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La Verdad del Sureste

El mago


El mago

@UTufigno

Me gusta la magia. Desde que era niño –supongo que igual que a la mayoría- me gustaba ver a quienes desaparecían objetos de entre sus manos, transformaban otros o, mejor aún, parecían desafiar las leyes de la naturaleza. Y también me ha gustado practicarla, aunque sea a nivel de simple aficionado.
    Un poco después del robo electoral de 2006 me preparé para actuar en la fiesta de cumpleaños de uno de mis hijos y para ello adquirí un truco nuevo al que llamé “la urna de Ugalde”. El efecto consistía en introducir una serie de papeles de colores en un cubo transparente que se cubría con una mascada y, al quitar ésta, los papeles se habían multiplicado al interior de la urna.
    Los fondos dobles, negros o de espejo, así como las cartas y cajas recortadas convenientemente ayudan mucho en la ilusión que se crea frente al público; y no se diga todo lo que se puede hacer con el uso de la tecnología. Aunque yo prefiero ver a los magos que sólo recurren a la habilidad de sus manos. En mi infancia tuve la fortuna de conocer a un mago de este tipo, un auténtico prestidigitador, quien me enseñó algunos trucos pero también me enseñó a observar. Desde entonces, si bien disfruto de ver nuevas prácticas, también los observo para comprender cómo nos engañan: usualmente con la mano que capta nuestra atención.
    Dice César Camacho, en su papel de líder formal del PRI, que en las elecciones del 2015 su partido también consultará a los ciudadanos para saber si estamos de acuerdo en que se modifique la Constitución a efecto de reducir el número de diputados y senadores que llegan por la vía de la representación proporcional. Sus argumentos fundamentales consisten en que, de aprobarse la reducción, habrá un ahorro para el erario público y una “mayor fuerza y mayor eficiencia en el trabajo legislativo”. De lo segundo, no lo dudo, pues si aplicáramos este mecanismo al resultado oficial de las elecciones 2012, el PRI tendría el control absoluto de las Cámaras; pero respecto del ahorro, hay otras fórmulas, como reducir a la mitad el salario de diputados y senadores, y eliminar los extras que perciben.  
    Todos sabemos cuál sería la respuesta de los electores si el único argumento fuera el económico: un claro sí, pero por culpa de los propios legisladores que son percibidos como parásitos sociales que viven del presupuesto público. ¿Qué otra respuesta sería posible ante esa única razón? Ninguna otra, creo yo, salvo lo que piensen los acreedores, compadres y amigas ocasionales de los respetados diputados y senadores.         
    El “sí” como respuesta no me sorprendería, pero sí me sorprendería que César Camacho lo diga en serio, al menos por dicho motivo porque en términos de la fracción VIII del artículo 35 de nuestra Constitución, o de lo que nos han dejado de ella, no pueden ser objeto de consulta ni la materia electoral ni “los principios consagrados en el artículo 40”, uno de los cuales es la democracia que tanto trabajo ha costado construir.
    El dirigente priísta también se escuda con la afirmación de que se trata de un compromiso de campaña de Enrique Peña, pero hasta donde me da la memoria Peña Nieto jamás dijo que haría una consulta popular al respecto, lo cual es lógico porque una consulta es un mecanismo democrático de participación que nada tiene que ver con los usos y costumbres del partido tricolor. Por lo tanto, si la consulta carece de sentido, ¿qué es lo que realmente pretenden los prinosaurios? ¿Hacia dónde dirige la mano el mago César Camacho y qué esconde en la otra?
    500 puede parecer un número excesivo de diputados –otros países con menor población tienen más- pero no se trata de una cuestión de cantidad, sino de compromiso con los electores; pueden ser sólo 100 diputados, pero si están al servicio de Los Pinos el resultado va a ser peor. Además, la idea de la representación proporcional parte de suponer una mayor equidad entre las distintas corrientes de pensamiento de la sociedad y así evitar la sobrerrepresentación de una fuerza política. Reducir el número de legisladores minaría las voces discordantes en el Congreso y fortalecería al presidencialismo.  

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