Los de abajo
La Doble Moral de la DEA y el Espejismo Electoral
Las recientes e incendiarias declaraciones del director de la DEA, Terry Cole, afirmando que los cárteles y el gobierno mexicano «son una y la misma cosa», carecen de todo fundamento técnico y real.
La enérgica respuesta de la presidenta de México desnudó de inmediato la flaqueza de este pronunciamiento al calificarlo correctamente como una postura meramente política. Detrás del señalamiento de la agencia estadounidense no hay un diagnóstico de seguridad bilateral, sino una burda e histórica doble moral con claros fines político-electorales.
Resulta paradójico que la DEA intente dar lecciones de integridad institucional cuando su propia casa padece de una profunda y sistémica corrupción interna.
Basta con recordar el vergonzoso caso de Nicholas Palmeri, exdirector regional de la propia DEA en México, quien fue destituido de su cargo tras descubrirse que asistía a fiestas y mantenía reuniones con abogados defensores de capos del narcotráfico.
Si el director de la agencia busca colusiones y complicidades estructurales con el crimen organizado, bien podría empezar barriendo sus propias oficinas.
Por otro lado, la narrativa estadounidense insiste en colocar los reflectores exclusivamente al sur del río Bravo, ignorando deliberadamente lo que ocurre dentro de sus propias fronteras. La presidenta mexicana puso el dedo en la llaga al cuestionar qué hace la DEA en territorio estadounidense.
¿Quién distribuye las toneladas de droga que cruzan la frontera? ¿Cómo se vende en las esquinas de sus principales urbes? ¿Qué agencias investigan las redes de lavado de dinero que alimentan el sistema financiero de los Estados Unidos?
Es una realidad innegable que la mayor venta de estupefacientes en el mundo ocurre en ese país, sostenida por una eficiente infraestructura interna de distribución y blanqueo de capitales que la DEA parece incapaz —o desinteresada— de desmantelar.
La sincronía de estos ataques no es ninguna coincidencia casual. Esta acometida mediática e institucional surge precisamente el mismo día en que el gobierno de México reportó una histórica reducción del 48% en homicidios dolosos.
Como bien argumentó la mandataria, una disminución de esa magnitud en los delitos de alto impacto es matemáticamente incompatible con un gobierno coludido. Cuando el poder político pacta con el crimen, el resultado es el estallido de la violencia y el descontrol territorial, tal como quedó demostrado en el trágico sexenio de Felipe Calderón.
La estrategia de Washington es sumamente predecible: utilizar a México como el enemigo perfecto y el "chivo expiatorio" predilecto para agitar al electorado estadounidense, desviando la atención de sus propias crisis de salud pública y de seguridad interna.
Frente al burdo injerencismo de una agencia desprestigiada, la soberanía mexicana se defiende con datos verificables y con dignidad. Cooperación internacional sí, pero siempre basada en el respeto mutuo, no en consignas de campaña electoral construidas sobre el lodo de la hipocresía.