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La Verdad del Sureste

De narcos a anarcos


Casi invariablemente, cada seis años el ocupante de la silla presidencial en Los Pinos ha tenido que enfrentar algún conflicto social en el que ha recurrido abierta o veladamente a la razón de la fuerza. Son conflictos que permanecen como huellas indelebles de su paso por Los Pinos. Por ejemplo, con todo y su mundo modernizador, el amanecer zapatista del primero de enero de 1994 despertó a Carlos Salinas de su sueño. Ernesto Zedillo carga en sus espaldas la pesada losa de las matanzas de Acteal y Aguas Blancas. Por su parte, la necedad de Vicente Fox quedó marcada por el conflicto de San Salvador Atenco.

 

Y más recientemente, Felipe Calderón se obsesionó en una guerra contra el narco en la que muchos miles de inocentes fueron declarados “daños colaterales”, inocentes que esperan una justicia que tal vez nunca llegue. Pero, sin duda alguna, los hechos del 2 de octubre de 1968 son los más graves que recordamos porque la figura de Díaz Ordaz emerge como La Muerte que extiende la mano a los estudiantes. Por eso el 2 de octubre aparece como una fecha más que simbólica en el calendario de los movimientos sociales pues obliga a la reflexión en memoria de los caídos en Tlalteloco. Y curiosamente, en homenaje a Gandhi, es el “día mundial de la no violencia”.

 

El presente sexenio fue recibido con fuertes expresiones de inconformidad que se dieron en una amplia zona del Centro de la Ciudad de México. Desde el Congreso hasta el Zócalo, durante varias horas se libraron batallas en distintos frentes con un saldo de varios heridos por ambos bandos. En ese recibimiento la Policía Federal fue protagonista principal y el Gobierno del Distrito Federal, en las últimas horas de su gestión, fue acusado de permanecer pasivo ante los hechos que fueron ampliamente difundidos por los medios masivos de comunicación. Impudorosos como son, los mismos medios que meses atrás aplaudían la insurrección ciudadana en Siria, Egipto o Libia, ahora condenaban los enfrentamientos en la Capital del país. –¡Que se haga la democracia en los bueyes de mi compadre!- parecían decir. Sin embargo, a pesar de que motivos para inconformarse no faltaban, un grupo llamó la atención, no tanto por la ausencia de alguna reivindicación social sino por el evidente grado de organización que mostraban a la hora de enfrentar a los policías.

 

No era la primera vez que este grupo era visto en paralelo o a la retaguardia de otras manifestaciones y tampoco era la primera vez que generaban actos que van más allá de la legítima protesta civil y pacífica. Pero los recursos que ahora empleaban, si bien caseros, hablan de una estructura que les permite actuar en conjunto aunque con capacidad de estar dispersos en distintos puntos para atacar de manera simultánea. En posteriores eventos han vuelto a aparecer, como el pasado 2 de octubre, fecha en la que desbordaron sus anteriores actuaciones. Con petardos y bombas molotov atacaron a los policías quienes, a la primera oportunidad, descargaban la adrenalina contenida contra quien tuvieran a su alcance. ¿Quiénes son estos anarquistas?, ¿su actuación tiene una estrategia lógica? Las preguntas y las dudas superan a las certezas. Existen todo tipo de suposiciones aunque -como ya es usual- la derecha acusa a la izquierda de “utilizar la violencia”, sin aportar prueba alguna, y la izquierda apunta a “grupos de choque” desde el poder, hipótesis que tendría mayor fundamento si nos atenemos a los antecedentes históricos y a algunas evidencias gráficas que circulan en redes sociales. Pero nada está claro.

 

Aunque si planteamos otras preguntas podríamos encontrar respuestas más adecuadas. ¿Quién se beneficia con la inestabilidad que generan las confrontaciones? Los hechos que hemos visto en la Ciudad de México, en momentos en que las protestas sociales van en aumento por las políticas impopulares del gobierno federal, son una invitación a la justificación del “uso legítimo de la fuerza pública”, recurso que Peña Nieto ya empleó en exceso en San Salvador Atenco, aunque fue eximido de responsabilidad por una mayoría de Ministros de la Suprema Corte. Consciente de ello, si bien actuó en el desalojo de los maestros, ha transferido la responsabilidad de mantener desocupado el Zócalo al Gobierno del Distrito Federal. Quedan muchas preguntas, pocas respuestas y las dudas persisten.  

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