Míreles, obsérveles y júzgueles
@UTufigno
Que un médico cambie el instrumental quirúrgico por las armas no es algo nuevo.
Ernesto Ché Guevara así lo hizo después de haber sido convencido por Fidel Castro de luchar militarmente en contra de la dictadura de Fulgencio Batista, aunque durante la campaña en la Sierra Maestra dio atención médica cuando era requerido para ello; de hecho, la función inicial del Ché dentro de los expedicionarios cubanos era la de médico de los combatientes. Si sus resultados en tal campo del conocimiento fueron acertados o no, es algo que ha quedado perdido en el tiempo pues su trascendencia va más allá del consultorio. Algo así va a ocurrir con el doctor José Manuel Mireles.
Mientras el doctor Mireles daba atención médica en un pequeño hospital público de Tepalcatepec, en otras partes de Michoacán la delincuencia tomaba control del estado, decidía candidaturas a modo y cobraba cuotas por una supuesta protección en la que la amenaza eran los mismos grupos que decían proteger a los michoacanos. Ante esa situación, las autoridades de entonces –al igual que las de ahora- sólo dirigían su mirada hacia quien les representaba algún riesgo, y en ocasiones también perseguían a los grupos del crimen. En medio de ese extraño caldo surgieron las llamadas autodefensas, si bien no quedaron exentas de sospechas sobre la autenticidad de su origen.
Con el paso del tiempo, mejor dicho, con la llegada del viejo régimen maquillado y copeteado con gel, regresaron los ancestrales modos de hacer política, ya sea mediante la compra de voluntades de los adversarios o mediante la persecución y la amenaza sistemática. O de ambas formas, porque ¿quién le puede reprochar al Estado un poco de autoritarismo instructivo? ¿Acaso no es necesario un poco de sufrimiento para no olvidar que nacimos con dolor? Pero que no se piense que es masoquismo pues nosotros los ciudadanos estamos acostumbrados al dolor propio y ellos, los gobernantes, están acostumbrados a producir dolor. ¿Para qué alterar los ciclos de la vida?
José Manuel Mireles, además de haber sido detenido por posesión de drogas, acopio de armas, conducir un OVNI contaminante y tener un dinosaurio en cautiverio, cometió el grave delito de no someterse a las insinuaciones de un gobierno que primero lo vio como un eventual aliado que se negó a morir en el accidente aéreo que debió sellar su destino, por lo que ahora se le juzga como un enemigo que pone en entredicho los innegables beneficios que el virrey Alfredo Castillo ha llevado al estado de Michoacán. Y no conformes con su detención, las autoridades encargadas de su resguardo decidieron raparlo como muestra de que la humillación de la dignidad humana es un fenómeno globalizado y no exclusivo de las cárceles controladas por los soldados norteamericanos.
El gobierno se equivocó con Mireles, pero no porque éste sea inocente de incitar a la gente a la defensa de sus propiedades y su familia, sino porque supuso que sería una persona dócil y controlable, como lo han sido otros miembros originales de las autodefensas que se han incorporado a la pretendida legalidad, igual que lo han hecho agentes infiltrados del crimen organizado y grupos de paramilitares organizados desde alguna oscura oficina de gobierno que aprovecharon las demandas de la sociedad michoacana. Mireles no se escondía, daba la cara y anunciaba sus planes y acciones; por eso no necesitaron hacer tareas de inteligencia para ubicarlo y detenerlo.
Si Mireles -un personaje posicionado en la opinión pública- ha sentido en carne propia lo que es la represión del Estado, ¿qué le espera al ciudadano de a pie que lucha por la defensa de sus intereses?, ¿cuál es el mensaje que se manda desde Los Pinos?, ¿cuál es el mensaje que reciben los gobiernos de las entidades federativas? Cualquiera que sea la respuesta, ésta no guarda relación con un sistema político moderno y democrático, por el contrario. En términos generales es fácilmente apreciable que los gobiernos de nivel estatal han endurecido sus posturas en contra de quienes pagamos su sostenimiento en lugar de que se sientan acorralados por una posición crítica y participativa de la ciudadanía. En donde se ve que el efecto anestésico no es sólo culpa del Mundial de Fútbol.