Los Reyes Magos
@UTufigno
Asentada a las orillas del río Rin, Colonia es una de las ciudades más grandes de Alemania; ahí se combina la historia con la modernidad industrial. Su monumento más emblemático es su Catedral, misma que tardó en construirse unos 650 años. Sus altas y afiladas torres, del más puro estilo gótico, sufrieron los embates de la Segunda Guerra Mundial. Al interior de dicha Catedral se encuentra un relicario que, se dice, guarda los restos de los Reyes Magos que fueron a rendirle homenaje a Jesús luego de su nacimiento.
En la tradición cristiana se da cuenta de ciertos pormenores -mejor desarrollados en los llamados “Evangelios apócrifos”- respecto de los cuales no hay referencia específica en los cuatro evangelistas: que si eran tres, que si se llamaban de determinada forma, que si nunca se refieren a ellos como “reyes”, y otros detalles que forman parte de la cultura popular. En lo que no parece haber discusión es que el propósito de su visita fue llevarle al recién nacido tres regalos simbólicos: oro, incienso y mirra. Para muchos niños el “día de Reyes” significa felicidad, pero para los adultos es el regreso a la realidad.
Atrás quedaron las fiestas decembrinas y las comilonas; los brindis y los buenos propósitos; los abrazos y los besos. Los primeros días de enero son el retorno al infierno disfrazado de paraíso. Quienes somos seleccionados de la “Sub-50” o estamos en sus alrededores, la palabra “crisis económica” nos es tan familiar como el agua de horchata. De las épocas de López Portillo recordamos las promesas de bonanza económica y aprender a “administrar la abundancia”, pero lo que realmente hemos aprendido desde entonces ha sido administrar la pobreza.
La ilusión de la riqueza petrolera, mal administrada al final, llenaba horas de discursos del entonces residente de Los Pinos, como ahora llena planas de reconocimiento la actuación del gobierno actual. Los medios de comunicación, entonces como ahora, aplaudieron la determinación presidencial. Y para los dueños del gran capital, nacionales o extranjeros, la reforma energética ha sido el mejor regalo de reyes que pudieron recibir. El oro, el incienso y la mirra transmutaron en petróleo, gas y electricidad, pero no como entrega simbólica, sino como una entrega verdadera de la riqueza nacional.
Pero como la voracidad de los dueños del capital es desmedida, todavía esperan rebanar la rosca de reyes para saber si alcanzan a llevarse un premio adicional. Para nosotros, los ciudadanos que tenemos el mal hábito de comer tres veces al día, lo que nos queda son las migajas de la rosca pues ni siquiera nos alcanza para una taza de chocolate. Es mucho contenido calórico.
Lo que los Reyes Magos nos trajeron a nosotros fue una mayor carga fiscal y financiera, lo que en los hechos significa que debemos exprimir nuestros bolsillos para pagar los derroches de la clase política. Porque los impuestos que pagamos se destinarán, en su mayor parte, a cubrir sueldos y salarios de una burocracia tan cara como ineficiente. Lo que se destina al mantenimiento o a la infraestructura de escuela u hospitales, sólo por citar un par de ejemplos, será mucho menor que el monto de los salarios pagados. El señor de la tienda de la esquina, el dentista que apenas cubre la renta, la viuda que vive de sus rentas, el taller mecánico de la colonia y muchos pequeños contribuyentes no saben si reír o llorar ante lo que escuchan y medio entienden sobre los cambios fiscales que les imponen obligaciones de país desarrollado. ¿Cómo es posible pensar que todos los contribuyentes tienen la capacidad administrativa para atender las nuevas obligaciones fiscales? Y a pesar de ello las nuevas disposiciones tienden a criminalizar las omisiones de los deudores. Qué insensible resulta la tecnocracia neoliberal.
Si cuando éramos niños veíamos con toda confianza a Melchor, Gaspar y Baltasar montados en su caballo, camello o elefante, ahora hemos aprendido a ver con desconfianza al banquero, al político y al cobrador de impuestos que se trasportan en lujosos autos blindados y vidrios polarizados. De tal suerte que ahora, como adultos, lo que pensamos cuando uno de estos personajes se nos acerca es: este “Malhechor” seguro me “Ba-a-asaltar”.