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La Verdad del Sureste

JAHUACTAL AMLO y la violencia


A mediados de 2010 seguí a Andrés Manuel López Obrador por varios municipios mexiquenses para una entrevista. Al término de una jornada intensa, tarde de junio, un joven profesionista sorprendió al dirigente con una solicitud peculiar. Estábamos en Toluca, a la que los propios pobladores definieron como “la cuna de la mafia política del país”. Aquel profesionista, originario de Villa Guerrero, le pidió a López Obrador acelerar la organización social porque la gente se manifestaba desesperada y muchos ya hablaban de armas porque no creían que pudiese haber un cambio pacífico en el país. Andrés Manuel le respondió: “La violencia no es solución, al contrario, les daría pretexto a los potentados para establecer por completo un régimen autoritario. Si de por sí desatan el miedo, al momento que haya un levantamiento armado ellos van a establecer un régimen de terror. Nosotros queremos el cambio por la vía pacífica, no queremos más sufrimiento para el pueblo”. No era la primera vez que le planteaban algo así a López Obrador. En la película “Fraude México 2006”, de Luis Mandoki (que se puede ver completa en youtube), el propio AMLO cuenta que posterior a la elección de 2006, por los días del plantón en Paseo de la Reforma, una encuesta de Mitofsky reveló que 13 por ciento de la población estaba dispuesta a tomar la vía armada, es decir, alrededor de diez millones de personas. Dice Andrés Manuel en la película: “La gente estaba dispuesta a cualquier cosa. Es más, me lo decían: vamos a actuar con más energía; y otros que me decían: vamos a hacer lo que usted diga. Pero lo que usted diga era lo que sea, lo que usted ordene. Por esos días de plantón tuve en mis manos una encuesta de Mitofsky. Se preguntaba si veían bien que yo convocara a la rebelión armada y el 13 por ciento de la gente decía que sí, estoy hablando de una encuesta nacional, de diez millones de ciudadanos”. El llamado a las armas, evidentemente, no ocurrió. En la misma película López Obrador reflexiona sobre la violencia: “Es algo totalmente indeseable. Yo no creo en el camino de la violencia, en primer lugar porque como dirigente no puedo comprometer la vida de los demás, no puedo ofrecer la vida de los demás. Yo soy pacifista”. Los intentos de asociar a López Obrador con la violencia no son nuevos. Es parte de la “guerra sucia” con la que siempre se ha querido desvirtuar a los movimientos de izquierda. Es cierto que hubo una época, en los años setenta sobre todo, en que una parte de la izquierda optó por la vía armada. Pero fue una respuesta a la violencia que desató el entonces presidente priista Gustavo Díaz Ordaz contra los estudiantes en 1968. Muchos jóvenes sintieron que todas las puertas se habían cerrado y buscaron abrirlas aún a costa de su vida. Como consecuencia hubo represión y más adelante se hicieron reformas para abrir la participación de los jóvenes en política. En los noventa nuevos grupos armados como el EZLN irrumpieron en la vida pública, pero la sociedad civil reclamó la vía pacífica y se firmaron los Acuerdos de San Andrés que el gobierno federal –del PRI y del PAN— nunca respetó. Por eso los zapatistas siguen en las montañas chiapanecas. Hay toda una historia de los grupos armados en México. Pero la vida de López Obrador ha transitado por una vía distinta. Su manera de hacer política no ha sido dócil, pero debe admitirse que nunca ha promovido la violencia. Los cierres de pozos petroleros en Tabasco y la toma de Plaza de Armas, por ejemplo, fueron parte de una estrategia para protestar contra el fraude electoral de Roberto Madrazo pero los golpes llegaron desde el gobierno, incluso con porros. Los Éxodos por la Democracia para nada significaron violencia. El plantón de Reforma puede ser discutible, pero de ninguna manera puede ser calificado de violento. La protesta no es sinónimo de violencia. La protesta, en todo caso, es consecuencia del abuso de poder, del uso del poder para fines antidemocráticos o injustos, y de la negligencia desde el poder. La protesta surge por los fraudes electorales, por el abandono de la población, por la injusticia, por la manipulación de las leyes, por la corrupción. A los hombres del poder la protesta les incomoda porque significa cuestionar su actuación. Es entonces cuando buscan asociar cualquier movimiento con la violencia para tratar de desvirtuarlo. Ahora que AMLO ha desconocido el fallo del tribunal electoral federal y que ha perfilado la desobediencia civil como manera de protesta frente al regreso del PRI a la Presidencia, seguramente comenzará la versión de que se radicalizará y promoverá la violencia. No veo, sin embargo, ese escenario. Veo, eso sí, distintas maneras de hacer ver la inconformidad por el resultado electoral que de alguna manera dará cauce al enojo de quienes no están de acuerdo con la manera en que Peña Nieto llegó a la Presidencia. Protesta, pero no violencia. Luego de la elección de 2006 Felipe Calderón fue desconocido por AMLO pero no hubo violencia derivado del tema electoral. La violencia que ha habido se desató por la fallida guerra contra el narco. López Obrador y quienes lo siguen están en su derecho de protestar. Es sano que lo hagan. Y en una incipiente democracia, como la mexicana, se vuelve hasta necesario que así ocurra. Pero hay que insistir: protesta no significa violencia. El propio López Obrador lo ha definido con toda claridad: “Se puede ser muy fuerte, muy duro, muy radical, sin la violencia”. POR CIERTO… Es curioso: en 2006 AMLO comenzó a hablar de luchar por la felicidad del pueblo. Lo criticaron mucho diciendo que la felicidad no era medible y que usar ese término era un recurso demagógico. Ahora, en su discurso en el TEPJF, luego que le dieron su acta de mayoría, Enrique Peña Nieto dijo: “trabajemos por la realización y felicidad de las familias mexicanas”. Veremos las reacciones. [email protected] @fer_vazquezr http://jahuactal.blogspot.com
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