El modelo económico de Antorcha: el empleo
Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX) con estancia en investigación en la Universidad de Princeton, fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica y articulista en la revista económica Trimestre Económico.
Otro de los elementos fundamentales del modelo económico de país que tiene el Movimiento Antorchista para cuando los mexicanos le brinden la confianza y un representante de los humildes de esta patria, educado y preparado; sensible y dispuesto, gobierne este país para todos, es el tema del empleo.
La riqueza de todo país procede, innegablemente, del trabajo del hombre, como escribiera Federico Engels, citando a William Petty: “el trabajo es el padre de la riqueza y la naturaleza, la madre”.
Todos los bienes que existen en la sociedad han sido producidos por el trabajo del hombre; es el trabajo el que le da vida al propio hombre, pues gracias a él se distingue de las demás especies del reino animal y logra su actual predominancia. Sin embargo, cuando surge el excedente económico que deriva en un excedente social, nace el trabajo enajenado y con él la división de la sociedad en clases.
Con esta base social, el hombre no vive para trabajar, sino que se ve obligado a trabajar para vivir, sufriendo una terrible degradación derivada del afán de lucro.
La contradicción que hace que el sistema entre en crisis de forma regular consiste en que la riqueza se produce socialmente: con el trabajo y sudor del pueblo trabajador; sin embargo, esa riqueza así producida, no se distribuye de forma igualmente social, sino de forma privada.
Una gran cantidad de miembros de la sociedad trabaja pero no disfruta de la riqueza que produce, y una pequeña parte de la sociedad disfruta pero no trabaja.
Lo que elevó al hombre hasta el escalón más alto de las especies y le dio vida como sociedad, es decir, el trabajo, hoy le esclaviza y somete de tal suerte que el trabajo hoy es un tormento, un mecanismo que degrada al hombre, lo divide, empobrece, enajena, que lo distorsiona moral y físicamente.
El empleo es una condición necesaria para la creación de la riqueza; por ello la llamada población económicamente activa (PEA) juega un papel determinante como fuerza potencial y real, capaz de crear los bienes que la sociedad requiere para su satisfacción.
Sin embargo, en el sistema capitalista su uso es completamente irracional, inhumano y cruel: se somete a los trabajadores a extenuantes jornadas laborales; se les pagan jornales miserables; no se les brindan las condiciones de empleo adecuadas, etcétera.
En el capitalismo, el empleo de la mano de obra no está basado en la necesidad de producir para satisfacer las necesidades de la sociedad, sino para crear productos que se lanzarán al mercado.
El resultado de una producción destinada al mercado y a obtener la máxima ganancia es el desempleo que sirve a los poderosos como mecanismo para dividir a las clases trabajadoras ya que si un trabajador decide revelarse ante los designios de su patrón, éste le amenaza diciendo que “afuera hay muchos que quisieran tu puesto”, y le dan la opción de permanecer sometido o de abandonar el trabajo; ante la imposibilidad de conseguir fácilmente otro empleo, el trabajador decide someterse.
En México, según reconoce la autoridad competente, ya somos más de 50 millones de miembros de la PEA, de los que se reconoce un desempleo abierto del 4.4 por ciento; esto colocaría a nuestro país entre los que tienen menor desempleo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), lo que representa 2.2 millones de personas desempleadas; sin embargo, según la Organización Internacional del Trabajo, OIT, 60 por ciento de los trabajadores en nuestro país se desempeña en empleos informales, esto quiere decir que arriba de 30 millones de mexicanos se encuentran en esta condición. El estado que tiene una tasa mayor de empleo informal es Oaxaca (81.2 por ciento), la media nacional ronda el 60 por ciento y el que tiene menor empleo informal es Nuevo León con 39.5 por ciento. Muchas empresas cerraron después de la crisis de 2008 y otras tantas han ido recortando personal. Con los problemas actuales del dólar y de los bajos precios del petróleo que nos afectan directamente, han cerrado empresas, lanzando al arroyo a miles de trabajadores.
Con esta crisis, para los mexicanos se ha cerrado la opción de pasar al país del norte para alcanzar el “sueño americano”; hoy estamos tan vigilados que no sólo es imposible para muchos cumplir tal sueño, sino que muchos compatriotas han tenido que regresar. Cuando Antorcha sea una opción de Gobierno vamos a impulsar el empleo: que todo el que quiera tenga una opción para trabajar. Hemos de hacer que el trabajo sea gradualmente racional. Vamos a generar empleos dignos para que los mexicanos realicen sus labores con entusiasmo y tengan, ahora sí, tiempo para descansar y para conocer por fin su propio país.
Aunque lo anterior es perfectamente posible, vamos a encontrarnos con fuertes resistencias: la resistencia del afán de lucro. ¿Perder el poderío alcanzado? A eso los poderosos no están dispuestos; la resistencia a modificar las leyes a favor del empleo.
Bajo la guía del Movimiento Antorchista, al pueblo organizado le corresponde crecer como una fuerza política que en 10 años pueda disputar el poder público. Es necesaria, finalmente, una política orientada científicamente; que estudie la cantidad de gente que se requiere en cada área y que permita definir qué se necesita y cuánta gente, de tal suerte que reorientemos el uso de los recursos humanos y podamos generar más riqueza que libere en el futuro a los trabajadores, para que con poco trabajo creen la misma o más riqueza y puedan contar con tiempo para su esparcimiento sano. La única forma que tiene el pueblo organizado de cumplir con el cometido de elevar los empleos dignos para los mexicanos es peleando el poder público, para ello es indispensable que se constituyan en una mayoría organizada que genere las condiciones para pelear el poder y ganar con éxito. A esos estamos llamados.