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La Verdad del Sureste

A un año luz

por Uriel Tufiño @UTufigno


La física es una ciencia fascinante. Así como nos explica el microcosmos y el macrocosmos, lo mismo algunas de sus leyes son aplicables a las relaciones sociales. Por ejemplo, tan cierto es que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio, como afirmar que a toda acción corresponde una reacción de igual magnitud pero en sentido inverso.
    Uno de los mayores enigmas científicos son los hoyos negros. Tienen tan alta concentración de masa que ninguna partícula material –ni siquiera la luz- puede escapar de su campo gravitatorio.
    Lo que hoy se sabe de los agujeros negros es mera teoría, pero dentro de ésta se ha especulado que en su interior, debido a la deformación geométrica del espacio-tiempo, es posible viajar al pasado. Asimismo, se conjetura que un hoyo negro “súper masivo” probablemente genere su propio colapso. Lo mismo ocurre en la arena política nacional.  
    Hace un año, el dos de diciembre para ser exactos, las fanfarrias sonaron en el histórico Castillo de Chapultepec para anunciar la firma de un hoyo negro denominado “Pacto por México”. El PRI jurásico volvía a ser el centro de los reflectores, pero ahora personificado en un nuevo rostro que, a pesar de las apariencias, conserva el ADN de los viejos dinosaurios.
    Como no se trataba de un pacto entre caballeros en donde la palabra es más que suficiente, el documento que contenía 95 compromisos originales tuvo que ser firmado por Peña Nieto y los Presidentes del PRI, PAN y PRD. Con el uso de la retórica de siempre, el gobierno tricolor justificaba la firma del Pacto como una forma de “impulsar cambios para culminar la transición democrática e impulsar el crecimiento económico”.
    Para la negociación de las reformas derivadas del Pacto fue designado José Murat, hombre sobre quien no hay duda de su vocación democrática. Y esta misma afirmación se puede hacer sobre los otros grandes actores del cumplimiento de los compromisos del Pacto: el propio Peña Nieto y Miguel Angel Osorio Chong. Porque debe ser sólo una mala jugada del destino el hecho de que los estados que gobernaron estos dos últimos nunca han tenido alternancia política.     
    A un año de su firma, el susodicho Pacto se ha convertido en el verdadero programa de gobierno. Que la Constitución refiera a un “plan nacional de desarrollo” como el eje de los programas de la administración pública es cosa del pasado. Lo de hoy es concentrar el ejercicio del poder, como en antaño, pero bajo el disfraz del acuerdo político que permite excluir a las minorías, bien sean políticas, sociales o indígenas.
    En otras palabras: el Pacto carece de representatividad y, por lo tanto, de legitimidad. ¿O acaso los tres partidos políticos firmantes del Pacto representan al cien por ciento de los ciudadanos? Si somos estrictos, dichos partidos no representan ni al cincuenta por ciento de quienes votaron en las elecciones de 2012. Porque no olvidemos que, en el caso de las izquierdas, el voto no fue para el partido, sino para su candidato.
    Al igual que un hoyo negro, el Pacto ha absorbido a los firmantes que, ingenua o dolosamente, se han entregado a cambio de las migajas del pastel. Sin escrúpulo ni recelo alguno han aceptado las reformas propuestas, así atenten en contra del ingreso de las mayorías, como lo fue el caso de la reforma hacendaria.
    Ya se aprobó también la reforma financiera que, en algunos de sus puntos, da el tratamiento de delincuente a quienes cometen el grave delito de caer en la pobreza. Vienen la reforma política y, la más importante de todas: la reforma energética. Esta es la parte medular de las reformas, la cereza del pastel en la cual están puestas las miras de los voraces inversionistas extranjeros y los serviles tecnócratas azules, tricolores y amarillos.
    Si, como ocurre en física, un agujero negro de gran masa genera su propio colapso, es posible que la extrema concentración de poder genere el colapso del Pacto por México. En esa lógica podría entenderse el descontento de los gobernadores por la propuesta de creación de un Instituto Nacional de Elecciones y el amague del PRD de salirse en definitiva del Pacto. Aunque, en este caso, ya para qué. El daño ya está hecho.

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