La ley fatal
Del orden al desorden y de ahí, al desenfreno
Las costumbres de gobierno no se imponen de la noche a la mañana; Para que imperen con legitimidad deben decantarse por años y siempre en consulta permanente a la mayoría. Un gobernante insensible no consulta, impone sus decisiones no por la fuerza de la razón sino simplemente por la fuerza o por medio de la sinrazón de la fuerza. El gobernante insensible violenta así la ley y el orden ya que la Constitución estatuye que ha de haber un sistema de consulta y planeación democrática; y que toda política pública debe emanar del pueblo y para bienestar de él.
Alexis de Tocqueville, aquel gran ideólogo de La Democracia en América, observó en el estudio de la historia de los pueblos de América de origen español, que éstos van a la anarquía cuando se cansan de obedecer, y a la dictadura cuando se cansan de destruir; esta oscilación entre el orden y el desenfreno, es la ley fatal que ha regido y regirá por mucho tiempo a los pueblos hispanoamericanos.
En general, gobernantes ignorantes e insensibles siempre han tenido la estúpida creencia de que no se puede conservar el orden sin pasar sobre la ley, y ésta y no otra es la causa de la ley fatal de que habla Tocqueville; porque la dictadura jamás producirá el orden, como las tinieblas no pueden producir la luz. Error funesto que ha fomentado las ambiciones de las clases degradadas que se creen superiores, para poder apoderarse de la dirección de los negocios públicos ¡y de los bienes nacionales! Y pretexto suficiente para que los enemigos trasnacionales le peguen tarascadas a la nación. Ciertamente, cuando las luchas de independencia rompieron las ligaduras que ataban a esos pueblos a la metrópoli (España, Portugal o Italia), deslumbrados con la grandiosidad de la revolución francesa, tomaron para sí todas sus reivindicaciones, sin pensar que no tenían hombres que los guiasen en tan ardua tarea, y que no estaban preparados para ella.
Don Venustiano Carranza, creador en 1917 del sistema constitucional del país, decía que esos pueblos, han necesitado y necesitan todavía de gobiernos fuertes, capaces de contener dentro del orden a poblaciones indisciplinadas, dispuestas a cada instante y con el más fútil pretexto a desbordarse, cometiendo toda clase de desmanes; pero por desgracia, en ese particular se ha caído en la confusión y por gobierno fuerte se ha tomado al gobierno despótico.
Una cosa es gobierno fuerte, otra muy diferente es gobierno despótico; una cosa es nación o país unido y algo abismalmente distinto es país o nación sometida y avasallada. Nunca la opresión será libertad, aunque para imponer un régimen de opresión se pretexte defender la libertad y el orden.
Los pueblos latinoamericanos, mientras fueron dependencias de España, estuvieron regidos por mano de hierro; no había más voluntad que la del virrey; no existían derechos para el vasallo; el que alteraba el orden, ya propalando teorías disolventes o que simplemente socavaban los cimientos de la fe o de la autoridad, o ya procurando dar pábulo a la rebelión, no tenía más puerta de escape que la horca.
Ciertamente, para ser libre no basta quererlo, sino que es necesario también saberlo ser. Pero no se logra ni se construye la libertad con gobiernos despóticos y dictatoriales. Ni mucho menos con ese tipo de gobierno que se vislumbra como autista –como se vislumbró desde 1933 el régimen nazi de Hitler en Alemania-, que no ve, no oye, no siente y lo poco que ve y oye no lo entiende ni quiere entenderlo, que no le deja a la población más puerta de escape que la horca o el suicidio.
Enséñese al pueblo a que no es posible que pueda gozar de sus libertades si no sabe hacer uso de ellas, o lo que es igual, que la libertad tiene por condición el orden, y que sin éste aquélla es imposible. Pero no con la violencia de Estado, que pretexta la paz para acallar y criminalizar: constrúyase sobre esa base el gobierno de las naciones hispanoamericanas y se habrá resuelto el problema.
En México, desde su independencia hasta hoy, de los gobiernos legales que han existido, unos cuantos se engarzaron y apegaron a este principio, como el de Juárez, y por eso pudieron salir avante, los otros, como los de Guerrero y Madero, tuvieron que sucumbir, por no haberlo cumplido. Quisieron imponer el orden enseñando la ley, y el resultado fue el fracaso. Otros como el de Díaz Ordaz, Fox y Calderón –y todo indica que el de Peña- quisieron imponer el orden enseñando las armas y las bayonetas, aun por encima de la ley.
Si, por una parte, el gobierno debe ser respetuoso de la ley y de las instituciones por la otra debe ser inexorable con los trastornadores del orden y con los enemigos de la sociedad: sólo así pueden sostenerse las naciones y encaminarse hacia el progreso. Pero es inadmisible, deleznable símbolo de barbarie y decadencia que el gobierno mismo se vuelva el principal enemigo de la sociedad y principal trastocador del orden. Y en eso se ha convertido el gobierno federal de Peña.
Instruye la represión a todo tipo de manifestación que se oponga a sus irreverentes decisiones; ordena a los diputados federales de sus partidos en nómina reformar la Constitución para ponerle barreras y valladares a las manifestaciones públicas; emite decretos violatorios del Pacto federal imponiendo un mando único de policías –ideas dictatoriales que le vienen o le heredaron los gobiernos panistas ultraconservadores-. Preámbulos del nazismo.
¿Será que reeditaran la ley fatal de ir del desorden al desenfreno? ¿Será que no leen la historia nacional que nos enseña que cuando nos cansamos de obedecer, de estar en la mansedumbre y de soportar todas las decisiones arbitrarias salvajemente irreverentes, saltamos ipsofacto a la anarquía, al desenfreno?