓN DEL CAPITAL


 

La tendencia concentradora del capital no es privativa de nuestro país: responde a una ley general de la economía capitalista, que, con variantes de intensidad y extensión, afecta a todos los países con economía de mercado. En esta ocasión quiero compartir con usted, amable lector, algunas reveladoras referencias a este respecto, contenidas en un reportaje firmado por Serge Halimi, y publicado en el periódico francés LE MONDE Diplomatique, en su edición de este mes. Ahí se expone con toda crudeza la polarización económica global, y se revelan los mecanismos mediante los cuales el poder del dinero se impone sobre los gobiernos nacionales. Documentando la concentración de la riqueza en los Estados Unidos, dice que: “Propietaria del gigante de la distribución Walmart, la familia Walton poseía hace treinta años 61 mil 992 veces la fortuna promedio americana […] hoy en día posee 1,157,827 veces más. Los Walton han acumulado, ellos solos, lo que poseen en total las 48,800,000 familias menos prósperas”. Y como el fenómeno, insisto, es global, se añade enseguida que, en Italia: “… las diez primeras fortunas nacionales concentran tanto dinero como los tres millones de italianos más pobres”. Con respecto a la India, agrega que: “Los multimillonarios Indios, que poseían en 2003 el 1.8% de la riqueza nacional, cinco años más tarde acaparaban ya 22% […] pero 22% de la riqueza para 61 individuos, ¿no es mucho en una nación de más de mil millones de habitantes?”. Dice luego que el Fondo Monetario mismo percibe tendencias inquietantes en la distribución global del ingreso: “Después de haber proclamado durante mucho tiempo que la dispersión de los ingresos era un factor de emulación, de eficiencia, de dinamismo, [el FMI] observa que 93% de los ingresos derivados del crecimiento económico en los Estados Unidos durante el primer año de la recuperación, han ido a parar al 1% de los americanos más ricos”. Y, ciertamente, con frecuencia las instituciones internacionales advierten contra los riesgos de toda índole que entraña tan brutal concentración del ingreso, pero el capital no es capaz de contener por sí solo sus ansias compulsivas de acumular; es ésta una incontenible adicción, que está en su esencia y es causa inmanente de los excesos inauditos que hoy contemplamos. Así que, contra ese autismo y ese afán obsesivo, no hay consejo que valga.
    La acumulación del capital no es obra de un milagro, como el de la multiplicación de los panes y los peces, sino que es posible a costa de un desmesurado saqueo de la riqueza social, que priva a las grandes masas del más elemental bienestar. Y, entre otros mecanismos, el abatimiento de los salarios reales es factor fundamental de la concentración de la riqueza en unas pocas fortunas. Así queda de manifiesto en el reportaje comentado, que en la página nueve apunta que, desde 1968, en los Estados Unidos, “el salario mínimo ha perdido 30% de su valor… el trabajo sigue estando dos veces más gravado con impuestos que el capital (39.6% contra 20%)”. Y he aquí una de las grandes paradojas de nuestros tiempos: son los trabajadores, quienes pagan los impuestos para sostener al aparato del Estado, para que luego, este último se ocupe de defender los intereses de los más ricos. En seguida se agrega, refiriéndose a los Estados Unidos, que todo lo anterior ocurre “… en un país donde la proporción de la población activa empleada acaba de caer a un nivel casi histórico” (subrayado, APZ). Pero el desempleo también reconoce clases sociales, y afecta más a los sectores de bajos ingresos: “En enero de 2013, la tasa de desempleo de los americanos que disponen de al menos una licenciatura no era más que del 3.7%. En cambio, alcanzaba el 12% de los no poseedores de un título, mucho más pobres”.  A este mecanismo económico propio del capital se suman otros medios auxiliares de la concentración; a este respecto, el documento explica que los capitalistas, debido a “Sus innumerables connivencias políticas garantizan al capital que conservará todos sus beneficios. En 2009, seis de los 400 contribuyentes americanos más prósperos no pagaron ningún impuesto; 27 pagaron menos de 10%; nadie ha pagado más de 35%...”. Por otra parte, los ricos financian las campañas de presidentes, gobernadores y parlamentarios, para luego exigirles todas las facilidades necesarias para acrecentar ganancias, como el perdón de los impuestos, o rebajas considerables de los mismos; también, dice, es un valioso instrumento el mantener sujetos a los sindicatos nacionales, para impedir que reclamen los derechos de los trabajadores. Finalmente, señala el autor que a esa pavorosa concentración del ingreso a escala global ha contribuido poderosamente “la impotencia de los gobiernos nacionales”, entre los que incluye, en primer lugar, al de los Estados Unidos, sujeto a las presiones de los magnates.
    Esto viene a recordarnos el viejo principio de que quien tiene el poder económico, también tendrá el político, y, precisamente, las múltiples relaciones de los señores del gran capital con presidentes, ministros o congresistas les abren puertas y facilidades para operar, reduciendo a un mínimo los costos de transacción que, en estricto derecho, debieran pagar; y para que todo sea “limpio” y no tener que violar ley alguna, las mandan diseñar, como traje a la medida, utilizando sus innumerables “contactos” en los gobiernos del mundo entero. Para ejecutar esa tarea y proteger debidamente sus intereses, los corporativos disponen también de poderosos lobbying, equipos de gestores profesionales especializados y muy bien conectados.
     En conclusión, el modus operandi del poder económico y político aquí expuesto evidencia que la tan traída y llevada soberanía de las naciones se ha convertido en una ficción, pues en el mundo gobierna el gran capital, verdadero poder tras el trono, hecho que se oculta tras de la idea falsa de que en cada país, el poder radica en un presidente de la República, o, en su caso, un rey, cuando en realidad, como vemos, quien realmente manda es una clase social, la clase gobernante.
 México, D.F

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