¿La neta, la neta?
@UTufigno
Justo en el momento en que la tormenta tropical amenazaba con convertirse en huracán, surgió un hecho que desvió la atención de los medios. La inmensa mayoría de los noticieros de radio y televisión, hechos a imagen y semejanza del pensamiento dominante, dieron cuenta del nacimiento de un nuevo héroe nacional que llegó para salvar al gobierno federal de los duros cuestionamientos que se le arremolinaban por la ejecución de 22 personas en Tlatlaya, estado de México, la desaparición de 43 jóvenes en Ayotzinapa, Guerrero, y la agresión armada a un equipo de fútbol, también en Guerrero. Había nacido el “Súper Agente Ochong”, quien salió de las sombras del sistema para iluminar con claridad su futuro.
Hace cosa de tres meses se tuvo noticia de un enfrentamiento entre presuntos delincuentes y elementos del Ejército en una bodega en el municipio de Tlatlaya. La versión se sostuvo durante varias semanas e incluso las autoridades del estado de México fueron enfáticas en reiterar, una y otra vez, que los abatidos eran miembros de la “delincuencia organizada”, a pesar de que el propio Secretario de Gobierno mexiquense reconoció que no conocía las pruebas. ¿Entonces en qué basaba su dicho? Su mayor argumento giraba en torno a que en la región son comunes los problemas de criminalidad.
Pese a las primeras versiones oficiales, una persona dio testimonio de que en la bodega los militares ejecutaron a 21 de los presuntos delincuentes, incluida a su hija de apenas 15 años de edad. Además, la revisión de las evidencias físicas (posición de los cuerpos, colocación de las armas, manchas en las paredes) no parece dejar duda sobre la grave acusación que se hizo hacia los soldados, lo que parece confirmarse con las imágenes de los cuerpos abatidos, colocados de tal forma que nadie dudara de que aún muertos representaban un peligro.
“Esos perros no merecen vivir así”, habría dicho uno de los militares.
La verdad tuvo que surgir no de las autoridades, sino de dos medios informativos, postura que ya ha sido respaldada por la Organización de la Naciones Unidas, organismo que pidió que lo ocurrido en Tlatlaya sea investigado de manera rápida y se castigue a los militares responsables de lo que el Alto Comisionado de la ONU llamó un posible caso de “ejecuciones sumarias”, aunque tampoco estaría mal investigar el encubrimiento para proteger a los soldados. Por lo pronto, hay tres militares –de ocho señalados inicialmente- que enfrentan la acusación por homicidio.
En medio de todo este contexto no deja de ser curioso, sólo por darle alguna palabra, a la aparición en redes sociales de un movimiento de apoyo a los miembros del ejército señalados como culpables de la ejecución. Aparentemente son las parejas de los militares quienes encabezan este movimiento e incluso convocan a una marcha -para el once de octubre en la Ciudad de México- en desagravio de los detenidos. Quién sabe si realmente se realice la marcha o si sólo es un buscapiés para ver quiénes se aparecen por ahí, pero de lo que no me queda duda es de que Miguel Ángel Osorio Chong, Secretario de Concertación, digo, de Gobernación, tendrá listo su templete, el micrófono y una de sus camisas menos ostentosas –debidamente arremangada- para atender a los inconformes con el proceso a los militares. Y, por supuesto, los medios que están cautivados con el hombre de Bucareli, estarán listos a retransmitir la audiencia pública.
La intervención de Osorio Chong en el conflicto del Instituto Politécnico Nacional dejó en claro que, para el gobierno federal, en realidad se trataba de un problema de gobernabilidad y no educativo, máxime la cercanía con la tradicional marcha del 2 de octubre (que no se olvida). En este sentido, no podemos negar que con la atención que se les dio a los estudiantes el gobierno logró quitarse los ojos de encima por los hechos ocurridos en el estado de México y en Guerrero. Sacrificar a una directora, que desde siempre era una pieza sacrificable, no era problema, el problema surgió cuando ella se anticipó y presentó su renuncia. Pero ésa no era la jugada prevista: el Secretario tenía que cortar su cabeza, ponerla en una charola y entregarla a los manifestantes.