MÉXICO, UNO DE LOS PAÍSES MÁS DESIGUALES DEL MUNDO
Para determinar el grado de desigualdad social, en los estudios sobre distribución del ingreso se utiliza el llamado coeficiente de Gini, un número que se ubica entre cero y uno; si un país tuviera un Gini de cero, sus habitantes gozarían de igualdad perfecta: todos tendrían el mismo ingreso; en el ... polo opuesto, si el valor fuera de 1, ese país sería el más desigual: una sola persona tendría todo el ingreso. En la realidad no existen esos extremos. Todos están en algún valor intermedio. Pues bien, aplicando este instrumento, en su reporte sobre Desarrollo, la ONU ordena a los países según su grado de desigualdad, y en el correspondiente a 2005 los más cercanos a la igualdad fueron, en el primer lugar, Azerbaiyán 0.163, Dinamarca 0.247, Suecia 0.250, Noruega y la República Checa 0.258; el sexto lugar lo ocupó Finlandia 0.269. En contraste, México se ubicó casi al final de la lista: en el lugar 124 (de 147 países), con un coeficiente de 0.516.
Estudios más recientes confirman la gravedad de esta situación. Hace apenas unos días, refiriéndose a los sueldos de presidentes de varios países, la prensa mexicana publicó que: “México tiene la brecha más grande entre su ejecutivo y asalariados” (Reforma, 16 de julio). Se trata de un sencillo ejercicio: dividir toda la riqueza creada en el país entre el número total de habitantes, de donde resulta el llamado PIB per cápita (o sea, la parte que correspondería a cada persona, si teóricamente la riqueza se distribuyese por igual). Como resultado, se encontró que el sueldo del Presidente de México es 18 veces más alto que el PIB per cápita de los mexicanos; un nivel de remuneración entre los más altos entre los 14 países de la muestra. “Y es que Felipe Calderón recibe un sueldo mensual de 15 mil 202 dólares, mientras que el Producto Interno Bruto per cápita en 2011 fue de 846 dólares mensuales, según datos del Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI) y del Fondo Monetario Internacional (FMI)”. La nota agrega que: “En el caso de Estados Unidos, la diferencia entre el salario de Barack Obama y el ingreso de un estadounidense promedio es mucho menor, pues es de sólo 8 veces… Si bien ese mandatario percibe cerca de 33 mil 294 dólares mensuales, el nivel más alto entre los países de la muestra, el PIB per cápita estadounidense es de 4 mil 32 dólares, según información de la Casa Blanca y del FMI… En los países europeos la brecha es aún mucho menor. En Alemania y Francia el salario del mandatario es 5 veces el PIB per cápita, y en España, 3 veces”. Y completa: “La OCDE dice que México es el segundo país más desigual en ingreso, sólo por debajo de Chile, según el coeficiente de Gini de finales de la década de 2000”. En fin, según la misma fuente, ganan, proporcionalmente, mucho menos que el mexicano, los gobernantes de: Argentina 5.3 veces su PIB per cápita y Alemania 5.5. Ciertamente, el PIB per cápita representa sólo un ejercicio aritmético, de alguna utilidad para ciertos efectos; en ninguna parte se distribuye así el ingreso, pero eso no justifica de ninguna manera que exista una diferencia tan abismal entre quienes más y quienes menos ganan. Y en el caso de los presidentes, si verdaderamente fueran trabajadores esforzados en beneficio de su pueblo; si fuera el suyo un esfuerzo eficaz por hacer más felices a sus conciudadanos, merecerían sin duda alguna ese sueldo, y más. Pero no es ése el caso.
Más allá de las estadísticas, vemos este cuadro de inequidad cotidianamente en los cinturones de miseria de las grandes urbes, o en las zonas rurales marginadas: en los pueblos de la Montaña de Guerrero, en Chiapas, la Sierra Norte de Puebla, la Tarahumara, el Nayar, la Huasteca y Oaxaca, sólo por dar algunos ejemplos. Sin duda, es la nuestra una de las economías más desiguales; somos una sociedad de extremos, y lo peor: esta grieta social se ahonda progresivamente. Así pues, el principal problema de México es la atroz pobreza de la mayoría de sus habitantes, causada por una irracional e inequitativa distribución del ingreso; verdaderamente un hecho de lesa Humanidad, la más infame violación de los derechos humanos, pues priva al pueblo de alimento, vivienda, vestido, salud, educación y un trabajo seguro y dignamente remunerado.
Consecuentemente, quienes diseñan tales políticas violan los derechos del hombre, y entre ellos destacan aquellos gobernadores que consideran delito el que alguien demande el uso del gasto público para mejorar la suerte de los pobres, y que tratan como delincuente a quien encabece tan justo como racional reclamo. Y en esta categoría destacan, en los días que corren, los actuales gobernadores de Hidalgo, San Luis Potosí, Tamaulipas, Sinaloa y Nayarit, sólo por mencionar a aquéllos que ocupan hoy el pódium olímpico en esta disciplina. Pero no nos engañemos; ellos representan sólo manifestaciones individuales de un sistema diseñado para favorecer la acumulación de la riqueza. Si no son ellos, otros vendrán a hacer exactamente lo mismo. El problema es sistémico y tiene que ver con los mecanismos estructurales de distribución; por lo tanto, la solución debe ser también integral. Y vale reiterarlo: si el pueblo, el verdadero afectado, no pone orden, si no eleva su voz y reclama atención, yo pregunto: ¿lo harán quienes se encuentran en la cúspide de la pirámide social? Dejo la respuesta al insigne poeta español Miguel Hernández (muerto en 1942, a la edad de 31 años, en las prisiones del franquismo), que, en su célebre poema “El niño yuntero”, dijo: “Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta, y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta. ¿Quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros”
Estudios más recientes confirman la gravedad de esta situación. Hace apenas unos días, refiriéndose a los sueldos de presidentes de varios países, la prensa mexicana publicó que: “México tiene la brecha más grande entre su ejecutivo y asalariados” (Reforma, 16 de julio). Se trata de un sencillo ejercicio: dividir toda la riqueza creada en el país entre el número total de habitantes, de donde resulta el llamado PIB per cápita (o sea, la parte que correspondería a cada persona, si teóricamente la riqueza se distribuyese por igual). Como resultado, se encontró que el sueldo del Presidente de México es 18 veces más alto que el PIB per cápita de los mexicanos; un nivel de remuneración entre los más altos entre los 14 países de la muestra. “Y es que Felipe Calderón recibe un sueldo mensual de 15 mil 202 dólares, mientras que el Producto Interno Bruto per cápita en 2011 fue de 846 dólares mensuales, según datos del Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI) y del Fondo Monetario Internacional (FMI)”. La nota agrega que: “En el caso de Estados Unidos, la diferencia entre el salario de Barack Obama y el ingreso de un estadounidense promedio es mucho menor, pues es de sólo 8 veces… Si bien ese mandatario percibe cerca de 33 mil 294 dólares mensuales, el nivel más alto entre los países de la muestra, el PIB per cápita estadounidense es de 4 mil 32 dólares, según información de la Casa Blanca y del FMI… En los países europeos la brecha es aún mucho menor. En Alemania y Francia el salario del mandatario es 5 veces el PIB per cápita, y en España, 3 veces”. Y completa: “La OCDE dice que México es el segundo país más desigual en ingreso, sólo por debajo de Chile, según el coeficiente de Gini de finales de la década de 2000”. En fin, según la misma fuente, ganan, proporcionalmente, mucho menos que el mexicano, los gobernantes de: Argentina 5.3 veces su PIB per cápita y Alemania 5.5. Ciertamente, el PIB per cápita representa sólo un ejercicio aritmético, de alguna utilidad para ciertos efectos; en ninguna parte se distribuye así el ingreso, pero eso no justifica de ninguna manera que exista una diferencia tan abismal entre quienes más y quienes menos ganan. Y en el caso de los presidentes, si verdaderamente fueran trabajadores esforzados en beneficio de su pueblo; si fuera el suyo un esfuerzo eficaz por hacer más felices a sus conciudadanos, merecerían sin duda alguna ese sueldo, y más. Pero no es ése el caso.
Más allá de las estadísticas, vemos este cuadro de inequidad cotidianamente en los cinturones de miseria de las grandes urbes, o en las zonas rurales marginadas: en los pueblos de la Montaña de Guerrero, en Chiapas, la Sierra Norte de Puebla, la Tarahumara, el Nayar, la Huasteca y Oaxaca, sólo por dar algunos ejemplos. Sin duda, es la nuestra una de las economías más desiguales; somos una sociedad de extremos, y lo peor: esta grieta social se ahonda progresivamente. Así pues, el principal problema de México es la atroz pobreza de la mayoría de sus habitantes, causada por una irracional e inequitativa distribución del ingreso; verdaderamente un hecho de lesa Humanidad, la más infame violación de los derechos humanos, pues priva al pueblo de alimento, vivienda, vestido, salud, educación y un trabajo seguro y dignamente remunerado.
Consecuentemente, quienes diseñan tales políticas violan los derechos del hombre, y entre ellos destacan aquellos gobernadores que consideran delito el que alguien demande el uso del gasto público para mejorar la suerte de los pobres, y que tratan como delincuente a quien encabece tan justo como racional reclamo. Y en esta categoría destacan, en los días que corren, los actuales gobernadores de Hidalgo, San Luis Potosí, Tamaulipas, Sinaloa y Nayarit, sólo por mencionar a aquéllos que ocupan hoy el pódium olímpico en esta disciplina. Pero no nos engañemos; ellos representan sólo manifestaciones individuales de un sistema diseñado para favorecer la acumulación de la riqueza. Si no son ellos, otros vendrán a hacer exactamente lo mismo. El problema es sistémico y tiene que ver con los mecanismos estructurales de distribución; por lo tanto, la solución debe ser también integral. Y vale reiterarlo: si el pueblo, el verdadero afectado, no pone orden, si no eleva su voz y reclama atención, yo pregunto: ¿lo harán quienes se encuentran en la cúspide de la pirámide social? Dejo la respuesta al insigne poeta español Miguel Hernández (muerto en 1942, a la edad de 31 años, en las prisiones del franquismo), que, en su célebre poema “El niño yuntero”, dijo: “Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta, y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta. ¿Quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros”