LA LUCHA CONTINÚA PORFIRIO MUÑOZ LEDO.
La jornada electoral de antier fue un ejer¬cicio admirable de esquizofrenia. Los miles de mexicanos que seguía¬mos alternativamente la información proveniente de las redes sociales y los escenarios prefabricados por la televisión comer¬cial, vivimos simultánea¬mente en dos planetas distintos: el de la perfec¬ción democrática por un lado y el de la simulación y el abuso por el otro.
La coreografía transmiti¬da por los medios masivos de comunicación habla de un primer mundo concebi¬do por libreto: la eficiencia institucional rayana en lo infalible y la civilidad po-lítica a toda prueba. Las disputas en el mundo real reflejan en cambio la vul¬nerabilidad democrática de la miseria, la afrento¬sa inequidad, el dispen¬dio de las arcas públicas, el recurso la violencia, la guerra cibernética y la impermeable parcialidad de las televisoras.
No vaya a ser que este giro de la historia, en caso de consumarse, despier¬te el fantasma de Vargas Llosa y nos encontremos frente a una “dictadura perfecta”. La abolición de la crítica en el discurso oficial – hoy en apariencia plural- nos remonta a los años sesenta y pareciera anunciar, como ellos lo han sugerido, la instauración deun nuevo ciclo de 18 años, en el que lo “moder¬no” no es sino la suma de las recetas duras de un¬neoliberalismo en desuso.
Elena Poniatowska ha di¬cho con un dejo de sabi¬duría que “estas luchas suelen ser largas”. Lo son en efecto las batallas por la cabal democratización de un país, por la igualdad social o por la afirmación de su independencia. Las resistencias combinadas contra los cambios verda-deros han vedado el ac¬ceso al poder nacional de las izquierdas en 1988, en el 2006 y ahora pretenden repetir la hazaña. Por esa sola razón la nuestra es una transición trunca, si no abortada.
Sin embargo, los términos de la contienda son ahora distintos. Con independen¬cia de las decisiones y es¬trategias de los liderazgos políticos y de los partidos frente a la coyuntura, los candidatos de izquierda tuvieron avances notables en el norte del país y en entidades significativas, alcanzando tres gobiernos federativos, entre los que destaca el voto arrasador de premiación en la capital de la República.
El escenario es diferente también porque el discur¬so progresista probó con creces su veracidad: en efecto, el espectro político nacional es bipolar. Exis¬ten dos vertientes claras y dos realidades contra¬puestas: la que encarnan quienes desfilaron por la escena televisiva avalando la elección – y obviamente sus patrocinadores eco¬nómicos- y la de quienes mostramos nuestra incon¬formidad contra la falsi¬ficación deliberada de la voluntad popular. En parti¬cular, el movimiento de la ciudadanía y la juventud rebelde.
Los fenómenos ocurridos en la base social vuelven imposible gobernar como en el pasado, cualesquiera que sean los titulares de los poderes públicos. La solución política del país no pasa hoy por la alqui¬mia de la componenda, la cooptación, los gobiernos de coalición o el solo res¬peto a los poderes territo¬riales. Es imprescindible responder a las inquietu¬des esenciales que ha dise¬minado la sublevación de las conciencias.
Lo primero es la legali¬dad electoral. Es menes¬ter agotar todas las ins¬tancias previstas en la norma para garantizar la legitimidad del proceso. Las dudas ciudadanas deben ser satisfechas y los agravios reparados. Ha de establecerse en seguida la agenda delas reformas a la legisla¬ción vigente así como los compromisos entre los actores – el poder y la so-ciedad- para transcurrir hacia una democracia genuina.
En más de un sentido esta elección fue la con¬creción de la pesadilla presentida por los jóve¬nes. El #Yo soy 132 no ha logrado su intento de impedir que los poderes fácticos nos impongan gobernantes, pero ha sembrado dos cuestiones fundamentales: la indis¬pensable democratiza-ción de las telecomunica¬ciones y la introducción de métodos de participa¬ción social en la toma de las decisiones. Su lema podría ser “honestidad y transparencia”.
Como nos heredaron los insurgentes angoleños “la lucha continua”, pero a partir de hoy y no con ánimo de lucha para la eternidad, sino de libera¬ción temprana.
La coreografía transmiti¬da por los medios masivos de comunicación habla de un primer mundo concebi¬do por libreto: la eficiencia institucional rayana en lo infalible y la civilidad po-lítica a toda prueba. Las disputas en el mundo real reflejan en cambio la vul¬nerabilidad democrática de la miseria, la afrento¬sa inequidad, el dispen¬dio de las arcas públicas, el recurso la violencia, la guerra cibernética y la impermeable parcialidad de las televisoras.
No vaya a ser que este giro de la historia, en caso de consumarse, despier¬te el fantasma de Vargas Llosa y nos encontremos frente a una “dictadura perfecta”. La abolición de la crítica en el discurso oficial – hoy en apariencia plural- nos remonta a los años sesenta y pareciera anunciar, como ellos lo han sugerido, la instauración deun nuevo ciclo de 18 años, en el que lo “moder¬no” no es sino la suma de las recetas duras de un¬neoliberalismo en desuso.
Elena Poniatowska ha di¬cho con un dejo de sabi¬duría que “estas luchas suelen ser largas”. Lo son en efecto las batallas por la cabal democratización de un país, por la igualdad social o por la afirmación de su independencia. Las resistencias combinadas contra los cambios verda-deros han vedado el ac¬ceso al poder nacional de las izquierdas en 1988, en el 2006 y ahora pretenden repetir la hazaña. Por esa sola razón la nuestra es una transición trunca, si no abortada.
Sin embargo, los términos de la contienda son ahora distintos. Con independen¬cia de las decisiones y es¬trategias de los liderazgos políticos y de los partidos frente a la coyuntura, los candidatos de izquierda tuvieron avances notables en el norte del país y en entidades significativas, alcanzando tres gobiernos federativos, entre los que destaca el voto arrasador de premiación en la capital de la República.
El escenario es diferente también porque el discur¬so progresista probó con creces su veracidad: en efecto, el espectro político nacional es bipolar. Exis¬ten dos vertientes claras y dos realidades contra¬puestas: la que encarnan quienes desfilaron por la escena televisiva avalando la elección – y obviamente sus patrocinadores eco¬nómicos- y la de quienes mostramos nuestra incon¬formidad contra la falsi¬ficación deliberada de la voluntad popular. En parti¬cular, el movimiento de la ciudadanía y la juventud rebelde.
Los fenómenos ocurridos en la base social vuelven imposible gobernar como en el pasado, cualesquiera que sean los titulares de los poderes públicos. La solución política del país no pasa hoy por la alqui¬mia de la componenda, la cooptación, los gobiernos de coalición o el solo res¬peto a los poderes territo¬riales. Es imprescindible responder a las inquietu¬des esenciales que ha dise¬minado la sublevación de las conciencias.
Lo primero es la legali¬dad electoral. Es menes¬ter agotar todas las ins¬tancias previstas en la norma para garantizar la legitimidad del proceso. Las dudas ciudadanas deben ser satisfechas y los agravios reparados. Ha de establecerse en seguida la agenda delas reformas a la legisla¬ción vigente así como los compromisos entre los actores – el poder y la so-ciedad- para transcurrir hacia una democracia genuina.
En más de un sentido esta elección fue la con¬creción de la pesadilla presentida por los jóve¬nes. El #Yo soy 132 no ha logrado su intento de impedir que los poderes fácticos nos impongan gobernantes, pero ha sembrado dos cuestiones fundamentales: la indis¬pensable democratiza-ción de las telecomunica¬ciones y la introducción de métodos de participa¬ción social en la toma de las decisiones. Su lema podría ser “honestidad y transparencia”.
Como nos heredaron los insurgentes angoleños “la lucha continua”, pero a partir de hoy y no con ánimo de lucha para la eternidad, sino de libera¬ción temprana.