Niños y jóvenes, los más afectados por la guerra contra el narcotráfico
Por Cecilia Varg as
Villahermosa, Tab., 11 de abril.- Si bien los miles de asesinatos ocasionados por las bandas criminales y la guerra contra el narcotráfico en Tamaulipas es un hecho muy doloroso, el daño más profundo y de consecuencias incalculables a la población es la cancelación de su vida cotidiana y la penetración de una cultura de la ilegalidad, principalmente entre los niños y los jóvenes. Sostuvo ayer la profesora de ese estado, doctora en administración, especialista en educación y catedrática de dos universidades, alrededor de una taza de café, durante su visita a Villahermosa por razones de trabajo. Guadalupe Aguilar Cortina, dijo llamarse cuando la entrevistamos, aunque después nos confió que es el pseudónimo que utiliza por el temor de que descubran su identidad.
Le pedimos primero su opinión en relación a las diecisiete muertes que dejaron los enfrentamientos entre las bandas criminales y el Ejército al término de esta semana, que se suman a otras veinticuatro ocurridas tan solo en este año, y el clima de terror que prevalece, pero a ella parece preocuparle más las consecuencias de la violencia permanente entre la población El permanente enfrentamiento de los cárteles y de estos con los cuerpos policiales pero sobre todo con el Ejército, han cambiado la vida cotidiana de los tamaulipecos, lo mismo en su capital Ciudad Victoria, como Tampico, Matamoros y Reynosa y todo el territorio, los ciudadanos, las familias vivimos a “salto de mata”, sostiene la catedrática de dos universidades, sostiene. Vivimos pegados a las redes sociales para sobrevivir, estas han resultado la mejor herramienta para informarnos unos a otros, en dónde hay peligro, sospechosos, enfrentamientos; por la filtración de las bandas de narcotráfico en los cuerpos policiales y el Ejército, no confiamos en nadie. ¿A quién llamamos a la policía estatal, a los federales al Ejército? cuando estamos viendo la cadena de complicidades que hay entre ellos y funcionarios públicos, si todos los ciudadanos nos damos cuenta quienes son los delincuentes y dónde viven, cómo es que ellos dicen no saber.
Hay miedo de que a partir de nuestros números telefónicos nos investiguen. A las ocho de la noche hay toque de queda, las ciudades y comunidades parecen cementerios, por las avenidas y las calles no circulan ni vehículos ni ciudadanos; los más afectados son los niños y jóvenes, ellos ya pueden salir a jugar a los parques, a las calles, no se pueden trasladar de un municipio a otro, por temor a quedarse en medio de un enfrentamiento. La intervención del Ejército es ineficaz, asegura, porque los cárteles disponen de una estructura de información bien constituida y tecnológicamente avanzada, así que muchas veces los “halcones” dan la alerta y los grupos de criminales los sorprenden o los engañan. Ya nadie llega a los macdonals, porque han ocurrido balaceras a las 8 de la noche, los padres de familia llevan y traen a sus hijos de las escuelas, en Matamoros hacen lo mismo pero con los estudiantes de secundaria y universidades, para impedir que sean “levantados” para engrosar las filas de las bandas criminales, convirtiéndolos en adictos y luego en “halcones” o sicarios, porque nunca más vuelven a tener contacto con sus familias. Cuando los jóvenes hacen una fiesta, afirmó, todos los que asisten se quedan a dormir en esa casa, las muchachas ya no pueden ni ir a los oxxos porque ahí, y a ellas si las regresan, pero después de violarlas, la mayoría regresan embarazadas. “Lo peor es que ya nos acostumbramos, pero la Historia nos cobrará caro esta pérdida de nuestra vida cotidiana”, se conduele la especialista en educación Los jóvenes están emigrando. “Mi hijo estudia en el Tecnológico de Monterrey, es especialista en mecatrónica y yo rogaba que encontrara trabajo en otro lado, afortunadamente le dieron empleo en los Estados Unidos ¿Cuántos cerebros mexicanos estarán huyendo de la violencia”.
Hay infinidad de anécdotas que revelan lo que está sucediendo a los ciudadanos de Tamaulipas, dice, alguna vez me subí a un taxi y me percaté de que apenas y llevaba gasolina, le dijo que a lo mejor no lograba llevarme a mi destino con tan poco combustible, pero me contestó que no me preocupara, que le alcanzaría. La razón de la escasez de combustible, según me dijo cuenta la catedrática, era que si llevaba el tanque lleno y su taxi era ocupado por delincuentes, le harían perseguir a policías o a soldados hasta donde le alcanzara la gasolina, por eso solo llevo un poco y voy llenando conforme voy necesitando. Los camiones que recorren las carreteras, cuando son asaltados por esas bandas, porque ellos tienen sus propios retenes, los delincuentes dicen a los pasajeros, “los que tengan sangre azteca pueden seguir”, lo cual significa que los migrantes son secuestrados y los empresarios transportistas, ya ni se ocupan de investigar de quienes son el equipaje que no es recogido.
Las bandas criminales han cambiado también, asegura la profesora, el estándar de los valores éticos, no solo entre los jóvenes sino entre las familias, muchas de las cuales sostienen una doble moral. Una amiga me confió su preocupación por que su hija andaba de novia de un “halcón”, le advertí que era peligroso; después de un tiempo me la encontré de nuevo y pregunté por la muchacha, me respondió que se había casado con aquel joven, después de que él le dijo que quienes tienen la culpa son los que consumen las drogas, me quedé sorprendida sobre todo de la justificación de la madre ante esa situación. La catedrática no ve una situación inmediata, porque actualmente la felicidad sobre todo para los jóvenes, está vinculada al dinero, aunque la riqueza se goce de manera efímera Para la profesora la única alternativa para sacar a su estado y al país de la situación de violencia que vivimos, es la educación, la recuperación de los valores de toda la sociedad, pero sobre todo entre las familias, para cambiar el daño causado a niños y jóvenes por esa situación, es en la familia donde se forjan los valores.
No puede ser que los padres de familia toleren que un niño robe a sus compañeros la torta o el lápiz a sus compañeros porque les gustó y los padres lo toleren o se hagan cómplices. Una encuesta realizada por la Universidad Pedagógica Nacional, reveló, que uno de cada diez niños aceptaba haber robado alguna vez a sus compañeros ¿dónde están los padres? Pregunta la profesora, no se dan cuenta que en la primaria será una torta, un lápiz, en la secundaria un celular y en la prepa saca un cuchillo para asaltar. Todos somos parte de la educación de la ilegalidad, y lo contrario, enseñar a respetar los valores a las personas, a los adultos mayores, debe empezar por los padres, en la familia, en las comunidades, agrega.